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CASTIDAD

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Castidad

 

Los seres humanos han restringido increíblemente el concepto de la castidad hasta tal punto que ya no queda absolutamente nada de su verdadero significado. Encaminado incluso por sendas erróneas, su deformación ha traído, como natural consecuencia, una opresión inútil sobre muchas personas y aun, muy frecuentemente, indecible sufrimiento.

 

Preguntad donde queráis qué es castidad y en todas partes obtendréis como respuesta el concepto de la virginidad corporal aclarado de uno u otro modo; en todo caso, en tal concepto culmina la idea que de ella tiene la humanidad.

 

Esto manifiesta, ya de por sí, plenamente la estrecha mentalidad de los seres humanos que se subyugan al intelecto, siendo éste el que ha fijado los limites de todo lo terreno, ya que sus facultades nacidas de lo terrenal no le permiten alcanzar un nivel superior.

 

Cuán más fácil no sería, entonces, para el hombre, pasar por casto y crearse una reputación como tal pavoneándose en su vana fatuidad. Pero con semejante actitud no conseguirá dar un solo paso ascendente por el camino que conduce a los Jardines luminosos, al Paraíso, que es la meta bienaventurada del espíritu humano.

 

De nada le sirve al hombre conservar virgen su cuerpo físico si mancilla su espíritu, pues así no logrará jamás franquear los umbrales que de forma escalonada conducen hacia las alturas.

 

La castidad es muy distinta de lo que los hombres se imaginan, más global, mayor, y no implica oposición a la naturaleza; pues esto sería contravenir las leyes que vibran en la Creación de Dios, lo cual no puede quedar sin repercusiones perjudiciales.

 

La castidad es el concepto terrenal de la Pureza, que es divina. Es para todo espíritu humano la aspiración de concretar en la materialidad densa el presentido reflejo de algo que, en lo divino, es evidente. La Pureza es divina. La castidad es su imitación por el espíritu humano, esto es, una imagen espiritual que puede y debe hacerse visible en la actividad terrenal.

 

A todo espíritu humano ya maduro debería bastarle esto como ley fundamental para ejercer la castidad. Mas aquí en la Tierra, impulsado por no pocos deseos egoístas y con el único fin de satisfacerlos, el hombre se inclina a engañarse a sí mismo imaginándose poseer ciertas cosas que en realidad no existen absolutamente en su interior.

 

¡El egoísmo toma el mando y paraliza su volición verdaderamente pura! El hombre jamás se lo confesará a sí mismo, al contrario, seguirá dejándose engañar tranquilamente. Y al no saber como justificarse, califica de inevitable sumisión al destino lo que con frecuencia es, a todas luces, un afán de satisfacer los más reprensibles deseos egoístas.

 

He aquí por qué necesita otras indicaciones que, como línea de conducta y base de apoyo, le permitan reconocer y experimentar vivamente lo que es en realidad la castidad tal y como reside en la Voluntad divina, que no quiere que en la Tierra nada se separe de la naturaleza.

 

¡En lo Divino, la Pureza se halla íntimamente ligada al Amor! Por eso aquí, en la Tierra, el hombre no debe intentar separar estos dos conceptos, si es que han de traerle bendiciones.

 

Mas resulta que también el amor en la Tierra no es otra cosa que una maléfica caricatura de lo que es en realidad. Por eso no puede unirse, sin una modificación previa, al verdadero concepto de la Pureza.

 

A todos los que aspiran a adquirir castidad dirijo la siguiente sugerencia, que proporciona la base de apoyo que el hombre necesita en la Tierra para vivir conforme a la ley de la Creación y, por lo tanto, para ser grato a Dios:

 

“Aquél que en todos sus actos tenga siempre en cuenta no causar daño y no emprender nada que más tarde pueda afligir al prójimo que confía en él, obrará siempre de tal suerte que su espíritu permanecerá libre de toda carga, mereciendo entonces realmente el calificativo de casto”.

 

Estas simples palabras, bien comprendidas, pueden guiar al hombre a través de toda la Creación salvaguardándolo y conduciéndolo hacia las alturas de los Jardines luminosos, que son su verdadera patria. Estas palabras son la llave para actuar de manera justa en la Tierra; pues en ellas reside la verdadera castidad.

 

Jesús, el Hijo de Dios, ha expresado exactamente lo mismo con otras palabras:

 

“¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”.

 

Mas guardaos muy bien de caer en los antiguos errores humanos, acomodando a vuestro gusto el sentido de las palabras y deformándolas parcialmente para que sirvan a vuestros intereses egoístas, os tranquilicen cuando obréis falsamente y os ayuden a adormecer a vuestros semejantes en su indolencia o incluso a engañarlos.

 

Interpretad estas palabras como realmente deben ser interpretadas y no del modo que os parezca más cómodo y más conveniente para vuestros fines personales. Entonces se transformarán en espada afiladísima puesta en vuestra mano, con la cual podréis vencer las tinieblas, si tal es vuestra voluntad. Dejad que estas palabras cobren vida en vosotros de manera justa a fin de abarcar la vida en la Tierra como vencedores colmados de júbilo y agradecimiento.

 

Abd-ru-shin

 

https://mensaje-del-grial.org/castidad-111/

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CANDOR INFANTIL

Candor Infantil

La palabra “cándido” es una expresión que el hombre en su manera de hablar superficial e irreflexiva suele emplear impropiamente la mayor parte de las veces.

Restringida por la pereza espiritual, la expresión no es sentida con la suficiente profundidad como para poder comprenderla correctamente. Claro que quien no la haya captado en toda su extensión, tampoco podrá emplearla jamás como es debido.

Mas, es justamente el candor infantil lo que tiende al hombre la sólida escala de ascensión hacia las Alturas luminosas, hacia la posibilidad de madurar para todo espíritu humano y hacia el perfeccionamiento con miras a una existencia eterna en esta Creación, que es la mansión de Dios Padre, puesta por Él a disposición de los hombres a condición de que continúen siéndole huéspedes gratos. Huéspedes que no causen daños en los aposentos que por un acto de gracia les fueron entregados en usufructo con la mesa siempre puesta y siempre abundante.

¡Mas cuán lejos se halla actualmente el hombre de ese candor que tanto precisa!

Y es que sin él nada puede conseguir para su espíritu. El espíritu tiene que poseer candor, pues aun adquiriendo plena madurez, es y seguirá siendo un “niño” de la Creación.

¡Un niño de la Creación! Esta expresión encierra un profundo sentido; pues llegar a serlo, llegar a ser un “niño” de Dios es su misión. El que lo logre o no, depende del grado de madurez que esté dispuesto a adquirir en el curso de su peregrinación a través de todos los planos de la materialidad.

Ahora bien, esta disposición de ánimo tiene que ir acompañada de la acción. En los planos espirituales, la voluntad es simultáneamente acto. Voluntad y acto son allí la misma cosa. Pero sólo en los planos espirituales y no en los planos de la materialidad. Cuanto más denso y grave es un plano material, tanto más dista el acto de la voluntad que lo engendra.

Que la densidad constituye un obstáculo, se hace patente ya en el sonido, el cual, en su movimiento a través de la materia, resulta impedido en mayor o menor grado según lo densa que ésta sea. Incluso a cortas distancias puede advertirse claramente este fenómeno.

Cuando alguien está haciendo leña o clavando puntas en una obra cualquiera, puede verse claramente el movimiento del hacha o del martillo; en cambio, el sonido de los golpes tarda algunos segundos en llegar a nuestros oídos. Cualquiera habrá tenido ocasión de observar este fenómeno tan notorio.

Cosa análoga, pero mucho más acentuada, ocurre en la Tierra entre la voluntad y la acción del ser humano. La voluntad asalta al espíritu; en él se convierte inmediatamente en acción. Pero para que la voluntad se ponga de manifiesto visiblemente en la materialidad densa, el espíritu precisa del cuerpo físico. Sólo por impulso puede actuar el cuerpo a los pocos segundos de entrar en acción la voluntad. En este caso queda eliminado el trabajo lento y pesado del cerebro anterior que generalmente es quien sirve de vía de comunicación a la voluntad, para que ésta llegue a causar efecto en la actividad del cuerpo.

Esta vía normal exige un lapso de tiempo un poco más largo. A veces sólo se produce un efecto débil o ni siquiera llega a producirse efecto alguno, debido a que la volición, en su largo camino, ha perdido fuerza o ha quedado bloqueada por las cavilaciones del intelecto.

