Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

EL PRIMER PASO

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El primer paso

 

Dejad que mi Palabra cobre vida en vosotros; pues esto es lo único que puede daros aquel provecho que necesitáis para que vuestro espíritu se eleve a las alturas luminosas de los eternos jardines de Dios.

 

¡De nada sirve conocer la Palabra! Aun cuando sepáis de memoria mi Mensaje completo, frase por frase, para instruiros e instruir a vuestro prójimo… de nada os servirá mientras no obréis de acuerdo a él, si no pensáis según el verdadero sentido de mi Palabra y organizáis en consecuencia toda vuestra vida como algo natural que lleváis en cuerpo y sangre y que no se puede separar de vosotros. Solamente así podréis sacar de mi Mensaje los valores eternos que contiene para vosotros.

 

“Por sus obras los conoceréis”. Estas palabras de Cristo conciernen primeramente a todos los lectores de mi Mensaje. Por sus obras quiere decir por su modo de obrar, de pensar, por sus actos de la vida cotidiana en su existencia terrenal. Vuestras palabras también forman parte de vuestro modo de obrar, y no solo vuestros actos, pues el hablar es un acto cuyos efectos habéis subestimado hasta ahora. Hasta los pensamientos mismos son parte integrante de vuestros actos.

 

Los hombres están acostumbrados a decir que “el pensamiento es libre”. Con esto piensan que en la Tierra nadie les puede pedir cuentas de sus pensamientos, por hallarse éstos en un plano inaccesible para las manos del hombre.

 

Por eso juegan, a menudo, frívolamente con sus pensamientos, o mejor dicho, juegan en pensamientos. Desgraciadamente trátase con frecuencia de un juego sumamente peligroso en la vana ilusión de que podrán salir indemnes.

 

Sin embargo, en esto se equivocan; pues también los pensamientos forman parte de la materialidad densa y en ella han de ser redimidos indefectiblemente antes de poder emprender su ascenso una vez que el espíritu se haya separado del cuerpo terrenal.

 

Por lo tanto, esforzáos, incluso con vuestros pensamientos, en vibrar siempre en armonía con el sentido de mi Mensaje, de suerte que sólo deseéis lo que es noble, y no descendáis a bajas regiones imaginándoos que nadie podrá verlo ni oírlo.

 

¡Los pensamientos, las palabras y los actos exteriores pertenecen todos al reino de la materia densa de esta Creación!

 

Los pensamientos operan en la materialidad densa sutil, las palabras en la materialidad densa media, y las acciones exteriores se constituyen en la materialidad más grave, es decir, en la más densa. Las tres clases de actividades vuestras pertenecen al dominio de la materialidad densa.

 

Mas resulta que las formas de estas tres clases de actividades están íntimamente ligadas entre sí, y sus efectos se encadenan mutuamente. Lo que esto significa para vosotros, el modo incisivo y muchas veces determinante en que puede influir en las peregrinaciones de vuestra existencia, no podéis concebirlo en un primer momento.

 

Esto quiere decir, simplemente, que un pensamiento que continúa operando autoactivamente según su naturaleza, puede reforzar a un género afín en la materialidad densa media constituyendo allí formas más vigorosas que, a su vez, y como consecuencia del vigor alcanzado, siguen operando hasta manifestarse visible y activamente en la materialidad más densa, sin que a vosotros os parezca haber intervenido directamente.

 

Tener noticia de esto es terrible cuando se conoce la ligereza y frivolidad del modo de pensar de los seres humanos.

 

De esto resulta que, sin saberlo, intervenís en numerosos actos realizados por uno cualquiera de vuestros semejantes, por el mero hecho de haber recibido éste, en la forma que acabo de explicar, un refuerzo que le hizo capaz de ejecutar en la materialidad más densa algo que hasta entonces había reposado latente en él siendo tan sólo objeto de juego en sus pensamientos.

 

Y es así que muchos seres humanos desaprueban con frecuencia un acto cualquiera de uno de sus contemporáneos, reprobándolo y condenándolo encolerizados, cuando, en realidad, a ellos mismos les corresponde una parte de responsabilidad ante las Leyes eternas de Dios, aunque se trate de una persona que les sea completamente desconocida y de actos que ellos mismos jamás realizarían en la materialidad más densa.

 

Reflexionad por una sola vez, en el profundo contenido de estos fenómenos y comprenderéis por qué os exhorto en mi Mensaje: “¡Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos, pues así sembraréis paz y seréis felices!”

 

Cuando hayáis alcanzado vigor suficiente en vuestra propia purificación veréis en esta Tierra muchos menos crímenes que hasta ahora, crímenes de los cuales muchos seres humanos son cómplices sin saberlo.

 

El tiempo y el lugar en que posiblemente os hagáis cómplices de tales actos no importa en absoluto. Aunque se realicen en el otro extremo de la Tierra contrario al lugar donde vosotros estéis, en sitios en los que jamás hayáis puesto el pie y de cuya existencia ni siquiera tengáis noticia. Siempre reforzaréis con vuestros juegos de pensamiento todo aquello que tenga afinidad, independientemente de distancias, naciones o países.

 

De este modo, puede ocurrir que, con el tiempo, los pensamientos de odio y envidia se precipiten sobre cualquier individuo, sobre grupos de personas o sobre pueblos enteros – allí donde encuentren formas afines –, imponiendo la realización de actos muy distintos a los que surgieron en vosotros cuando jugabais con vuestros pensamientos.

 

Las repercusiones se manifiestan, entonces, en conformidad con el modo de sentir del ejecutante en el momento de la acción. Por consiguiente, vosotros podéis haber participado en la ejecución de un acto sin haber pensado jamás realmente en su horror. No obstante, la relación entre ese acto y vosotros existe, y una parte de los efectos retroactivos pasará a constituir una carga sobre vuestro espíritu que quedará adherida a él como un lastre cuando abandone el cuerpo.

 

Mas también inversamente podéis contribuir de modo aun más vigoroso al establecimiento de la paz y la felicidad de la humanidad. Con vuestro pensar puro y sano podéis participar en obras desarrolladas por personas completamente extrañas a vosotros.

 

Como es natural, refluirán bendiciones sobre vosotros y vosotros no sabréis por qué.

 

¡Si al menos por una vez pudieseis ver, en cada pensamiento particular que vosotros concebís, cómo se cumple constantemente en las Leyes autoactivas de esta Creación la inmutable Justicia de la Santísima Voluntad de Dios, pondríais de seguro todas vuestras energías en adquirir la pureza en vuestra forma de pensar!

 

Sólo así llegaréis a convertiros en aquellos seres a quienes el Creador quiere conducir benévolamente dentro de Su obra, a fin de que logren un conocimiento tal que les confiera la eternidad y les permita dentro de la Creación llegar a ser ayudantes dignos de recibir las gracias sublimes destinadas al género humano con el fin de transformarlas y transmitirlas con júbilo y agradecimiento a aquellas criaturas que solamente pueden recibirlas ya adaptadas por el hombre, y que hoy día permanecen privadas criminalmente de tal gracia a causa de la decadencia del espíritu humano tras haber surgido éstas en una época, en que la humanidad era mejor y sus irradiaciones más puras.

 

Pero con esto no habréis hecho más que asimilar una frase de mi Mensaje, dándole vida en vosotros.

 

Para vosotros esta frase es la más difícil, pero también la que hace más fácil todo lo demás. Su cumplimiento hace surgir ante vosotros un milagro tras otro, visible y tangible aquí en la Tierra. –

 

Sin embargo, cuando hayáis triunfado sobre vosotros mismos en este empeño, encontraréis en vuestro camino un nuevo peligro que tiene su origen en la deformación del pensamiento humano: encontraréis en todo esto un poder que querréis harto gustosos comprimir en formas bien definidas para que sirva a tal o cual fin particular constituido por deseos egoístas.

 

Desde ahora quiero advertiros de este peligro; pues de no superarlo puede devoraros, puede haceros sucumbir después de haber iniciado ya la marcha por el buen camino.