A este respecto, aunque sea un tanto fuera de lugar, permítaseme una observación acerca de la Ley natural de la atracción de las afinidades, de cuyos efectos se ha hecho caso omiso, a pesar de ser claramente visibles en la actividad humana:

Las leyes humano-terrenales son elaboradas y aplicadas por el intelecto. De aquí que los planes premeditados, es decir, los actos precedidos de una reflexión, sean sancionados con mayor rigor y severidad que los actos pasionales, es decir, sin reflexión. En la mayor parte de los casos, estos últimos son juzgados teniendo en cuenta circunstancias atenuantes.

En realidad existe aquí en afinidad con la actividad del intelecto sometido a las Leyes de la Creación, una relación imperceptible para los hombres, para todos aquellos que se someten incondicionalmente al intelecto. Para ellos esto es totalmente comprensible.

De este modo, sin conocer esta relación, cuando se trata de un acto pasional, la mayor parte de la pena se adscribe al plano espiritual. Los legisladores y los jueces ni lo presienten, pues parten de principios muy distintos, netamente intelectuales. Mas reflexionando profundamente y conociendo las Leyes que actúan en la Creación, todo se presenta bajo una luz completamente diferente.

No obstante, y lo mismo en otros juicios y sentencias terrenales, las Leyes vivientes de Dios en la Creación actúan de por sí con plena autonomía, sin que influyan en ellas para nada las leyes y conceptos humano-terrenales. ¡A ningún hombre sensato se le ocurrirá pensar que una culpa real y verdadera – no una culpa tildada como tal por el criterio humano – pueda darse por liquidada ante las Leyes divinas por el hecho de haber sido expiada ya mediante el cumplimiento de la sentencia dictada por el intelecto terrenal!

Desde hace miles de años éstos vienen siendo prácticamente dos mundos separados. Separados por el modo de obrar y de pensar de los hombres, debiendo haber sido sólo uno; un mundo donde reinen únicamente las Leyes de Dios.

La redención mediante la pena impuesta por semejante sentencia terrenal sólo puede realizarse en la medida en que las leyes y penas concuerden con las Leyes de Dios en la Creación.

Ahora bien, existen dos clases de actos pasionales. En primer lugar los ya descritos, que en realidad deberían llamarse actos impulsivos, y, por otra parte, los actos pasionales que surgen del cerebro anterior, mas no del espíritu, y que pertenecen al sector del intelecto. Cierto que estos últimos son actos pasionales sin reflexión, pero no deben ser tratados con la aplicación de los mismos atenuantes que tratándose de los actos impulsivos.

No obstante, una justa distinción entre estos actos podrán encontrar aquí solo aquellos hombres que conozcan todas las Leyes de Dios en la Creación y estén instruidos en sus efectos. Esto ha de quedar reservado a tiempos venideros en que ya no existan en los hombres los actos arbitrarios, por haber adquirido una madurez espiritual tal que sólo les permita vibrar en armonía con las Leyes divinas en todos sus actos y todos sus pensamientos.

Este paréntesis sólo pretende incitar a la reflexión; no forma parte del fin propiamente dicho de esta conferencia.

Queda advertido tan sólo que voluntad y acción son una sola cosa en el plano espiritual, pero que en los planos materiales se disocian en razón de la naturaleza de la materia. Por eso dijo Jesús a los hombres en aquel tiempo: “El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.” La carne, en nuestro caso la materia densa del cuerpo, no lleva a efecto todo lo que en el espíritu ya fue voluntad y acción.

No obstante, incluso en su vestidura de materia densa aquí en la Tierra, el espíritu podría obligar a su voluntad a que se manifieste, convirtiéndose en acción en el plano material, si no fuese tan indolente para ello. El espíritu no puede hacer responsable al cuerpo de esta indolencia; pues el cuerpo le fue dado al espíritu solamente como instrumento, y es él quien tiene que aprender a dominarlo para servirse de éste de manera adecuada. –

Decíamos, pues, que el espíritu es un niño de la Creación. Y que ha de poseer candor, si es que quiere cumplir con la finalidad que le ha sido asignada en la Creación. La presunción orgullosa del intelecto le apartó del candor, porque no pudo “comprenderlo” en su verdadero sentido. De este modo, el espíritu ha perdido todo apoyo en la Creación, la cual se ve obligada ahora a expulsarlo como elemento extraño, perturbador y nocivo, a fin de poder conservar su propia salud.

Sucede, pues, que los hombres van cavando su propia tumba a fuerza de proseguir en su errada forma de pensar y de obrar. –

Es curioso que cualquier adulto deseoso de experimentar verdaderamente la Navidad tenga que trasladarse primeramente al tiempo de su niñez.

¡Es éste un testimonio bastante claro de que, como adulto, es incapaz de vivir la Navidad con sensibilidad espiritual! ¡Es la prueba neta de que ha perdido algo que poseía cuando niño! ¿Por qué no da que pensar esto a los hombres?

Una vez más es la pereza espiritual la que impide ocuparse seriamente de estos asuntos. “Eso son cosas de niños”, dicen; “los adultos no deben perder el tiempo en ellas. Deben pensar en cosas más serias.”

¡Cosas más serias! Para ellos esas “cosas más serias” se reducen a la codicia de bienes materiales, es decir, al trabajo del intelecto. Tan pronto se le da cabida al sentir intuitivo, el intelecto rápidamente aleja y reprime los recuerdos, con el fin de no perder su preponderancia.

En todos estos detalles aparentemente tan insignificantes podrían reconocerse cosas de suma importancia, si el intelecto concediese tiempo para ello. Pero él es el que ahora posee la supremacía, y por conservarla, lucha con toda astucia y perfidia. Mejor dicho, no es él quien realmente lucha, sino lo que se oculta tras él, convirtiéndolo en su instrumento: ¡las tinieblas!

Su afán es no dejar encontrar la Luz en los recuerdos. Pero hasta qué puntoel espíritu aspira encontrar la Luz y beber nuevas fuerzas en sus fuentes, salta a la vista en el hecho de que, al surgir el recuerdo de la Navidad cuando niño, se despierta una vaga nostalgia, casi dolorosa, que a muchos hombres llega a ablandar el corazón pasajeramente.

Este enternecimiento podría muy bien llegar a ser la base del despertar espiritual si fuese aprovechado inmediatamente con toda energía. Pero, desgraciadamente, los adultos lo único que hacen en tales ocasiones es dejarse llevar por sus sueños, desperdiciando así la fuerza surgida. Y con sus sueños se va también la ocasión sin haber sido aprovechada ni haber traído beneficio alguno.

Es más, cuando alguien siente que se le escapan las lágrimas, se avergüenza de ellas y trata de disimularlas, se obliga a dominarse dándose un empujón que con frecuencia pone al descubierto una obstinación inconsciente.

¡Cuánto podría aprender el hombre de todo esto! No en vano se mezcla una vaga melancolía en los recuerdos de la infancia. Es la intuición inconsciente de que algo se ha perdido dejando un vacío, la incapacidad de volver a sentir intuitivamente con aquel candor infantil.

Pero vosotros, seguramente, ya habéis observado repetidas veces el efecto maravilloso y reanimador que produce la mera presencia silenciosa de un hombre cuyos ojos desprenden aquí y allá candorosos destellos.

El adulto no debe olvidar que candor no es lo mismo que puerilidad. Vosotros no sabéis aún lo que es el candor en definitiva, ni a qué se debe que obre de tal manera. Ni por qué Jesús dijo: “Sed como los niños”.

Para comprender lo que es candor debéis poneros primeramente en claro que éste no tiene por qué estar ligado a la infancia como tal. Sin duda conoceréis niños que carecen de este candor verdaderamente hermoso. Es decir, hay niños sin candor. Un niño malo jamás dará impresión de candor, como tampoco un niño mal educado, o mejor dicho, sin educación.

Resulta, pues, que el candor y la condición de niño son dos cosas independientes la una de la otra.

Lo que aquí en la Tierra se califica de candoroso es una ramificación de los efectos de la Pureza. Pureza en el sentido más elevado, no en el sentido meramente humano-terrenal. El ser humano que vive en la luz de la Pureza divina, que da cabida en sí mismo al rayo de la Pureza, adquiere de hecho candor infantil, ya sea niño o adulto.

El candor infantil es el fruto de la pureza interior o el signo de que un ser humano se ha entregado a la Pureza, se ha hecho su siervo. Todo esto no son sino diversas formas de expresión con las que, en realidad, se designa una y la misma cosa.

Por consiguiente, sólo el niño que sea puro en sí puede actuar con candor, como también el adulto que abrigue la Pureza en su interior. ¡Por eso, su presencia refresca y vivifica, por eso inspira confianza!

Y allí donde reside la Pureza verdadera puede albergarse también el Amor auténtico; pues el Amor divino obra a través del rayo de la Pureza. El rayo de la Pureza es la senda por la que camina el Amor. No le sería posible seguir otra.

¡Quien no haya dado entrada en sí al rayo de la Pureza, jamás será alcanzado por el rayo del Amor divino!

El hombre, empero, al apartarse de la Luz por el desarrollo unilateral de su pensar intelectual, en provecho del cual ha sacrificado todo lo que podía elevarle, se ha privado a sí mismo del candor, quedando sujeto a esta Tierra, es decir, a la materia densa, por miles de cadenas que le tendrán cautivo en tanto no se libere él mismo de ellas. Pero su liberación no llegará con la muerte terrenal, sino únicamente con el despertar de su espíritu.

Abd-ru-shin

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PARALIZACIÓN

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Paralización

 

Todo en la Creación es movimiento. El movimiento, provocado por la presión de la Luz según ley natural, genera calor, y hace posible que las formas se constituyan. Así pues, sin Luz no podría haber movimiento, y por esta razón cabe imaginarse también que el movimiento tiene que ser mucho más rápido e intenso en la proximidad de la Luz que en las regiones alejadas de ella.

En efecto, el movimiento se va haciendo más lento y pesado a medida que se aleja de la Luz, pudiendo llegar incluso hasta provocar la paralización de todas las formas que se habían constituido con anterioridad, cuando el movimiento era más vivo.

Bajo el concepto de “Luz” no debe entenderse aquí, naturalmente, la luz de un astro cualquiera, sino la Luz primordial, que es la Vida misma, es decir, Dios.

Después de haber dado esta imagen general del proceso que se desarrolla en la Creación, quiero fijar hoy la atención en la Tierra, que ahora está describiendo su órbita a una distancia de la Luz primordial mucho mayor de lo que era hace millones de años, debido a que cada vez ha sido sometida más y más a la pesadez de las tinieblas por los hombres que, en su fatuidad ridícula, se alejaron de Dios arrastrados por el desmesurado desarrollo unilateral de su intelecto. Éste no podía ni podrá jamás estar orientado más que hacia abajo hacia lo material, pues con ese fin fue dado, si bien bajo la condición de captar con la mayor nitidez todas las radiaciones e impresiones de arriba, emanadas de las Alturas luminosas.

Al cerebro anterior le corresponden todas las funciones del intelecto respecto a las actividades exteriores en la materialidad más densa, es decir, en la materia física; al cerebelo, en cambio, la recepción de las impresiones que provienen de arriba – más ligeras y más luminosas que la materialidad densa –, y la transmisión de las mismas para su elaboración.

Este obrar conjunto y armónico de cerebro anterior y cerebelo dado para provecho del hombre, fue perturbado al abandonarse éste a actividades exclusivamente terrenales, es decir, del orden de la materialidad densa, hasta que con el tiempo quedó completamente suspendido, expresamente estrangulado, porque a consecuencia de su actividad tan intensa, el cerebro anterior se desarrolló desmesuradamente en relación con el cerebelo, el cual, al ser relegado a segundo término, fue perdiendo más y más su capacidad receptiva hasta acabar atrofiándose. De este modo surgió a través de las procreaciones físicas, en el curso de millares de años, el mal hereditario; pues, al nacer ya los niños con un cerebro anterior mucho mejor desarrollado con relación al cerebelo, surgió el peligro de que despierte en ellos el pecado original, que consiste en la inclinación de pensar de antemano con miras a lo terrenal, es decir, alejados de Dios.

Todo esto resultará fácilmente comprensible para todo aquél que lo intente con seriedad; por otra parte en mi Mensaje ya lo he expuesto detalladamente y de muy diversas maneras.

Todo el mal sobre la Tierra surgió por el hecho de que el ser humano, debido a su origen espiritual, estaba en capacidad de ejercer presión a través de su volición sobre todo lo demás existente en la Tierra, cuando precisamente por razón de este origen espiritual hubiera podido y debido desarrollar una función promotora ascendente; pues no otra era y es su verdadera misión en la Poscreación donde, por ley natural, todo lo espiritual es el elemento dirigente. Lo espiritual puede guiar hacia arriba, esto sería lo natural, mas de igual modo puede hacerlo hacia abajo si el poder volitivo de este elemento espiritual tiende preferentemente hacia lo terrenal, que es lo que ocurre en los seres humanos de la Tierra.

En el conocimiento que doy en mi Mensaje acerca de la Creación y la inherente explicación de todas las leyes que obran autoactivamente en ella, – leyes que pueden ser denominadas también leyes naturales –, se muestra, sin lagunas, la actividad completa de la Creación, que permite al hombre reconocer claramente todos los procesos y, por ende, el sentido de la vida humana en conjunto, y explicar con irrevocable lógica su origen y su finalidad, dando así respuesta a toda pregunta, siempre y cuando el hombre la busque con seriedad.

Aquí habrán de detenerse hasta los adversarios peor intencionados, pues su perspicacia no bastará para penetrar en la perfecta unidad de lo expuesto, con afán de destruirlo, y privar así al hombre también de esta ayuda. – –

Ya he dicho que el movimiento en la Creación necesariamente ha de volverse más lento a medida que un objeto cualquiera se aleje de la Luz primordial, punto de partida de la presión que por consecuencia produce el movimiento.

Tal ocurre actualmente con la Tierra. Su órbita ha ido alejándose cada vez más por culpa del hombre, los movimientos se vuelven cada vez más lentos, más indolentes, y no son pocas las cosas que, por lo mismo, han llegado ya a un estadio próximo a los comienzos de una paralización.

También la paralización tiene numerosas fases; no es tan fácil reconocerla en sus inicios. Incluso durante su progresión sigue escapando de ser reconocida, a menos que un rayo de Luz incite a la observación más sutil.

La dificultad radica en el hecho de que todo lo que vive dentro del entorno de movimientos cada vez más lentos, resulta siendo absorbido y llevado paulatinamente hacia la creciente densificación que conduce a la paralización. Mas no se crea que esto es válido sólo para el cuerpo del hombre, sino para todo, incluido su pensar. Este fenómeno se produce hasta en lo más pequeño. De modo igualmente imperceptible van alterándose y desplazándose todos los conceptos, hasta los que conciernen al verdadero sentido del lenguaje.

El hombre no puede advertir nada de esto en su prójimo, puesto que él también está siendo arrastrado por el mismo balanceo lánguido, salvo que haga por sí mismo un esfuerzo de firme voluntad para elevarse de nuevo espiritualmente y acercarse un poco más a la Luz, único medio de que su espíritu se vuelva poco a poco más móvil y, por ende, más liviano, más luminoso, actuando de esa manera sobre el discernimiento terrenal.

Pero, entonces, lleno de espanto, verá – o al menos percibirá intuitivamente – con horror estremecedor, hasta qué grado de paralización han llegado ya las deformaciones de los conceptos en la Tierra. Hace falta la visión amplia de lo esencial, porque todo está comprimido en estrechos y opacos límites ya imposibles de atravesar y que, al cabo de cierto tiempo, acabarán asfixiando inevitablemente todo cuanto abarcan.

Con frecuencia he llamado la atención sobre conceptos deformados; mas ahora resulta que éstos van deslizándose lentamente por el camino descendente hacia la paralización, en un continuo alejarse de la Luz.

No es necesario citar ejemplos concretos: no se prestaría la más mínima atención a tales explicaciones o se las tildaría de fastidiosa sofistería, pues la rigidez o la apatía existente es ya demasiada como para querer reflexionar más a fondo sobre el particular.

Ya he hablado muchas veces también acerca del poder de la palabra, del misterio de que, incluso en el ámbito terrenal, la palabra humana puede actuar durante cierto tiempo de manera constructiva o destructiva sobre el devenir de la Creación, puesto que, por el sonido, el tono y la composición de una palabra, son puestas en movimiento fuerzas creadoras que no actúan según el sentido del que habla, sino según el sentido de la palabra en su significado.