 

Guardaos muy bien, no obstante, de querer obstinadamente conquistar por la fuerza esta pureza de pensamiento; pues lo único que lograréis es comprimirla de antemano dentro de vías determinadas y conseguiréis que vuestro esfuerzo se convierta en mero malabarismo, no pasando de ser una obra forzada, artificial, que jamás podrá producir los grandes efectos que debe producir. Vuestros bríos sólo causarían daño en lugar de beneficio por faltarles la autenticidad de la libre intuición. Una vez más serían producto de vuestra volición intelectual, pero nunca expresión de la labor de vuestro espíritu. De esto os advierto.

 

Pensad en la Palabra de mi Mensaje que os dice que todo lo verdaderamente grande sólo puede residir en la sencillez; pues lo realmente grande simplemente es. La sencillez a la que yo me refiero os resultará seguramente más comprensible si colocáis en su lugar, a título de transición, el concepto humano y terrenal de la modestia. Este concepto se acerca quizás más a vuestra facultad de comprensión y así acertáis con lo justo.

 

Mas con una volición nacida de la reflexión intelectual no podréis dar a vuestros pensamientos esa pureza a la que me refiero. Es preciso que surja en vosotros, con sencillez y sin limitaciones, la volición más pura, emanada de vuestra intuición, sin ser comprimida en palabras que pueden tan sólo dar lugar a un concepto restringido. Esto no debe ocurrir. Lo justo y necesario para vosotros es una aspiración ilimitada hacia el bien, capaz de penetrar y envolver el origen de vuestros pensamientos antes de que hayan tomado forma.

 

Esto no es difícil; es incluso mucho más fácil que las otras tentativas, siempre y cuando os dejéis guiar por la sencillez, ya que en ella no puede tener cabida la presunción que el intelecto posee de su propio saber y su propio poder. Desalojad vuestra mente de pensamientos y dejad que surja libremente en vosotros la aspiración de lo noble y lo bueno; sólo así tendrá vuestro pensamiento aquella base nacida de la volición de vuestro espíritu. El resultado podréis confiárselo con toda tranquilidad al intelecto para que se encargue de su ejecución en el plano de la materialidad más densa. No podrá formarse así nada que sea injusto.

 

Alejad de vosotros todos los tormentos surgidos de vuestros pensamientos y confiad en vuestro espíritu; pues, a menos que vosotros mismos levantéis ante él una muralla, el espíritu sabrá abrirse camino por la senda justa. Devenir libres de espíritu no significa otra cosa que dejar dentro de vosotros el camino libre al espíritu. Éste no puede más que encaminarse hacia las alturas, ya que su propia especie le induce a ello. Hasta ahora lo habéis tenido confinado, privándole de la posibilidad de desarrollarse; le habéis atado las alas impidiendo su vuelo.

 

La base para la edificación de una nueva humanidad, base que vosotros no debéis ni podréis evadir, la constituye esta sola frase: “¡Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos!”

 

¡Con esto tiene que comenzar el hombre! Éste es su primer deber, que hará de él lo que debe llegar a ser: un ejemplo para todos aquellos que aspiran a alcanzar la Luz y la Verdad, para todos los que, agradecidos, quieran servir al Creador con la plenitud de su ser. Quienquiera que realice esto no necesitará más directrices. Será como debe ser, y, como tal, recibirá en abundancia todas las ayudas que están a su espera en la Creación para conducirle, sin interrupción, hacia las alturas.

 

Abd-ru-shin

 

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CANDOR INFANTIL

Candor Infantil

La palabra “cándido” es una expresión que el hombre en su manera de hablar superficial e irreflexiva suele emplear impropiamente la mayor parte de las veces.

Restringida por la pereza espiritual, la expresión no es sentida con la suficiente profundidad como para poder comprenderla correctamente. Claro que quien no la haya captado en toda su extensión, tampoco podrá emplearla jamás como es debido.

Mas, es justamente el candor infantil lo que tiende al hombre la sólida escala de ascensión hacia las Alturas luminosas, hacia la posibilidad de madurar para todo espíritu humano y hacia el perfeccionamiento con miras a una existencia eterna en esta Creación, que es la mansión de Dios Padre, puesta por Él a disposición de los hombres a condición de que continúen siéndole huéspedes gratos. Huéspedes que no causen daños en los aposentos que por un acto de gracia les fueron entregados en usufructo con la mesa siempre puesta y siempre abundante.

¡Mas cuán lejos se halla actualmente el hombre de ese candor que tanto precisa!

Y es que sin él nada puede conseguir para su espíritu. El espíritu tiene que poseer candor, pues aun adquiriendo plena madurez, es y seguirá siendo un “niño” de la Creación.

¡Un niño de la Creación! Esta expresión encierra un profundo sentido; pues llegar a serlo, llegar a ser un “niño” de Dios es su misión. El que lo logre o no, depende del grado de madurez que esté dispuesto a adquirir en el curso de su peregrinación a través de todos los planos de la materialidad.

Ahora bien, esta disposición de ánimo tiene que ir acompañada de la acción. En los planos espirituales, la voluntad es simultáneamente acto. Voluntad y acto son allí la misma cosa. Pero sólo en los planos espirituales y no en los planos de la materialidad. Cuanto más denso y grave es un plano material, tanto más dista el acto de la voluntad que lo engendra.

Que la densidad constituye un obstáculo, se hace patente ya en el sonido, el cual, en su movimiento a través de la materia, resulta impedido en mayor o menor grado según lo densa que ésta sea. Incluso a cortas distancias puede advertirse claramente este fenómeno.

Cuando alguien está haciendo leña o clavando puntas en una obra cualquiera, puede verse claramente el movimiento del hacha o del martillo; en cambio, el sonido de los golpes tarda algunos segundos en llegar a nuestros oídos. Cualquiera habrá tenido ocasión de observar este fenómeno tan notorio.

Cosa análoga, pero mucho más acentuada, ocurre en la Tierra entre la voluntad y la acción del ser humano. La voluntad asalta al espíritu; en él se convierte inmediatamente en acción. Pero para que la voluntad se ponga de manifiesto visiblemente en la materialidad densa, el espíritu precisa del cuerpo físico. Sólo por impulso puede actuar el cuerpo a los pocos segundos de entrar en acción la voluntad. En este caso queda eliminado el trabajo lento y pesado del cerebro anterior que generalmente es quien sirve de vía de comunicación a la voluntad, para que ésta llegue a causar efecto en la actividad del cuerpo.

Esta vía normal exige un lapso de tiempo un poco más largo. A veces sólo se produce un efecto débil o ni siquiera llega a producirse efecto alguno, debido a que la volición, en su largo camino, ha perdido fuerza o ha quedado bloqueada por las cavilaciones del intelecto.

A este respecto, aunque sea un tanto fuera de lugar, permítaseme una observación acerca de la Ley natural de la atracción de las afinidades, de cuyos efectos se ha hecho caso omiso, a pesar de ser claramente visibles en la actividad humana:

Las leyes humano-terrenales son elaboradas y aplicadas por el intelecto. De aquí que los planes premeditados, es decir, los actos precedidos de una reflexión, sean sancionados con mayor rigor y severidad que los actos pasionales, es decir, sin reflexión. En la mayor parte de los casos, estos últimos son juzgados teniendo en cuenta circunstancias atenuantes.

En realidad existe aquí en afinidad con la actividad del intelecto sometido a las Leyes de la Creación, una relación imperceptible para los hombres, para todos aquellos que se someten incondicionalmente al intelecto. Para ellos esto es totalmente comprensible.

De este modo, sin conocer esta relación, cuando se trata de un acto pasional, la mayor parte de la pena se adscribe al plano espiritual. Los legisladores y los jueces ni lo presienten, pues parten de principios muy distintos, netamente intelectuales. Mas reflexionando profundamente y conociendo las Leyes que actúan en la Creación, todo se presenta bajo una luz completamente diferente.