En efecto, el significado de la palabra fue dado en un principio por las fuerzas que la palabra puso en movimiento y, por lo mismo concuerdan exactamente con el sentido verdadero, o viceversa, y no con la voluntad del que habla. El sentido y la palabra nacieron del movimiento correspondiente de las fuerzas; ¡es por ello que constituyen un todo inseparable!

El pensar del hombre, a su vez, pone en acción otras corrientes de fuerza que corresponden al sentido del pensamiento. Por eso el hombre debería esforzarse por elegir las palabras apropiadas para expresar sus pensamientos, es decir, sentir al mismo tiempo intuitivamente de un modo más preciso y más claro.

Supongamos que se interroga a un hombre sobre algo que ha oído o que tal vez ha visto en parte. Apenas interrogado afirmará, sin el menor reparo, que sabe de qué se trata.

Según la opinión de muchas personas superficiales, esta contestación sería correcta, y, sin embargo, es realmente falsa e inadmisible; pues “saber” significa poder dar informes precisos de todo lo ocurrido, desde el principio del asunto hasta el fin, con todos los pormenores, sin lagunas y sobre la base de la propia experiencia. Sólo entonces uno puede decir que sabe.

¡“Saber” es una expresión que, junto con los conceptos a ella inherentes, implica una gran responsabilidad!

Ya me he referido en otra ocasión a la enorme diferencia entre el “saber” y el “haber aprendido”. La erudición dista mucho del saber verdadero. Éste sólo puede ser absolutamente personal, en tanto que lo aprendido es la aceptación de una cosa fuera de la propia personalidad.

¡Oír hablar de una cosa, o haberla visto en parte, dista mucho de ser el saber mismo! El hombre no debe afirmar: “Yo sé”, sino decir a lo sumo “he oído decir” o “he visto”. Pero si su deseo es obrar con rectitud, fiel a la Verdad, su deber será decir: “No sé”.

Bajo todos los aspectos, este modo de proceder será más correcto que si informa de algo sin tener él mismo nada que ver en ello y, por consecuencia, sin poseer un verdadero saber. Por el contrario, con informes incompletos lo único que se lograría es hacer sospechosas a otras personas, acusarlas y aún tal vez precipitarlas innecesariamente en la desgracia sin conocer las circunstancias concomitantes. Ponderad, por tanto, cuidadosamente con vuestra intuición cada palabra que vayáis a utilizar.

Quien piensa profundamente, no queriendo darse por satisfecho con conceptos ya paralizados para disculparse a sí mismo de su parlanchina pedantería y malevolencia, comprenderá fácilmente la verdad de estas explicaciones y, en un examen silencioso, aprenderá a ver más allá de todo cuanto diga.

Un gran número de semejantes conceptos restringidos, con sus nefastas consecuencias, se ha convertido ya en hábito entre los hombres de la Tierra. Fomentándolos con avidez se aferran a estos conceptos los esclavos del intelecto, que son los secuaces más dóciles de las más tenebrosas influencias de Lucifer.

Aprended a observar atentamente y a utilizar como es debido las corrientes que fluyen en esta Creación. Ellas portan en sí la Voluntad Divina y, por ende, la Justicia de Dios en su forma más pura. De este modo volveréis a encontrar la auténtica condición humana de la que fuisteis despojados.

¡Cuántos sufrimientos serían evitados con este proceder y cuántos hombres mal intencionados quedarían privados de la posibilidad de actuar!

Al mismo mal se debe que la descripción de la vida terrenal de Jesús, Hijo de Dios, no concuerde en todos los puntos con los hechos reales, de donde surgió con el tiempo, hasta el día de hoy, en el pensamiento de los hombres una imagen completamente falsa. De igual manera, las Palabras que Él pronunció fueron deformadas, como ocurrió con todas las enseñanzas proclamadas religión, que debían aportar a la humanidad elevación y perfeccionamiento del espíritu.

En esto radica también la gran confusión reinante entre los hombres que, comprendiéndose mutuamente cada vez peor, dan lugar a que nazcan y florezcan el descontento, la desconfianza, la calumnia, la envidia y el odio.

¡He aquí los síntomas infalibles de la creciente paralización sobre la Tierra!

¡Elevad vuestro espíritu, comenzad a pensar y a hablar con miras más amplias y globales! Esto requiere, naturalmente, no sólo que trabajéis con el intelecto, que forma parte de la materialidad más densa, sino que volváis a proporcionar a vuestro espíritu las posibilidades de guiar vuestro intelecto, puesto que es éste el que ha de servir al espíritu según la determinación de vuestro Creador, quien, en un principio, os permitió nacer sin deformación aquí en la Tierra.

Muchas cosas se encuentran ya en el primer estadio de paralización. Todo vuestro pensar pronto podrá verse afectado, obligado a fluir en canales de férrea inflexibilidad, que sólo os pueden aportar miserias, sufrimientos y más sufrimientos, hasta acabar reduciendo vuestra condición humana al nivel de una máquina hueca, al servicio de las tinieblas, lejos de toda Luz.

     Abd-ru-shin


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CULTO

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Culto

El culto debe ser la forma visible del afán por acercar de algún modo al entendimiento humano aquello que es incomprensible desde el punto de vista terrenal.

Ese afán que cobra forma visible debe ser, si, pero desgraciadamente aún no lo es, pues muchas cosas deberían tener formas enteramente distintas si éstas hubiesen surgido de tal afán. El camino recto, a tal efecto, exige preci­samente que las formas exteriores provengan de lo más profundo del alma. Mas todo cuanto vemos hoy día es una estructura de orden intelectual en la que las intuiciones han de ser empotradas a posteri. El camino que se sigue, pues, es justamente el contrario, el equivocado o falso cabría decir también, el que nunca puede portar realmente vida en sí mismo.

Por eso muchas cosas se presentan de manera tosca o inoportuna mien­tras que, adoptando otra forma, se acercarían mucho más a la intención verdadera, logrando así un efecto convincente.

Cuantas cosas bien intencionadas repugnan por necesidad en lugar de convencer, por no haberse encontrado aún la forma adecuada, forma que el intelecto jamás podrá dar a lo terrenalmente incomprensible.

Lo mismo ocurre en las iglesias. La estructura intelectual orientada a adquirir influencia en la Tierra salta a la vista con sobrada claridad y ciertas cosas buenas no logran conmover porque la impresión que dan carece de naturalidad.

Ahora bien, sólo lo que no concuerda con las Leyes de la Creación se manifiesta de manera antinatural. Mas he aquí que precisamente las cosas de este género son las que abundan en los cultos actuales, donde todo cuan­to es opuesto a las Leyes naturales de la Creación es envuelto simplemen­te en una misteriosa oscuridad

Precisamente al no hablar el hombre nunca a tal respecto de una luz misteriosa, sino siempre inconscientemente de una oscuridad, da en lo justo; pues la Luz no conoce encubrimientos y, por ende, tampoco misti­cismos, para los que no habría lugar en la Creación que, surgida por la Voluntad perfectísima de Dios, funciona autoactivamente a ritmo inmuta­ble. ¡Nada hay más claro en su funcionamiento que precisamente la Creación, que es la obra de Dios!

En ello estriba el secreto del éxito y la continuidad o del derrumbe. Allí donde se haya edificado sobre las Leyes vivientes de la Creación, éstas ayu­darán y aportarán éxito y también perennidad. Pero allí donde las Leyes no hayan sido respetadas, ya sea por ignorancia o por obstinación, el derrum­be acabará produciéndose indefectiblemente, tarde o temprano; pues, a la larga, una construcción tal no podrá mantenerse en pie, porque carece de fundamento sólido y estable.

Por eso resultan efímeras tantas obras humanas que no tenían por qué serlo. Entre ellas figuran no pocas formas de culto de toda clase, que con­tinuamente han de ser sometidas a nuevas modificaciones para evitar que se derrumben por completo.

Con Su Palabra, el Hijo de Dios mostró a los seres humanos, de la forma más sencilla y clara, el camino recto por el que ha de avanzar su vida terre­nal en conformidad con la actividad funcional de la Creación, para que, ayudados por las Leyes divinas, sean apoyados y elevados hacia Alturas luminosas a fin de obtener paz y alegría en la Tierra.

Pero, desgraciadamente, las iglesias no siguieron el camino que el Hijo de Dios mismo había trazado y señalado con toda exactitud para redención y elevación del género humano, sino que añadieron a Su doctrina no pocos elementos nacidos de sus propias especulaciones, sembrando así una con­fusión que, por necesidad, había de dar lugar a divisiones, puesto que no estaban en consonancia con las Leyes de la Creación y, por lo mismo, con todo lo extraño que parezca, eran contrarias a la clara doctrina del Hijo de Dios, de quien ellas mismas tomaron el calificativo de “cristianas”.

Así por ejemplo, en el caso del culto mariano de los católicos romanos. Jesús, que todo lo enseñó a los hombres, cómo debían pensar y obrar, y aun cómo debían hablar y rezar para hacer lo que es justo y conforme a la Voluntad de Dios, ¿dijo jamás palabra alguna sobre este culto? ¡No, nada dijo de él! ¡He aquí, pues, una prueba de que no era de Su Voluntad, de que no debía existir! Es más, algunas palabras Suyas prueban incluso lo contra­rio de lo que exige el culto a María.

Con todo, es obvio que los cristianos quieren sinceramente seguir a Cristo, y sólo a Él, pues, de lo contrario, no serían cristianos.

Que por industria humana se hayan hecho adiciones a su doctrina y las iglesias papistas obren de forma distinta a la que Cristo enseñó, no es sino una prueba de que éstas tienen la osadía de encumbrarse por encima del Hijo de Dios; pues tratan de corregir Sus palabras instaurando nuevas prác­ticas que el Hijo de Dios no quiso que fueran, ya que, de otro modo, después de todo cuanto enseñó a los hombres, sin duda también se las hubiera enseñado.

Cierto que existe una Reina del Cielo, a quien en conceptos terrenales cabría denominar también “Madre Originaria” de purísima virginidad. Pero ella ha existido eternamente en las Alturas supremas y nunca fue encarnada en la Tierra.

Es su imagen radiante, y no ella verdaderamente, la que puede ser “vista” o “sentida intuitivamente” en ciertas ocasiones por seres humanos profundamente conmovidos. Y también por su mediación se producen a veces ayudas repentinas a las que se llama milagros.

Pero una visión directa y en persona de esta Reina Originaria es abso­lutamente imposible, incluso para el espíritu humano ya maduro; pues, según las inalterables Leyes de la Creación, cada especie solamente puede ver la especie de naturaleza idéntica a la suya. De aquí que el ojo terrenal no pueda ver otra cosa que lo terrenal, el ojo etéreo solamente lo etéreo, y el ojo espiritual nada más que lo espiritual, etcétera.

Y porque el espíritu humano no puede ver más que lo espiritual, que es de donde él mismo procede, es incapaz de contemplar verdaderamente a la Reina Originaria, de género mucho más elevado. Lo único que puede ver, si recibe la gracia, es su imagen espiritual radiante, que, apareciendo como algo viviente, puede tener en su irradiación una potencia tal, que realice milagros allí donde encuentre un terreno preparado para ello gracias a una fe inquebrantable o como consecuencia de una emoción profunda de aflic­ción o de gozo.

Esto forma parte de la actividad de la Creación, emanada de la Voluntad perfectísima de Dios y regida por Ella. En esta actividad se hallan, desde el principio y para toda la eternidad, todas las ayudas destinadas al hombre, a menos que él mismo se aleje de ellas, con su engreimiento de querer saber­lo todo mejor.

Dios actúa en la Creación, pues Su obra es perfecta.

Y es, precisamente por esta misma perfección, que el nacimiento terrenal del Hijo de Dios tenía que ser precedido por una procreación también terrenal. Quien afirme lo contrario duda de la perfección de las obras de Dios y, por consiguiente, de la Perfección de Dios mismo, de cuya Voluntad surgió la Creación.

Una concepción inmaculada es una concepción realizada en el más puro amor, en contraposición a una concepción en pecaminosa lascivia. Un naci­miento terrenal sin procreación no existe.

Si una concepción terrenal, es decir, una procreación, no pudiese darse sin mancha, entonces, ¡por fuerza habría que considerar toda maternidad como un mancillamiento!

Dios también habla a través de la Creación, expresando claramente Su Voluntad.

Reconocer esta Voluntad es el deber del hombre. Y el Hijo de Dios indicó con Su Santa Palabra el camino recto a seguir, porque la humanidad no hacía nada por reconocerla, enmarañándose así más y más en las Leyes autoactivas de la Creación.

Con el tiempo, la ignorancia y el uso indebido de este mecanismo inva­riable de la Creación acabarían necesariamente por aniquilar al hombre; en cambio, esa misma actividad elevará a la humanidad cuando ésta viva con­forme a la Voluntad de Dios.

La recompensa y el castigo de que el hombre se hace acreedor están con­tenidos en la actividad de la Creación, dirigida constante e invariablemen­te por la Voluntad de Dios. ¡En ella se halla también la reprobación o la redención! Es inexorable y justa, siempre objetiva y jamás arbitraria.

En ella se manifiesta la indecible Grandeza de Dios, Su Amor y Su Justicia. En ella, es decir, en Su obra confiada al hombre, como también a otros muchos seres, para que les sirva de morada y patria.

¡Ha llegado el tiempo en el cual es indispensable que el hombre adquiera este saber, para que con plena convicción llegue al conocimiento de la actividad de Dios, manifestada en Su obra!

Entonces, todo ser humano se mantendrá aquí en la Tierra firmemente erguido, con la voluntad jubilosa de obrar, dirigiendo su mirada hacia Dios en la más profunda gratitud, pues al haber reconocido, se mantendrá para siempre unido gracias al saber.

Para transmitir al hombre este saber que le proporcionará una convic­ción clara y una visión de conjunto de la acción de Dios en Su Amor y Su Justicia, he escrito la obra En la Luz de la Verdad, la cual no presenta lagunas, sino que contiene respuesta a toda pregunta y reporta claridad a los hombres, mostrándoles cuán maravillosos son los caminos de la Creación mantenidos por innumerables servidores de Su Voluntad.

¡Pero sólo Dios es Santo!

      Abd-ru-shin





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Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

¿Qué buscáis?

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¿Qué buscáis?

¿Qué buscáis? Decid, ¿qué significa este instar impetuoso? Como un bramido recorre el mundo, y un aluvión de libros inunda todos los pueblos. Los sabios escudriñan los escritos del pasado, investigan, cavilan hasta el agotamiento espiritual. Surgen profetas para prevenir, prometer … y de todas partes súbitamente, como en un acceso de fiebre, se quiere propagar una nueva luz.

Así, en la hora actual, se desata una tormenta sobre el alma conmovida de la humanidad, mas no refrescándola y confortándola, sino consumiéndola, abrasándola, absorbiéndole las últimas fuerzas que aún le quedan, desgarrada como está, en medio de las tinieblas de los tiempos que corremos.

También aquí y allá adviértese un murmullo, un rumor de creciente expectación por un algo venidero. Cada nervio está en tensión, crispado por un anhelo inconsciente. El mundo bulle en confusión, y todo lo cubre una especie de aturdimiento en lúgubre gestación. Funesto augurio. ¿Qué ha de engendrar por fuerza? La confusión, el desaliento, la perdición, si es que no se rasga con vigor el estrato tenebroso que envuelve espiritualmente nuestro globo, absorbiendo y asfixiando, con la suavidad tenaz del fango inmundo, todo albor de pensamiento libre y lúcido antes de que adquiera fuerza y consistencia. En el silencio lúgubre de un cenagal, aquel estrato tenebroso oprime, disgrega y aniquila en flor toda volición del bien, antes de que pueda convertirse en acto.

Pero el clamor de los que buscan la Luz – ese clamor que posee fuerza para romper el fango – se desvía y enmudece en una bóveda impenetrable, erigida con ahínco precisamente por quienes creen ayudar. ¡Ofrecen piedras en vez de pan!

Considerad el sinnumero de libros publicados:

Con ellos el espíritu humano no hace sino fatigarse, y no vivificarse. ¡Qué mejor prueba de la esterilidad de todo cuanto ofrecen! Pues lo que fatiga al espíritu nunca puede ser bueno.

El pan espiritual refresca inmediatamente, la Verdad conforta y la Luz vivifica.

Todo hombre sencillo debe desesperar al ver los muros que levantan las pretendidas ciencias espirituales en torno al más allá. ¿Quién de esas almas sencillas puede comprender sus frases eruditas, sus extrañas formas de expresión? ¿Acaso el más allá está reservado solamente para los adeptos de las ciencias espirituales?