No obstante, y lo mismo en otros juicios y sentencias terrenales, las Leyes vivientes de Dios en la Creación actúan de por sí con plena autonomía, sin que influyan en ellas para nada las leyes y conceptos humano-terrenales. ¡A ningún hombre sensato se le ocurrirá pensar que una culpa real y verdadera – no una culpa tildada como tal por el criterio humano – pueda darse por liquidada ante las Leyes divinas por el hecho de haber sido expiada ya mediante el cumplimiento de la sentencia dictada por el intelecto terrenal!

Desde hace miles de años éstos vienen siendo prácticamente dos mundos separados. Separados por el modo de obrar y de pensar de los hombres, debiendo haber sido sólo uno; un mundo donde reinen únicamente las Leyes de Dios.

La redención mediante la pena impuesta por semejante sentencia terrenal sólo puede realizarse en la medida en que las leyes y penas concuerden con las Leyes de Dios en la Creación.

Ahora bien, existen dos clases de actos pasionales. En primer lugar los ya descritos, que en realidad deberían llamarse actos impulsivos, y, por otra parte, los actos pasionales que surgen del cerebro anterior, mas no del espíritu, y que pertenecen al sector del intelecto. Cierto que estos últimos son actos pasionales sin reflexión, pero no deben ser tratados con la aplicación de los mismos atenuantes que tratándose de los actos impulsivos.

No obstante, una justa distinción entre estos actos podrán encontrar aquí solo aquellos hombres que conozcan todas las Leyes de Dios en la Creación y estén instruidos en sus efectos. Esto ha de quedar reservado a tiempos venideros en que ya no existan en los hombres los actos arbitrarios, por haber adquirido una madurez espiritual tal que sólo les permita vibrar en armonía con las Leyes divinas en todos sus actos y todos sus pensamientos.

Este paréntesis sólo pretende incitar a la reflexión; no forma parte del fin propiamente dicho de esta conferencia.

Queda advertido tan sólo que voluntad y acción son una sola cosa en el plano espiritual, pero que en los planos materiales se disocian en razón de la naturaleza de la materia. Por eso dijo Jesús a los hombres en aquel tiempo: “El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.” La carne, en nuestro caso la materia densa del cuerpo, no lleva a efecto todo lo que en el espíritu ya fue voluntad y acción.

No obstante, incluso en su vestidura de materia densa aquí en la Tierra, el espíritu podría obligar a su voluntad a que se manifieste, convirtiéndose en acción en el plano material, si no fuese tan indolente para ello. El espíritu no puede hacer responsable al cuerpo de esta indolencia; pues el cuerpo le fue dado al espíritu solamente como instrumento, y es él quien tiene que aprender a dominarlo para servirse de éste de manera adecuada. –

Decíamos, pues, que el espíritu es un niño de la Creación. Y que ha de poseer candor, si es que quiere cumplir con la finalidad que le ha sido asignada en la Creación. La presunción orgullosa del intelecto le apartó del candor, porque no pudo “comprenderlo” en su verdadero sentido. De este modo, el espíritu ha perdido todo apoyo en la Creación, la cual se ve obligada ahora a expulsarlo como elemento extraño, perturbador y nocivo, a fin de poder conservar su propia salud.

Sucede, pues, que los hombres van cavando su propia tumba a fuerza de proseguir en su errada forma de pensar y de obrar. –

Es curioso que cualquier adulto deseoso de experimentar verdaderamente la Navidad tenga que trasladarse primeramente al tiempo de su niñez.

¡Es éste un testimonio bastante claro de que, como adulto, es incapaz de vivir la Navidad con sensibilidad espiritual! ¡Es la prueba neta de que ha perdido algo que poseía cuando niño! ¿Por qué no da que pensar esto a los hombres?

Una vez más es la pereza espiritual la que impide ocuparse seriamente de estos asuntos. “Eso son cosas de niños”, dicen; “los adultos no deben perder el tiempo en ellas. Deben pensar en cosas más serias.”

¡Cosas más serias! Para ellos esas “cosas más serias” se reducen a la codicia de bienes materiales, es decir, al trabajo del intelecto. Tan pronto se le da cabida al sentir intuitivo, el intelecto rápidamente aleja y reprime los recuerdos, con el fin de no perder su preponderancia.

En todos estos detalles aparentemente tan insignificantes podrían reconocerse cosas de suma importancia, si el intelecto concediese tiempo para ello. Pero él es el que ahora posee la supremacía, y por conservarla, lucha con toda astucia y perfidia. Mejor dicho, no es él quien realmente lucha, sino lo que se oculta tras él, convirtiéndolo en su instrumento: ¡las tinieblas!

Su afán es no dejar encontrar la Luz en los recuerdos. Pero hasta qué puntoel espíritu aspira encontrar la Luz y beber nuevas fuerzas en sus fuentes, salta a la vista en el hecho de que, al surgir el recuerdo de la Navidad cuando niño, se despierta una vaga nostalgia, casi dolorosa, que a muchos hombres llega a ablandar el corazón pasajeramente.

Este enternecimiento podría muy bien llegar a ser la base del despertar espiritual si fuese aprovechado inmediatamente con toda energía. Pero, desgraciadamente, los adultos lo único que hacen en tales ocasiones es dejarse llevar por sus sueños, desperdiciando así la fuerza surgida. Y con sus sueños se va también la ocasión sin haber sido aprovechada ni haber traído beneficio alguno.

Es más, cuando alguien siente que se le escapan las lágrimas, se avergüenza de ellas y trata de disimularlas, se obliga a dominarse dándose un empujón que con frecuencia pone al descubierto una obstinación inconsciente.

¡Cuánto podría aprender el hombre de todo esto! No en vano se mezcla una vaga melancolía en los recuerdos de la infancia. Es la intuición inconsciente de que algo se ha perdido dejando un vacío, la incapacidad de volver a sentir intuitivamente con aquel candor infantil.

Pero vosotros, seguramente, ya habéis observado repetidas veces el efecto maravilloso y reanimador que produce la mera presencia silenciosa de un hombre cuyos ojos desprenden aquí y allá candorosos destellos.

El adulto no debe olvidar que candor no es lo mismo que puerilidad. Vosotros no sabéis aún lo que es el candor en definitiva, ni a qué se debe que obre de tal manera. Ni por qué Jesús dijo: “Sed como los niños”.

Para comprender lo que es candor debéis poneros primeramente en claro que éste no tiene por qué estar ligado a la infancia como tal. Sin duda conoceréis niños que carecen de este candor verdaderamente hermoso. Es decir, hay niños sin candor. Un niño malo jamás dará impresión de candor, como tampoco un niño mal educado, o mejor dicho, sin educación.

Resulta, pues, que el candor y la condición de niño son dos cosas independientes la una de la otra.

Lo que aquí en la Tierra se califica de candoroso es una ramificación de los efectos de la Pureza. Pureza en el sentido más elevado, no en el sentido meramente humano-terrenal. El ser humano que vive en la luz de la Pureza divina, que da cabida en sí mismo al rayo de la Pureza, adquiere de hecho candor infantil, ya sea niño o adulto.

El candor infantil es el fruto de la pureza interior o el signo de que un ser humano se ha entregado a la Pureza, se ha hecho su siervo. Todo esto no son sino diversas formas de expresión con las que, en realidad, se designa una y la misma cosa.

Por consiguiente, sólo el niño que sea puro en sí puede actuar con candor, como también el adulto que abrigue la Pureza en su interior. ¡Por eso, su presencia refresca y vivifica, por eso inspira confianza!

Y allí donde reside la Pureza verdadera puede albergarse también el Amor auténtico; pues el Amor divino obra a través del rayo de la Pureza. El rayo de la Pureza es la senda por la que camina el Amor. No le sería posible seguir otra.

¡Quien no haya dado entrada en sí al rayo de la Pureza, jamás será alcanzado por el rayo del Amor divino!

El hombre, empero, al apartarse de la Luz por el desarrollo unilateral de su pensar intelectual, en provecho del cual ha sacrificado todo lo que podía elevarle, se ha privado a sí mismo del candor, quedando sujeto a esta Tierra, es decir, a la materia densa, por miles de cadenas que le tendrán cautivo en tanto no se libere él mismo de ellas. Pero su liberación no llegará con la muerte terrenal, sino únicamente con el despertar de su espíritu.