¡Y es de Dios de quién se habla! ¿Será preciso crear una universidad, en la que se puedan adquirir primeramente las facultades requeridas para comprender el concepto de la Divinidad? ¿Adónde conduce este afán arraigado mayormente en la ambición?

Titubeantes, como embriagados, los lectores y oyentes van de un lado a otro inseguros, cautivos en sí mismos, estrechos de miras por el hecho de haber sido desviados de la senda de la sencillez.

¡Escuchad, vosotros, los desalentados! Alzad la vista, los que buscáis sinceramente: La senda que conduce hacia el Altísimo está abierta para todos los hombres. ¡La erudición no es la puerta de acceso!

Cristo Jesús, ese gran ejemplo en la senda verdadera hacia la Luz, ¿eligió Él a sus discípulos entre los fariseos eruditos, entre los escribas? No, los buscó en la humildad y en la sencillez, porque ellos no tenían que luchar contra ese grave error de creer que el camino hacia la Luz es difícil y por fuerza arduo de aprender.

Esta idea es el mayor enemigo del hombre: ¡Es una mentira!

Así pues, apartaos de toda pedantería científica allí donde se trata de lo más sagrado en el hombre, de aquello que exige una comprensión total. Apartaos, ya que la ciencia, como engendro del cerebro humano, es y no podrá dejar de ser otra cosa que una obra fragmentaria.

¡Reflexionad! ¿Cómo una ciencia penosamente adquirida puede conducir a la Divinidad? ¿Qué es el saber en definitiva? Saber es lo que el cerebro puede comprender. Mas cuán limitada es la capacidad comprensiva del cerebro, siempre estrechamente ligada al espacio y al tiempo. La eternidad misma y el sentido de lo infinito ya no es capaz de concebirlos un cerebro humano. Precisamente dos conceptos que se hallan inseparablemente unidos a la Divinidad.

El cerebro enmudece ante esa Fuerza incomprensible que fluye por todo lo existente, y de la cual él mismo saca su actividad. Es la Fuerza que todos sentimos intuitivamente cada día, cada hora, cada instante, como algo natural, reconocido desde siempre por la ciencia misma como existente y que, no obstante, procura el hombre en vano aprehender y concebir con ayuda del cerebro, esto es, con el saber intelectual.

La actividad del cerebro, piedra angular e instrumento de la ciencia, se muestra deficiente y su limitación se proyecta naturalmente en todas las obras que ésta edifica, es decir, en la totalidad de las ciencias mismas. Por consiguiente, la ciencia es apta para un estudio deductivo con miras a una mejor comprensión, clasificación y ordenación de todo aquello que recibe, ya listo, de la fuerza creadora que le precede. Mas ha de fallar indefectiblemente, si pretende arrogarse calidad de mando o crítica, si, como hasta ahora, sigue aferrada en tal medida al intelecto, es decir, a la capacidad comprensiva del cerebro.

Por esta razón, la erudición y la humanidad que por ella se rige, quedan siempre suspensas en detalles, cuando lo cierto es que todo hombre lleva en sí, como un don, el grande e intangible “todo”, siendo plenamente capaz de alcanzar, sin agotador estudio, lo más noble y lo más elevado.

Por eso, ¡acabad con la inútil tortura de esta esclavitud espiritual! No en vano el gran Maestro nos dirige las palabras: “¡Sed como los niños!”.

Quién lleva en sí la firme voluntad de hacer el bien y se esfuerza en investir de pureza sus pensamientos, ya ha encontrado la senda que conduce hacia el Altísimo. Todo lo demás le será otorgado por añadidura. Para ello no es menester ni libros, ni esfuerzo espiritual, ni ascetismo, ni aislamiento. Será sano de cuerpo y alma, libre de la presión de mórbidas cavilaciones; pues todo exceso perjudica. Hombres habéis de ser, y no plantas de invernadero que por un desarrollo unilateral sucumben al primer soplo del viento.

¡Despertad! ¡Mirad a vuestro derredor! ¡Escuchad en vuestro interior! Sólo ésto puede abriros el camino.

No prestéis oído a las controversias de las iglesias. Cristo Jesús, el gran Portador de la Verdad, la encarnación del Amor divino, no preguntó por la confesión. ¿Qué son hoy día las confesiones, si bien se mira? Una atadura del libre espíritu humano, una esclavitud de la chispa divina que mora en vuestro interior, dogmas que tratan de comprimir la Obra del Creador y Su gran Amor en moldes forjados por la mente humana, lo cual significa rebajar lo Divino, desvalorizarlo sistemáticamente.

Tal género repugna a todo buscador sincero, ya que así jamás podrá experimentar la gran realidad, haciéndose así cada vez más vano su anhelo de Verdad, hasta acabar desesperado de sí mismo y del mundo.

¡Despertad, pues! Destruid en vosotros las murallas dogmáticas, arrancaos la venda para que la Luz pura del Altísimo pueda penetrar en vosotros sin alteración. Con regocijo volará entonces vuestro espíritu a las alturas y con júbilo experimentará todo el gran Amor del Padre, que no conoce límites de inteligencia terrena. Sabréis, al fin, que sois una parte de ese Amor, lo abarcaréis sin dificultad en su totalidad, os uniréis a él y así, iréis recibiendo nueva fuerza cada día, cada hora, como un don que os hará evidente la ascensión liberadora del caos.

    Abd-ru-shin

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Abd-ru-shin, El Verbo encarnado, En la Luz de la Verdad, Jesús, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

¿POR QUÉ ESTÁS TRISTE?

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¿Por qué estás triste?

Escucha, vendrá otro después de mí que podrá dar a la Tierra
cosas más visibles de lo que podría haber hecho.

Renovará los mundos y su pie hará que tu Tierra
se convierta en una belleza insospechada.

Desde arriba dirigirá y observará la Tierra,
y todo lo que ahora es imperfecto, será perfecto.

Él construirá una torre que alcanzará el trono de Dios y te hará gozar de nuevo.

No llores porque solo vine a decirte que vendrá, para que no te desanimes.

Jesús a sus discípulos sobre la venida de Abd-ru-shin, “El Hijo del Hombre”

Cassandra

CASSANDRA (6…y Fin)

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CASSANDRA (6)

 


La orilla estaba devastada y empapada de sangre. Los pájaros descendieron a los cadáveres que no habían sido enterrados. Las olas glaucas desatadas anunciaron una tormenta.

Los barcos abandonaron la costa de Troya y Cassandra echó un último vistazo a la casa derrumbada de su padre. Un viento tempestuoso silbaba lastimosamente en las velas.

Troya había caído, y los supervivientes de su gran linaje de héroes estaban en alta mar, liberados por las olas. El noble Príamo, padre de muchos hijos de los cuales Héctor, Paris y Poldor estaban entre las joyas de la corona de los héroes troyanos, ya no era Príamo. ¡Ay de Troya, los orgullosos, los caídos, que la clemencia de los dioses había creado en tal esplendor! Estaba muerta ahora, había muerto entre los escombros y en la sangre. Gimiendo, los vientos barrieron sobre el mar la angustia de los que habían sido abandonados y perecieron en las cenizas de Troya. La tormenta estaba en su apogeo, y los barcos cargados con ricos tesoros fueron dispersados.

Brillando en la Luz de la Pureza, Cassandra, esta preciosa perla, estaba bajo la protección de Agamenón. Su mirada, que penetró en las profundidades del pasado y podía abrazar la inmensidad del futuro, estaba viva de nuevo.

Los días del cruce y las noches siniestras durante las cuales sus acompañantes esperaban su desaparición con angustia fueron solo minutos e incluso segundos.

Ella había regresado a una Luz que brillaba intensamente para ella a través de toda esta oscuridad, una Luz que nunca podría perder.

Sin embargo, ella vio el terrible destino de los humanos, la caída de los pueblos y las generaciones.

“¡Agamenón, escucha! Te advierto: asesinos, asesinos cobardes te esperan en tu propia casa. Ten cuidado ! Una mujer hermosa y peligrosa vive en tu casa, como una víbora venenosa, y un hombre cobarde y vicioso, un hombre a quien hace lo que quiere, es su compañero. ¡Oh, si solo los vientos pudieran hacernos perecer en mar abierto para que no tengamos que ver el final, el final de los héroes tan orgullosos! ”

Así habló Cassandra, y fue una noticia muy oscura para Agamenón.