Abd-ru-shin

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PARALIZACIÓN

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Paralización

 

Todo en la Creación es movimiento. El movimiento, provocado por la presión de la Luz según ley natural, genera calor, y hace posible que las formas se constituyan. Así pues, sin Luz no podría haber movimiento, y por esta razón cabe imaginarse también que el movimiento tiene que ser mucho más rápido e intenso en la proximidad de la Luz que en las regiones alejadas de ella.

En efecto, el movimiento se va haciendo más lento y pesado a medida que se aleja de la Luz, pudiendo llegar incluso hasta provocar la paralización de todas las formas que se habían constituido con anterioridad, cuando el movimiento era más vivo.

Bajo el concepto de “Luz” no debe entenderse aquí, naturalmente, la luz de un astro cualquiera, sino la Luz primordial, que es la Vida misma, es decir, Dios.

Después de haber dado esta imagen general del proceso que se desarrolla en la Creación, quiero fijar hoy la atención en la Tierra, que ahora está describiendo su órbita a una distancia de la Luz primordial mucho mayor de lo que era hace millones de años, debido a que cada vez ha sido sometida más y más a la pesadez de las tinieblas por los hombres que, en su fatuidad ridícula, se alejaron de Dios arrastrados por el desmesurado desarrollo unilateral de su intelecto. Éste no podía ni podrá jamás estar orientado más que hacia abajo hacia lo material, pues con ese fin fue dado, si bien bajo la condición de captar con la mayor nitidez todas las radiaciones e impresiones de arriba, emanadas de las Alturas luminosas.

Al cerebro anterior le corresponden todas las funciones del intelecto respecto a las actividades exteriores en la materialidad más densa, es decir, en la materia física; al cerebelo, en cambio, la recepción de las impresiones que provienen de arriba – más ligeras y más luminosas que la materialidad densa –, y la transmisión de las mismas para su elaboración.

Este obrar conjunto y armónico de cerebro anterior y cerebelo dado para provecho del hombre, fue perturbado al abandonarse éste a actividades exclusivamente terrenales, es decir, del orden de la materialidad densa, hasta que con el tiempo quedó completamente suspendido, expresamente estrangulado, porque a consecuencia de su actividad tan intensa, el cerebro anterior se desarrolló desmesuradamente en relación con el cerebelo, el cual, al ser relegado a segundo término, fue perdiendo más y más su capacidad receptiva hasta acabar atrofiándose. De este modo surgió a través de las procreaciones físicas, en el curso de millares de años, el mal hereditario; pues, al nacer ya los niños con un cerebro anterior mucho mejor desarrollado con relación al cerebelo, surgió el peligro de que despierte en ellos el pecado original, que consiste en la inclinación de pensar de antemano con miras a lo terrenal, es decir, alejados de Dios.

Todo esto resultará fácilmente comprensible para todo aquél que lo intente con seriedad; por otra parte en mi Mensaje ya lo he expuesto detalladamente y de muy diversas maneras.

Todo el mal sobre la Tierra surgió por el hecho de que el ser humano, debido a su origen espiritual, estaba en capacidad de ejercer presión a través de su volición sobre todo lo demás existente en la Tierra, cuando precisamente por razón de este origen espiritual hubiera podido y debido desarrollar una función promotora ascendente; pues no otra era y es su verdadera misión en la Poscreación donde, por ley natural, todo lo espiritual es el elemento dirigente. Lo espiritual puede guiar hacia arriba, esto sería lo natural, mas de igual modo puede hacerlo hacia abajo si el poder volitivo de este elemento espiritual tiende preferentemente hacia lo terrenal, que es lo que ocurre en los seres humanos de la Tierra.

En el conocimiento que doy en mi Mensaje acerca de la Creación y la inherente explicación de todas las leyes que obran autoactivamente en ella, – leyes que pueden ser denominadas también leyes naturales –, se muestra, sin lagunas, la actividad completa de la Creación, que permite al hombre reconocer claramente todos los procesos y, por ende, el sentido de la vida humana en conjunto, y explicar con irrevocable lógica su origen y su finalidad, dando así respuesta a toda pregunta, siempre y cuando el hombre la busque con seriedad.

Aquí habrán de detenerse hasta los adversarios peor intencionados, pues su perspicacia no bastará para penetrar en la perfecta unidad de lo expuesto, con afán de destruirlo, y privar así al hombre también de esta ayuda. – –

Ya he dicho que el movimiento en la Creación necesariamente ha de volverse más lento a medida que un objeto cualquiera se aleje de la Luz primordial, punto de partida de la presión que por consecuencia produce el movimiento.

Tal ocurre actualmente con la Tierra. Su órbita ha ido alejándose cada vez más por culpa del hombre, los movimientos se vuelven cada vez más lentos, más indolentes, y no son pocas las cosas que, por lo mismo, han llegado ya a un estadio próximo a los comienzos de una paralización.

También la paralización tiene numerosas fases; no es tan fácil reconocerla en sus inicios. Incluso durante su progresión sigue escapando de ser reconocida, a menos que un rayo de Luz incite a la observación más sutil.

La dificultad radica en el hecho de que todo lo que vive dentro del entorno de movimientos cada vez más lentos, resulta siendo absorbido y llevado paulatinamente hacia la creciente densificación que conduce a la paralización. Mas no se crea que esto es válido sólo para el cuerpo del hombre, sino para todo, incluido su pensar. Este fenómeno se produce hasta en lo más pequeño. De modo igualmente imperceptible van alterándose y desplazándose todos los conceptos, hasta los que conciernen al verdadero sentido del lenguaje.

El hombre no puede advertir nada de esto en su prójimo, puesto que él también está siendo arrastrado por el mismo balanceo lánguido, salvo que haga por sí mismo un esfuerzo de firme voluntad para elevarse de nuevo espiritualmente y acercarse un poco más a la Luz, único medio de que su espíritu se vuelva poco a poco más móvil y, por ende, más liviano, más luminoso, actuando de esa manera sobre el discernimiento terrenal.

Pero, entonces, lleno de espanto, verá – o al menos percibirá intuitivamente – con horror estremecedor, hasta qué grado de paralización han llegado ya las deformaciones de los conceptos en la Tierra. Hace falta la visión amplia de lo esencial, porque todo está comprimido en estrechos y opacos límites ya imposibles de atravesar y que, al cabo de cierto tiempo, acabarán asfixiando inevitablemente todo cuanto abarcan.

Con frecuencia he llamado la atención sobre conceptos deformados; mas ahora resulta que éstos van deslizándose lentamente por el camino descendente hacia la paralización, en un continuo alejarse de la Luz.

No es necesario citar ejemplos concretos: no se prestaría la más mínima atención a tales explicaciones o se las tildaría de fastidiosa sofistería, pues la rigidez o la apatía existente es ya demasiada como para querer reflexionar más a fondo sobre el particular.

Ya he hablado muchas veces también acerca del poder de la palabra, del misterio de que, incluso en el ámbito terrenal, la palabra humana puede actuar durante cierto tiempo de manera constructiva o destructiva sobre el devenir de la Creación, puesto que, por el sonido, el tono y la composición de una palabra, son puestas en movimiento fuerzas creadoras que no actúan según el sentido del que habla, sino según el sentido de la palabra en su significado.

En efecto, el significado de la palabra fue dado en un principio por las fuerzas que la palabra puso en movimiento y, por lo mismo concuerdan exactamente con el sentido verdadero, o viceversa, y no con la voluntad del que habla. El sentido y la palabra nacieron del movimiento correspondiente de las fuerzas; ¡es por ello que constituyen un todo inseparable!

El pensar del hombre, a su vez, pone en acción otras corrientes de fuerza que corresponden al sentido del pensamiento. Por eso el hombre debería esforzarse por elegir las palabras apropiadas para expresar sus pensamientos, es decir, sentir al mismo tiempo intuitivamente de un modo más preciso y más claro.

Supongamos que se interroga a un hombre sobre algo que ha oído o que tal vez ha visto en parte. Apenas interrogado afirmará, sin el menor reparo, que sabe de qué se trata.

Según la opinión de muchas personas superficiales, esta contestación sería correcta, y, sin embargo, es realmente falsa e inadmisible; pues “saber” significa poder dar informes precisos de todo lo ocurrido, desde el principio del asunto hasta el fin, con todos los pormenores, sin lagunas y sobre la base de la propia experiencia. Sólo entonces uno puede decir que sabe.

¡“Saber” es una expresión que, junto con los conceptos a ella inherentes, implica una gran responsabilidad!

Ya me he referido en otra ocasión a la enorme diferencia entre el “saber” y el “haber aprendido”. La erudición dista mucho del saber verdadero. Éste sólo puede ser absolutamente personal, en tanto que lo aprendido es la aceptación de una cosa fuera de la propia personalidad.

¡Oír hablar de una cosa, o haberla visto en parte, dista mucho de ser el saber mismo! El hombre no debe afirmar: “Yo sé”, sino decir a lo sumo “he oído decir” o “he visto”. Pero si su deseo es obrar con rectitud, fiel a la Verdad, su deber será decir: “No sé”.

Bajo todos los aspectos, este modo de proceder será más correcto que si informa de algo sin tener él mismo nada que ver en ello y, por consecuencia, sin poseer un verdadero saber. Por el contrario, con informes incompletos lo único que se lograría es hacer sospechosas a otras personas, acusarlas y aún tal vez precipitarlas innecesariamente en la desgracia sin conocer las circunstancias concomitantes. Ponderad, por tanto, cuidadosamente con vuestra intuición cada palabra que vayáis a utilizar.

Quien piensa profundamente, no queriendo darse por satisfecho con conceptos ya paralizados para disculparse a sí mismo de su parlanchina pedantería y malevolencia, comprenderá fácilmente la verdad de estas explicaciones y, en un examen silencioso, aprenderá a ver más allá de todo cuanto diga.

Un gran número de semejantes conceptos restringidos, con sus nefastas consecuencias, se ha convertido ya en hábito entre los hombres de la Tierra. Fomentándolos con avidez se aferran a estos conceptos los esclavos del intelecto, que son los secuaces más dóciles de las más tenebrosas influencias de Lucifer.

Aprended a observar atentamente y a utilizar como es debido las corrientes que fluyen en esta Creación. Ellas portan en sí la Voluntad Divina y, por ende, la Justicia de Dios en su forma más pura. De este modo volveréis a encontrar la auténtica condición humana de la que fuisteis despojados.

¡Cuántos sufrimientos serían evitados con este proceder y cuántos hombres mal intencionados quedarían privados de la posibilidad de actuar!

Al mismo mal se debe que la descripción de la vida terrenal de Jesús, Hijo de Dios, no concuerde en todos los puntos con los hechos reales, de donde surgió con el tiempo, hasta el día de hoy, en el pensamiento de los hombres una imagen completamente falsa. De igual manera, las Palabras que Él pronunció fueron deformadas, como ocurrió con todas las enseñanzas proclamadas religión, que debían aportar a la humanidad elevación y perfeccionamiento del espíritu.

En esto radica también la gran confusión reinante entre los hombres que, comprendiéndose mutuamente cada vez peor, dan lugar a que nazcan y florezcan el descontento, la desconfianza, la calumnia, la envidia y el odio.

¡He aquí los síntomas infalibles de la creciente paralización sobre la Tierra!

¡Elevad vuestro espíritu, comenzad a pensar y a hablar con miras más amplias y globales! Esto requiere, naturalmente, no sólo que trabajéis con el intelecto, que forma parte de la materialidad más densa, sino que volváis a proporcionar a vuestro espíritu las posibilidades de guiar vuestro intelecto, puesto que es éste el que ha de servir al espíritu según la determinación de vuestro Creador, quien, en un principio, os permitió nacer sin deformación aquí en la Tierra.

Muchas cosas se encuentran ya en el primer estadio de paralización. Todo vuestro pensar pronto podrá verse afectado, obligado a fluir en canales de férrea inflexibilidad, que sólo os pueden aportar miserias, sufrimientos y más sufrimientos, hasta acabar reduciendo vuestra condición humana al nivel de una máquina hueca, al servicio de las tinieblas, lejos de toda Luz.

     Abd-ru-shin


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CULTO

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Culto

El culto debe ser la forma visible del afán por acercar de algún modo al entendimiento humano aquello que es incomprensible desde el punto de vista terrenal.

Ese afán que cobra forma visible debe ser, si, pero desgraciadamente aún no lo es, pues muchas cosas deberían tener formas enteramente distintas si éstas hubiesen surgido de tal afán. El camino recto, a tal efecto, exige preci­samente que las formas exteriores provengan de lo más profundo del alma. Mas todo cuanto vemos hoy día es una estructura de orden intelectual en la que las intuiciones han de ser empotradas a posteri. El camino que se sigue, pues, es justamente el contrario, el equivocado o falso cabría decir también, el que nunca puede portar realmente vida en sí mismo.

Por eso muchas cosas se presentan de manera tosca o inoportuna mien­tras que, adoptando otra forma, se acercarían mucho más a la intención verdadera, logrando así un efecto convincente.

Cuantas cosas bien intencionadas repugnan por necesidad en lugar de convencer, por no haberse encontrado aún la forma adecuada, forma que el intelecto jamás podrá dar a lo terrenalmente incomprensible.

Lo mismo ocurre en las iglesias. La estructura intelectual orientada a adquirir influencia en la Tierra salta a la vista con sobrada claridad y ciertas cosas buenas no logran conmover porque la impresión que dan carece de naturalidad.

Ahora bien, sólo lo que no concuerda con las Leyes de la Creación se manifiesta de manera antinatural. Mas he aquí que precisamente las cosas de este género son las que abundan en los cultos actuales, donde todo cuan­to es opuesto a las Leyes naturales de la Creación es envuelto simplemen­te en una misteriosa oscuridad

Precisamente al no hablar el hombre nunca a tal respecto de una luz misteriosa, sino siempre inconscientemente de una oscuridad, da en lo justo; pues la Luz no conoce encubrimientos y, por ende, tampoco misti­cismos, para los que no habría lugar en la Creación que, surgida por la Voluntad perfectísima de Dios, funciona autoactivamente a ritmo inmuta­ble. ¡Nada hay más claro en su funcionamiento que precisamente la Creación, que es la obra de Dios!

En ello estriba el secreto del éxito y la continuidad o del derrumbe. Allí donde se haya edificado sobre las Leyes vivientes de la Creación, éstas ayu­darán y aportarán éxito y también perennidad. Pero allí donde las Leyes no hayan sido respetadas, ya sea por ignorancia o por obstinación, el derrum­be acabará produciéndose indefectiblemente, tarde o temprano; pues, a la larga, una construcción tal no podrá mantenerse en pie, porque carece de fundamento sólido y estable.

Por eso resultan efímeras tantas obras humanas que no tenían por qué serlo. Entre ellas figuran no pocas formas de culto de toda clase, que con­tinuamente han de ser sometidas a nuevas modificaciones para evitar que se derrumben por completo.

Con Su Palabra, el Hijo de Dios mostró a los seres humanos, de la forma más sencilla y clara, el camino recto por el que ha de avanzar su vida terre­nal en conformidad con la actividad funcional de la Creación, para que, ayudados por las Leyes divinas, sean apoyados y elevados hacia Alturas luminosas a fin de obtener paz y alegría en la Tierra.

Pero, desgraciadamente, las iglesias no siguieron el camino que el Hijo de Dios mismo había trazado y señalado con toda exactitud para redención y elevación del género humano, sino que añadieron a Su doctrina no pocos elementos nacidos de sus propias especulaciones, sembrando así una con­fusión que, por necesidad, había de dar lugar a divisiones, puesto que no estaban en consonancia con las Leyes de la Creación y, por lo mismo, con todo lo extraño que parezca, eran contrarias a la clara doctrina del Hijo de Dios, de quien ellas mismas tomaron el calificativo de “cristianas”.