Mientras los otros prisioneros, que estaban en el fondo de la nave, vivieron momentos dolorosos, a Cassandra se le permitió quedarse a menudo en la cubierta cerca de Agamenón. Le gustaba ver su actitud orgullosa, tranquila y reservada. La pureza y la paz emanaban de ella, la mujer vencida, la esclava, y pasó al temido jefe del ejército, ¡al enemigo! No había odio entre ellos, y tampoco amor, pero sentían la más alta estima el uno por el otro, porque lo merecían.

Cassandra sufría pensando en el futuro: sabía lo que la esperaba. Al entrar en el horror, vio a Micenas y sus habitantes, y vio que los dioses eternos se habían apartado de este pozo de pecados. Parecía una guarida de serpientes, cada una de las cuales llevaba una corona adornada con muchas piedras preciosas, cada piedra era un veneno mortal.

Las paredes y los pasillos estaban oscuros, llenos del dolor de los que habían sido abandonados y la lujuria de los libertinos. En todas partes el vicio hizo una mueca! ¡Ahí era donde iba el camino de Cassandra!

El recuerdo de sus seres queridos a veces abrazaba su corazón. A menudo buscaba saber cuál era el destino de Andromache que había amado y quién tenía que seguir al cautiverio del hijo de Aquiles. Sin embargo, fue rechazado. Andromache estaba demasiado profundamente enterrada en su dolor para que el asunto con Cassandra pudiera establecerse. En su aflicción, ella atrajo fuertemente el espíritu de su esposo a la Tierra al llamarla.

Hécuba estaba muerta. Deambulando, con los ojos oscuros, luchaba en las profundidades oscuras de Hades. Había olvidado por completo la luz brillante que una vez emanaba de su hija Cassandra y tenía que mostrarle el camino. Ella tampoco podía relacionarse con Cassandra, quien, como una estrella brillante, atraía solo almas luminosas hacia ella, mientras que la odiosa oscuridad se desataba a su alrededor.

La flota griega se había dispersado durante las grandes tormentas. En cuanto a Agamenón, había aterrizado sano y salvo en Argólida, con el resto de sus barcos cargados con abundantes botines y muchos esclavos entre los cuales estaba Cassandra.

Este país le parecía a Cassandra triste y áspero. Estaba cubierto por una pesada sombra gris que solo su ojo podía ver y en la que se movían seres horribles que le mostraban el estado mental de los seres humanos.

La tormenta empujó inesperadamente las naves hacia el continente, y los marineros temieron que sufrieran daños.

Vadeando en el agua, llegaron a la orilla con dificultad y buscaron un pasaje para mujeres y niños.

Desfigurados por la miseria y las preocupaciones, asolados por el hambre y las enfermedades, los esclavos ofrecieron un aspecto lamentable. Muchos de ellos habían muerto durante el viaje y habían sido arrojados por la borda.

El convoy de esclavos encadenados entre sí se formó dolorosamente. Los hombres más fuertes tenían que avanzar, el cuello doblado bajo una especie de yugo y sus manos atadas detrás de sus espaldas. Sin embargo, los soldados de Agamenón no trataron a los prisioneros con dureza. Actuaron sólo de acuerdo a la costumbre de ese tiempo.

La noticia de la llegada de los barcos se había extendido lentamente, y la gente estaba empezando a reunirse. Al principio tenían curiosidad, luego se emocionaron cuando vieron que su rey regresaba victorioso. Sin embargo, Agamenón se dio cuenta de inmediato de que intentaban evitarlo casi con temor.

¿Fue así como la gente dio la bienvenida a su señor que había pasado muchos años frente al peligro y la angustia lejos de su país y de su hogar? Cassandra pensó en la alegría con que saludaron a su padre y hermanos cuando regresaron de sus expediciones. ¡Qué diferente fue aquí! ¿Fue esta la alegría del vencedor?

A la vista de este país extranjero y de estos seres cerrados, con una mirada fugaz, una fuerte opresión invadió su corazón.

Agamenón había regresado, mientras que muchos videntes habían anunciado que nunca pondría un pie en el suelo de su país. Todos admitieron que había sido un mal administrador y sintieron doblemente el peso de su culpa: todos habían presenciado la desgracia de la casa del rey y la habían tolerado.

El camino parecía largo e incluso interminable para Cassandra; era pedregoso y un violento viento de tormenta todavía soplaba desde el mar. La gente estaba llegando, siempre más numerosa. Formaron grupos y esperaron el convoy. Se arrojaron piedras a los prisioneros y golpearon dolorosamente a algunos de ellos. Los guerreros que acompañaban el convoy intentaron intervenir.

Los carros tomaron la columna de esclavos y tuvieron que esperar al borde del camino hasta que pasaron. El polvo de la carretera era tan espeso que apenas se podía distinguir a la multitud. Los cautivos se arrastraban jadeando; llevaban pesadas cadenas.

Cassandra caminaba entre dos mujeres que la habían calumniado hacía mucho tiempo. Una de ellas había dirigido a las criadas; estaba totalmente dedicada a los sacerdotes y siempre había temido el conocimiento de Cassandra porque no tenía la conciencia limpia. El segundo fue su nieta, de veinte años. Ambas ya no la estaban dejando y tratando de aligerar lo más posible su abrumador destino. Cassandra estaba feliz de tener a sus mujeres de su país natal.

Así, cansado, lento y triste, el convoy se dirigía a Micenas. Las dificultades del camino marcaron profundamente las almas de los prisioneros. Cada paso fue un dolor para las mujeres, ya que se sentían como si estuvieran caminando descalzos en un camino cubierto de zarzas. Los gemidos de aquellos que se derrumbaron, se debilitaron, partieron sus corazones.

Alta y orgullosa, la ciudad tan hermosa y tan rica se alzaba en la distancia. Las paredes de color marrón grisáceo se veían oscuras y amenazadoras, pero detrás de ellas brillaban edificios blancos, y magníficos grupos de árboles atestiguaban la presencia de hermosos jardines.

Pero todo era tan extraño y tan diferente de Troya. ¿Dónde fue tan espléndida y extraordinariamente cantada la vida de los poetas? ¿Dónde estaba la actividad de los dioses benéficos? Este país no se veía feliz. Aquí la tierra respiraba desolación, miseria y descontento, la Medusa estaba amenazando por encima de la gente.

Cuando el convoy de esclavos finalmente llegó a la ciudad, hubo una emoción alegre y alegre. La gente se regocijó; con el regreso del príncipe, esperaba un nuevo crecimiento y mejores días. Sin embargo, se temía la dominación opresiva de Clitemnestra.

Vestida suntuosamente y adornada con las piedras más preciosas, Clitemnestra se paró en los escalones de su palacio, con la corona sobre su cabeza; ella vio pasar la procesión de carros y jinetes saludándola  Aegisthus estaba a su lado.

La reina debe haber sido hermosa una vez. Ahora su rostro pintado llevaba la marca de sus vicios. Su alta estatura en el puerto, una vez tan orgullosa, no era más que un siniestro devorado por un gusano que había adornado con las joyas más preciosas de este mundo con especial cuidado.

Sus ojos no tenían el resplandor que proviene de la profunda alegría que le causó el regreso del ansiamente deseado esposo, pero reflexionó sobre la inestable vacilación de la locura incipiente y una angustia secreta. Su cuerpo exhalaba el mal olor del vicio, que los perfumes más caros de las esencias más raras no podían ocultar, ya que era de una naturaleza diferente.

La bienvenida que le dio a su esposo fue como un espectáculo hábilmente orquestado, ya que ella dominó el arte de la simulación y el lenguaje hermoso. Aún así, Agamenón estaba decepcionado. Las palabras de Cassandra volvieron a él, y de repente comprendió lo que ella le había dicho. Fue advertido. Fue aprehendido de una gran amargura que trató de vencer.

En cuanto a su hija Electra, se regocija de su niña. Se puso en pie sollozando, y su largo cabello limpió el polvo de sus zapatos. Este solo gesto expresaba la totalidad de su devoción fiel y ansiosa, su alegría por verlo de nuevo y su dolor por el pensamiento de su joventud en ruinas. Ella no pudo decir una sola palabra.

Los carros y jinetes ya habían pasado, al igual que los hombres de infantería y arcabuceros más valientes y experimentados. Luego vino el convoy de esclavos con, a cada lado, los guerreros avanzando entre los prisioneros y las puertas del castillo para proteger a las mujeres.