Así por ejemplo, en el caso del culto mariano de los católicos romanos. Jesús, que todo lo enseñó a los hombres, cómo debían pensar y obrar, y aun cómo debían hablar y rezar para hacer lo que es justo y conforme a la Voluntad de Dios, ¿dijo jamás palabra alguna sobre este culto? ¡No, nada dijo de él! ¡He aquí, pues, una prueba de que no era de Su Voluntad, de que no debía existir! Es más, algunas palabras Suyas prueban incluso lo contra­rio de lo que exige el culto a María.

Con todo, es obvio que los cristianos quieren sinceramente seguir a Cristo, y sólo a Él, pues, de lo contrario, no serían cristianos.

Que por industria humana se hayan hecho adiciones a su doctrina y las iglesias papistas obren de forma distinta a la que Cristo enseñó, no es sino una prueba de que éstas tienen la osadía de encumbrarse por encima del Hijo de Dios; pues tratan de corregir Sus palabras instaurando nuevas prác­ticas que el Hijo de Dios no quiso que fueran, ya que, de otro modo, después de todo cuanto enseñó a los hombres, sin duda también se las hubiera enseñado.

Cierto que existe una Reina del Cielo, a quien en conceptos terrenales cabría denominar también “Madre Originaria” de purísima virginidad. Pero ella ha existido eternamente en las Alturas supremas y nunca fue encarnada en la Tierra.

Es su imagen radiante, y no ella verdaderamente, la que puede ser “vista” o “sentida intuitivamente” en ciertas ocasiones por seres humanos profundamente conmovidos. Y también por su mediación se producen a veces ayudas repentinas a las que se llama milagros.

Pero una visión directa y en persona de esta Reina Originaria es abso­lutamente imposible, incluso para el espíritu humano ya maduro; pues, según las inalterables Leyes de la Creación, cada especie solamente puede ver la especie de naturaleza idéntica a la suya. De aquí que el ojo terrenal no pueda ver otra cosa que lo terrenal, el ojo etéreo solamente lo etéreo, y el ojo espiritual nada más que lo espiritual, etcétera.

Y porque el espíritu humano no puede ver más que lo espiritual, que es de donde él mismo procede, es incapaz de contemplar verdaderamente a la Reina Originaria, de género mucho más elevado. Lo único que puede ver, si recibe la gracia, es su imagen espiritual radiante, que, apareciendo como algo viviente, puede tener en su irradiación una potencia tal, que realice milagros allí donde encuentre un terreno preparado para ello gracias a una fe inquebrantable o como consecuencia de una emoción profunda de aflic­ción o de gozo.

Esto forma parte de la actividad de la Creación, emanada de la Voluntad perfectísima de Dios y regida por Ella. En esta actividad se hallan, desde el principio y para toda la eternidad, todas las ayudas destinadas al hombre, a menos que él mismo se aleje de ellas, con su engreimiento de querer saber­lo todo mejor.

Dios actúa en la Creación, pues Su obra es perfecta.

Y es, precisamente por esta misma perfección, que el nacimiento terrenal del Hijo de Dios tenía que ser precedido por una procreación también terrenal. Quien afirme lo contrario duda de la perfección de las obras de Dios y, por consiguiente, de la Perfección de Dios mismo, de cuya Voluntad surgió la Creación.

Una concepción inmaculada es una concepción realizada en el más puro amor, en contraposición a una concepción en pecaminosa lascivia. Un naci­miento terrenal sin procreación no existe.

Si una concepción terrenal, es decir, una procreación, no pudiese darse sin mancha, entonces, ¡por fuerza habría que considerar toda maternidad como un mancillamiento!

Dios también habla a través de la Creación, expresando claramente Su Voluntad.

Reconocer esta Voluntad es el deber del hombre. Y el Hijo de Dios indicó con Su Santa Palabra el camino recto a seguir, porque la humanidad no hacía nada por reconocerla, enmarañándose así más y más en las Leyes autoactivas de la Creación.

Con el tiempo, la ignorancia y el uso indebido de este mecanismo inva­riable de la Creación acabarían necesariamente por aniquilar al hombre; en cambio, esa misma actividad elevará a la humanidad cuando ésta viva con­forme a la Voluntad de Dios.

La recompensa y el castigo de que el hombre se hace acreedor están con­tenidos en la actividad de la Creación, dirigida constante e invariablemen­te por la Voluntad de Dios. ¡En ella se halla también la reprobación o la redención! Es inexorable y justa, siempre objetiva y jamás arbitraria.

En ella se manifiesta la indecible Grandeza de Dios, Su Amor y Su Justicia. En ella, es decir, en Su obra confiada al hombre, como también a otros muchos seres, para que les sirva de morada y patria.

¡Ha llegado el tiempo en el cual es indispensable que el hombre adquiera este saber, para que con plena convicción llegue al conocimiento de la actividad de Dios, manifestada en Su obra!

Entonces, todo ser humano se mantendrá aquí en la Tierra firmemente erguido, con la voluntad jubilosa de obrar, dirigiendo su mirada hacia Dios en la más profunda gratitud, pues al haber reconocido, se mantendrá para siempre unido gracias al saber.

Para transmitir al hombre este saber que le proporcionará una convic­ción clara y una visión de conjunto de la acción de Dios en Su Amor y Su Justicia, he escrito la obra En la Luz de la Verdad, la cual no presenta lagunas, sino que contiene respuesta a toda pregunta y reporta claridad a los hombres, mostrándoles cuán maravillosos son los caminos de la Creación mantenidos por innumerables servidores de Su Voluntad.

¡Pero sólo Dios es Santo!

      Abd-ru-shin





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ASCENSIÓN

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Ascensión

¡Vosotros, los que con afán buscáis conocimiento, no os enmarañéis en una red, sino tratad de ver con claridad!

Por Ley eterna pesa sobre vosotros una inmutable obligación de expiación que jamás podréis volcar sobre ningún otro. La carga que os imponéis por vuestros pensamientos, palabras u obras no puede ser desatada por nadie más que por vosotros mismos. Reflexionad: de no ser así, la Justicia divina no sería más que mera palabrería huera y con ella todo lo demás se vendría abajo.

Por eso, ¡liberaos! No demoréis la hora de poner término a ese deber de expiación. La sincera aspiración hacia lo bueno, hacia lo mejor, que adquiere fuerza a través de la oración verdaderamente sentida, trae la redención.

Sin querer el bien firme y sinceramente no puede llevarse a cabo expiación alguna. Lo vil seguirá proporcionándose a sí mismo nuevo alimento una y otra vez, volviendo a hacer necesarias nuevas y continuas expiaciones, de tal suerte que lo que se está renovando constantemente os parecerá un solo vicio o sufrimiento. Sin embargo, se trata de toda una cadena sin fin que va atando siempre de nuevo, antes de que lo anterior haya podido liberarse.

De este modo no hay jamás redención alguna, puesto que de continuo se exigen nuevas expiaciones. Es como si una cadena os tuviese atados al suelo, corriendo, por añadidura, grandísimo peligro de hundiros aún más. Por eso, vosotros, los que aún estáis en la Tierra o, según vuestros conceptos, ya en el más allá, ¡esforzáos de una vez por querer el bien! Queriendo siempre el bien acabarán necesariamente las expiaciones, puesto que quien quiere el bien y obra en consecuencia, no da lugar a que se constituyan nuevas deudas que exigen ser saldadas. Entonces es cuando llega la liberación, la redención, que es lo único que permite la ascensión hacia la Luz. ¡Escuchad la advertencia! ¡No hay otro camino para vosotros, ni para nadie!

Esto, a su vez, proporciona a cada uno la certeza de que nunca puede ser demasiado tarde. Claro está que el acto en particular tenéis que expiarlo, purgarlo, esto es indudable; mas en el momento en que vuestra aspiración hacia el bien se implante seriamente, habréis clavado ya el hito que marcará el fín de vuestras expiaciones, pudiendo estar seguros de que este fin tendrá que llegar un día infaliblemente, y que entonces iniciará vuestra ascensión. Con júbilo podréis entonces poneros a trabajar para ir pagando todas vuestras culpas. Todo lo que a continuación se os interponga en el camino será por vuestro bien, os acercará a la hora de la redención, de la liberación.

¿Comprendéis ahora el valor de mis palabras al aconsejaros que comencéis con todas vuestras fuerzas a desear el bien, a purificar vuestros pensamientos? No ceséis en vuestro empeño, sino aferráos a él con todo vuestro ardor, con todas vuestras energías. Ello os eleva a las alturas, os transforma, a vosotros y a vuestro ambiente.

Pensad que cada vida en la Tierra es una breve escuela y que el abandonar la carne no significa el fin para vosotros mismos. Viviréis permanentemente o moriréis de continuo. Gozaréis de felicidad sin ninguna interrupción o padeceréis continuamente.

Quien se entregue a la ilusión de que con el entierro todo queda solucionado para él, todo saldado, que se dé media vuelta y siga su camino, pues lo único que hace con ello es engañarse a sí mismo. Cuando se vea ante la Verdad se quedará horrorizado y entonces comenzará su sendero de dolor… quiera o no. Su verdadero ser, despojado de la protección que le ofrecía su cuerpo, cuya densidad le rodeaba como un bastión, será atraído, cercado y apresado por aquello que le es afín.

Sometido únicamente a la influencia de un ambiente de género afín, que no abriga en sí ningún pensamiento luminoso capaz de despertarle o ayudarle, le será muy difícil y, por mucho tiempo, aún imposible esforzarse para hacer surgir el serio anhelo por mejorar, que es lo que podría elevarle y liberarle. Su padecimiento será doble, bajo el peso de todo cuanto él mismo ha creado para sí.

Por esta razón, la ascensión resulta en tales circunstancias mucho más difícil que en un cuerpo de carne y hueso donde lo bueno camina al lado de lo malo, cosa solamente posible gracias a la protección del cuerpo físico y … porque esta vida terrenal es una escuela en la que a todo “yo” se le ha dado posibilidad de progresar conforme a su libre albedrío.

¡Haced, pues, un esfuerzo! Los frutos de cada pensamiento repercuten en vosotros mismos, ya sea aquí o allá, y sois vosotros los que debéis comer de ellos. ¡Ningún ser humano puede rehuir este hecho!

¿De qué os sirve, ante esta realidad, hundir la cabeza con temor en la arena como lo hace el avestruz? ¡Enfrentad los hechos cara a cara con decisión! Así haréis más fácil vuestra labor, pues aquí en la Tierra se puede progresar con mayor rapidez.

¡Comenzad! Pero con plena consciencia de que todo lo pasado tiene que ser saldado. No esperéis, como muchos insensatos, que la felicidad vaya a caeros del cielo de buenas a primeras entrando por puertas y ventanas. Quizás tenga todavía alguno de vosotros que liberarse de una enorme cadena. Sin embargo, si se acobarda por eso, no hace más que perjudicarse a sí mismo, pues nada se le podrá evitar entonces, nada se le podrá quitar de encima. Demorar las cosas es hacerlas aún más difíciles, si no imposibles por largo tiempo.

Que le sirva esto de estímulo para no perder ni una sola hora; pues con el primer paso es cuando comienza realmente su vida. Bienaventurado el que se decide a darlo con valor; su cadena saltará, eslabón tras eslabón. Con júbilo y agradecimiento avanzará entonces a pasos agigantados y vencerá también los últimos obstáculos, pues se habrá liberado.

Las piedras que los efectos de sus erróneos actos han ido levantando ante él como un muro que forzosamente había de impedir su avance, no son apartadas del medio, sino que, por el contrario, le son puestas delante con todo cuidado para que las reconozca y las supere, puesto que él es quien tiene que reparar todas sus faltas. Y así, no tarda en descubrir con asombro y admiración el amor que le circunda, en cuanto demuestra su buena voluntad.

Se le facilita el camino con tanta consideración y delicadeza, como lo hace una madre en los primeros intentos de su hijo por caminar. Que hay cosas de su vida pasada que le horrorizan en angustioso silencio y que de buen grado dejaría dormitar continuamente … pues bien, cuando menos lo espere, se verá ante ellas cara a cara. No le quedará otro recurso que decidir y actuar. El encadenamiento de los hechos le instará a ello de modo inequívoco. Si entonces se atreve a dar el primer paso, confiando en el triunfo de la volición del bién, se deshará el nudo fatal, franqueará el obstáculo y quedará libre.

Mas apenas haya redimido esta culpa, surge la siguiente, en una forma u otra, exigiendo a su vez ser redimida.

De este modo van saltando en pedazos, uno tras otro, los eslabones de la cadena que, por necesidad, tenía que inmovilizarle y oprimirle. ¡Qué alivio el que ahora siente! Y no es ninguna ilusión esa sensación de ligereza que muchos de vosotros de seguro habéis experimentado ya alguna vez, sino efecto de una realidad. El espíritu, liberado así de la opresión, se eleva ligero y rápido, según la Ley de la gravedad espiritual, remontándose a la región a la que pertenece ya por su liviandad.

Así es como se debe seguir avanzando en pos de la anhelada Luz. Querer el mal oprime al espíritu y lo hace más pesado; querer el bien, en cambio, lo eleva.

Ya Jesús os mostró el camino recto que lleva infaliblemente a la meta; pues una profunda verdad yace en sus sencillas palabras: “¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”

¡Con ellas os dio la llave hacia la libertad y la ascensión! Porque es una verdad irrevocable: ¡Lo que hagáis por el prójimo, lo haréis, en realidad por vosotros mismos! Sólo por vosotros; pues según las Leyes eternas, todo recae ineludiblemente sobre vosotros, tanto lo bueno como lo malo, ya sea aquí o allá. ¡Todo ha de llegar! Por eso, el camino que se os ha señalado es el más sencillo para llegar a comprender cómo han de ser vuestros pasos hacia la volición del bién.

¡Con vuestro ser, vuestra naturaleza, debéis dar a vuestro prójimo! No necesariamente en dinero o en bienes. Si así fuera, los menesterosos quedarían excluidos de la posibilidad de dar. En esa vuestra manera de ser, ese “darse uno mismo” en el trato con el prójimo, en la consideración y en el respeto que le ofrecéis voluntariamente, radica el Amor del que Jesús nos habla y tambien la ayuda que prestáis a vuestro prójimo. De este modo le ofrecéis la posibilidad de cambiar, o de continuar su ascención, pudiendo fortalecerse a través de ello.

Las radiaciones que retroactivamente lleguen luego hasta vosotros os elevarán rápidamente en virtud del efecto recíproco. Por ellas cobraréis de continuo nuevas fuerzas y, con fragoroso vuelo, podréis remontaros hacia la Luz…

Pobres necios, los que aún pregunten: “¿Qué provecho saco con abandonar tantos viejos hábitos y cambiar de modo de ser?”

¿Acaso se trata de hacer un negocio? Y aún cuando sólo ganaran desde el punto de vista humano, adquiriendo un modo de ser más noble, el beneficio ya sería suficiente. ¡Pero es infinitamente más! Repito: Desde el momento en que el hombre comienza a querer el bien, coloca el hito final de su deber de expiación que ha de cumplir y del cual jamás habrá escapatoria. Nadie puede sustituirle en lo que a esto respecta.

Con su decisión pone así un final previsible a su obligación de expiación. Y esto es de tal valor que sobrepasa todos los tesoros del mundo. De esta forma, el hombre puede liberarse de las esclavizantes cadenas que él mismo se forja constantemente. ¡Sacudid, pues, el sueño que os aletarga! ¡Despertad por fin!

¡Acabad con el entorpecimiento que os paraliza, con la ilusión de que la redención por el Salvador es el salvoconducto con el cual podéis entregaros durante toda vuestra vida a un egoísmo despreocupado, con tal de convertiros en creyentes al final, abandonando este mundo con fe en el Salvador y en Su obra! ¡Que insensatos, esperar de la Divinidad una obra a medias, incoherente e imperfecta! ¡Sería lo mismo que querer fomentar el mal! ¡Pensad en ello, liberaos!

    Abd-ru-shin



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¡DESPERTAD!

¡Despertad!