Con la cabeza baja, Cassandra caminaba entre las otras mujeres. Todos fueron impasibles y silenciosos, a pesar de su profunda emoción y agotamiento después de un viaje tan doloroso. Cuando Cassandra cruzó la puerta, una luz pareció iluminar la oscuridad del patio.

Al pasar junto a Clitemnestra, se detuvo, miró ferozmente a los ojos y miró a la reina. Clytemnestra se tambaleó ante esta mirada, se puso aún más pálida bajo su maquillaje y sus ojos se volvieron demacrados. No podía soportar la vista de esos ardientes ojos azul grisáceos. Las piedras preciosas chocaron contra su pecho, su cuerpo temblaba de emoción reprimida.

“Clytemnestra, estás a las puertas de Hades! Piénsalo cuando la serpiente de tus malos instintos silba en tu oído mientras susurra imágenes seductoras. Todavía hay tiempo, pero estás al borde del abismo y el rayo de los rayos vengativos ya te amenaza. ¡Mira en ti, reina, y pregúntate si mi consejo es bueno! ”

De repente, un silencio repentino cayó en el patio. Solo las paredes reflejaban la voz sonora de Cassandra, que había resonado como un latón. Por un momento, Clytemnestra se tambaleó, pero su esclava favorita la contuvo. Su séquito quedó petrificado.

Luego levantó el brazo y dijo, señalando a Cassandra con un gesto autoritario:

“Manténgala bien, vale la pena”. Está sucediendo con tu vida. ¡Tírala sólo en la torre! Tú, Kyros,

Con eso, ella se fue a casa tambaleándose; Ni siquiera quería ver el botín que seguía en muchos tanques.

La alegría de la fiesta terminó. Los prisioneros entraron en silencio por las puertas. Sin embargo, Electra se separó del grupo de mujeres; tranquila, con la cabeza inclinada y su expresión firmemente resuelta, siguió a Cassandra y Kyros. Un rayo de luz le había tocado el alma: le parecía que desde ese día tenía que seguir los pasos de Cassander por toda la eternidad.

El guardia Kyros, que era un verdadero gigante, conducía a Cassandra. Electra lo siguió a cierta distancia, porque quería evitar la irritación de Kyros.

Terminaron llegando a una torre redonda y maciza en la que descendían cien escalones.

Esta torre se alzaba sobre el castillo. Sin embargo, había en sus profundidades una habitación que nunca había visto el menor rayo de sol.

No contenía nada más que un banco de madera y una mesa en la que se colocaba una jarra y un tazón. Un olor a descomposición y aire asqueroso saludó a los recién llegados; Las telarañas caían del techo. Cassandra se estremece de horror.

Cuando Kyros estaba a punto de cerrar la puerta detrás de él sin decir una palabra, tuvo un movimiento de sorpresa: algo lo había golpeado. Le dirigió a Cassandra una mirada escrutadora, luego inspeccionó el techo y las paredes, examinando las grietas y grietas. Finalmente, salió de la habitación sacudiendo la cabeza y, con un cerrojo que chirrió, cerró la puerta desde el exterior. Cassandra era una prisionera.

“Reina, algo curioso me sucedió con la princesa extranjera de Troya”, dijo Kyros a su amada cuando hizo su informe. “Pero conozco perfectamente la torre oscura que, a menudo ya, se ha cerrado sobre tus enemigos. Sin embargo, nunca me había parecido tan oscura o clara como después de haber recibido a esta mujer. Examiné cuidadosamente la habitación, pero no pude encontrar la fuente de esta extraña luz. ”

Clytemnestra se burló de él.

“¡Tonto, envejeces o te deslumbró, como deslumbró a Agamenón! ”

Poco después, un terrible suceso ocurrió en el castillo de Agamenón en Micenas.

Un silencio espantoso fue seguido por un grito. Una voz gritaba:

“¡Lo asesinaron, asesinaron a Agamenón!”. Esta voz provenía de las profundidades, sacudiendo el castillo y cruzando los pasillos. Al oír este grito, Clitemnestra y Aegisthus, pálidos como la muerte, salieron apresuradamente de la habitación del que acababa de ser asesinado. Pero, una vez fuera de la habitación, la reina fingió terror, se arrancó el pelo y lamentó la muerte de su marido.

Electra estaba de pie detrás de una columna al lado de una pared oscura, y con sus ojos ardientes miró a Clitemnestra.

Esa noche fue interminable, y el día siguiente fue tan oscuro para Cassandra. Ella, generalmente tan activa, sufría del silencio uniforme que la rodeaba. Siguió febrilmente el hilo de su vida y, volviendo a sus inicios, solo pudo encontrar tristeza, pero nada malo o inmundo. Su camino de dolor había sido difícil, pero puro. Su mente no pertenecía a las esferas de donde provenían los humanos.

Pensó en Apolo que la había guiado y en la Luz pura que la había llevado a las Alturas, y supo que había sufrido por el Amor.

Ella oró Entonces la torre se abrió y, como un pilar, una luz cegadora de blancura descendió hacia ella.

“Pronto lo habrás logrado y regresarás al Padre”, se hizo eco de la voz de Arriba. “No teman nada, y espérenme, porque, por lo que se sabe, voy a llegar pronto”.

En ese momento, las cerraduras crujieron y uno escuchó un susurro de seda y un ruido de oro. Pálida, con las mejillas hundidas, los ojos fijos, Clitemnestra estaba en el umbral; Kyros estaba detrás de ella.

“Sabes cómo contar historias”, comenzó, “y sabes muchas cosas”, dijo Agamenón. Sepas que quiero que me ayudes, esclava, porque estoy enferma. Debes alejar a los espíritus malignos que me atormentan, especialmente de noche. Debes servirme tus bebidas y poner tus manos curativas en mis extremidades doloridas; también debes indicarme las estrellas y las piedras que confieren juventud y poder eternos, ¡para que las conozca!

Cassandra la miró con calma y resolución.

“Te voy a decir, reina, qué tienes que hacer para curarte. ¿Qué me darás si te ayudo?

“Te daré la mitad de mi ropa y una décima parte de mis joyas. Te daré un esclavo además, vivirás conmigo y serás honrada como una princesa “.

No aspiro a estas cosas, Clitemnestra. No codicio tus tesoros, y los honores de tu casa me repugnan. Agamenón está muerto, lo mataste, lo sé.

Borra el acto que has hecho, y los Erinnyes se apartarán de ti; No puedo hacerlo No trate a sus hijos como los esclavos más viles de su casa, déles lo que es suyo y quedará satisfecho. Dales amor, y cosecharás amor. Vuelve a ti misma con pensamientos puros, y los pensamientos puros te rodearán cien veces. Persigue el oprobio y la lujuria de las paredes de tu casa, y verás que el honor y la pureza entran en ella. Apártate del mal, busca los brillantes jardines del amor eterno, y se te entregarán. ¡Pero creo que es demasiado tarde, Clitemnestra! ”

La reina, que se había hundido y había gemido, no pudo sentarse.

“¡Me las pagarás, maldito vidente!”, Dijo jadeando y silbando. “¡Ahora, te mostraré quién soy!”

Se levantó, sacó una daga de su cinturón y se arrojó sobre Cassandra. Pero un rayo de luz se levantó entre ellos, por lo que no pudo mover su brazo.

“¡Mira quién soy!”, Fueron las palabras pronunciadas por Cassandra. “¡Consigue lo que mereces!”,

Clytemnestre huyó como loca.

Unas horas más tarde, Cassandre escuchó un ruido detrás de la puerta. Trajeron piedras y, a través de la pared, escuchó rasguños y rasguños. Ella sabía que en su temor, Clitemnestra la tenía amurallada con vida. Ella no sintió desesperación. Su vida había terminado, y su espíritu la había precedido. Sometido a la Voluntad del Padre, Cassander esperó a que llegara la hora. entonces, ella seguiría. Su muerte no fue una pelea, como es el caso de los humanos. En cumplimiento de la Divina Voluntad con la que hizo una, dejó su receptáculo terrenal de materia densa, como una vez había penetrado.

El nombre que formaron sus labios fue su última promesa a la humanidad. Y ese nombre era: “¡Imanuel!” Las aguas grises que se elevaron desde las profundidades y estaban destinadas a aumentar aún más el horror de su muerte no la alcanzaron más viva.

En silencio, su cuerpo fue entregado al olvido; pero su espíritu extravagante es eterno.


FIN

 



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