¡Despertad, hombres, de vuestro pesado sueño! Tomad consciencia del fardo indigno que portáis, un fardo que está abrumando a millones de hombres con tenacidad indescriptible. ¡Desprendeos de él! ¿Merece ser soportada su carga? ¡Ni siquiera un segundo!

¿Qué oculta? Paja huera que al soplo de la Verdad se estremece de espanto. Habéis gastado en vano vuestro tiempo y vuestras fuerzas. Por eso, ¡haced saltar las cadenas que os tienen reprimidos! ¡Liberaos de una vez!

El hombre que permanezca encadenado interiormente será esclavo, por toda la eternidad, aún siendo rey.

Os encadenáis con todo cuanto es objeto de vuestros afanes de aprender. Reflexionad: Aprendiendo os subordináis vosotros mismos a formas ajenas que otros pensaron, os adherís voluntariamente a convicciones extrañas, no hacéis vuestras más que las experiencias que otros hicieron en sí y para sí mismos.

Considerad: ¡Lo que conviene a uno, no conviene a todos! Lo que a uno le es útil, puede perjudicar a otro. Cada cual debe seguir su propio camino hacia la perfección. Los medios para alcanzar esta meta son las facultades que cada uno lleva en sí. ¡Por ellas ha de guiarse, sobre ellas ha de edificar! Si no lo hace permanecerá un extraño para sí mismo, siempre quedará al margende lo aprendido sin lograr jamás que aquello cobre vida en él. Y de este modo queda ya descartado para él todo provecho. Seguirá vegetando, pues le será imposible progresar.

Recordad, los que aspiráis seriamente a la Luz y a la Verdad:

El camino hacia la Luz ha de experimentarlo cada uno en su interior, ha de descubrirlo él mismo si es que desea ir por él con pie seguro. Sólo lo que el hombre ha vivido en su interior, lo que ha sentido intuitivamente en todas sus variaciones, es lo que ha captado íntegramente.

Las penas, y también las alegrías, llaman constantemente a la puerta para animar al hombre, para sacudirle con miras a un despertar espiritual. En tales ocasiones, el hombre se siente liberado por unos segundos de toda futileza cotidiana y, en la ventura como en el dolor, siente, intuitivamente, la conexión con el espíritu que fluye a través de todo lo que vive.

Y en efecto, todo es vida, nada está muerto. Bienaventurado aquél que comprende y retiene esos instantes de contacto para levantar el vuelo hacia las alturas. No debe, pues, asirse a formas rígidas, sino desarrollarse por sí mismo, partiendo de lo que lleva en su interior.

No hagáis caso de los burlones, a quienes la vida del espíritu les es todavía ajena. Como embriagados, como enfermos permanecen inmutables ante la obra inmensa de la Creación que tanto nos ofrece. ¡Como ciegos caminan a tientas por la vida terrena y no ven el esplendor que les rodea!

Están confundidos, duermen. Pues, ¿cómo puede alguien afirmar aún, por ejemplo, que sólo existe lo que él ve; que no existe vida allí donde él no puede percibirla con sus propios ojos; que al morir su cuerpo también él mismo deja de existir, y todo porque, estando ciego, sus ojos no han podido hasta ahora convencerle de lo contrario? ¿Es que no sabe, aún en base a tantas experiencias, cuán estrechamente limitada es la capacidad perceptiva del ojo humano? ¿No sabe todavía que su vista se halla condicionada por la capacidad de su cerebro, dependiente, a su vez, del tiempo y del espacio, y que por esta razón todo lo que está por encima del espacio y del tiempo indefectiblemente ha de escapar a su visión? ¿Es que ninguno de esos burlones se ha dado cuenta hasta ahora del fundamento lógico de tal razonamiento? La vida espiritual – llamémosla también el más allá – no es nada más que algo que sobrepasa completamente la división terrenal del espacio y del tiempo, algo que, por lo mismo, requiere medios de igual naturaleza para poder ser reconocido.

Sin embargo, nuestros ojos ni siquiera logran ver todo lo que puede ser clasificado dentro del espacio y del tiempo. Recordemos la gota de agua, de cuya pureza absoluta puede dar testimonio cualquier ojo humano y en la que, no obstante, observada a través de un microscopio, distinguimos millones de seres vivos que se combaten y destruyen despiadadamente. ¿No existen a veces en el agua, en el aire, bacilos que poseen fuerza suficiente para destruir el cuerpo humano y que, sin embargo, no pueden ser reconocidos a simple vista? En cambio, con ayuda de instrumentos de precisión se tornan visibles.

¿Quién puede atreverse aún a afirmar que no veréis nada nuevo, desconocido por el momento, en cuanto os sirváis de instrumentos de mayor aumento? Perfeccionadlos miles, millones de veces: la observación no tendrá límites, siempre iréis descubriendo nuevos mundos que antes no podíais ver, ni aún presentir y que, no obstante, existían.

También en todo lo que las ciencias han logrado recopilar se llega a las mismas conclusiones mediante una reflexión lógica. Ésta ofrece una perspectiva sobre un continuo progreso y desarrollo, mas nunca sobre un fin.

¿Qué es, pues, el más allá? Este concepto confunde a muchos. El más allá es simplemente todo aquello que no puede ser reconocido con la ayuda de medios terrenales. Por medios terrenales se entiende tanto los ojos, el cerebro y todas las demás partes del cuerpo, como también los instrumentos que ayudan a los miembros y órganos a realizar sus funciones con mayor precisión y agudeza ampliando su campo de acción.

Cabría decir, pues: el más allá es lo que se encuentra “más allá” de la capacidad visual de nuestros ojos corporales. Mas lo cierto es que entre este mundo y el más allá no existe separación alguna. Ni tampoco abismo alguno. Todo es una unidad continua, como la obra entera de la Creación. Una es la fuerza que fluye por este y el otro mundo, todo vive y actúa animado por ese flujo vivificador único, quedando todo indisolublemente ligado. Esto hace comprensible el siguiente razonamiento:

Si una de las partes se enferma, los efectos han de sentirse forzosamente en la parte restante, como ocurre en el cuerpo humano. Elementos afectados de esta parte restante confluyen hacia las ya enfermas, en virtud de la atracción de las afinidades, agravando así la enfermedad. Si ésta resulta incurable, entonces la necesidad de extirpar radicalmente la parte enferma se impone como algo ineludible, si no queremos que el todo continúe sufriendo.

Es por esto por lo que debéis corregir vuestro criterio. ¡No existe este y el otro mundo, sino una sola existencia conjunta! El concepto de la separación es pura invención del ser humano, que, incapaz de verlo todo, presume ser el punto central y capital del mundo visible a sus ojos. Pero su campo de acción es más amplio. Con la idea errónea de esta separación, no hace más que limitarse violentamente, impedir su desarrollo y dar cabida a una desenfrenada fantasía provocadora de imágenes monstruosas.

¿Cómo ha de sorprendernos, pues, que, como consecuencia, muchos muestren una sonrisa incrédula y otros una veneración mórbida que se convierte en esclavitud o degenera en fanatismo? ¿Quién puede asombrarse aún ante el sobrecogimiento, la angustia y el terror que va creciendo en algunos?

¡Fuera con todo! ¿A qué viene sufrir esa tortura? ¡Derribad la barrera que el error humano se ha obstinado en levantar y que, de hecho, jamás ha existido! La postura errónea mantenida hasta ahora sólo os ha proporcionado fundamentos falsos, sobre los cuales, con incesante pero vano empeño, tratáis de edificar la verdadera fe, es decir, la íntima convicción. Topáis con puntos, con peñascos que os hacen vacilar fatalmente, que os obligan a demoler de nuevo toda la obra para que, desalentados, o movidos tal vez por la cólera, terminéis abandonándolo todo.

Vosotros sois los únicos perjudicados, pues tal proceder no representa para vosotros ningún progreso, sino un estancamiento o un retroceso. El camino que de todos modos tendréis que recorrer un día se torna, pues, más largo.

Por el contrario, si al fin llegáis a comprender la Creación como una unidad, tal cual es, y dejáis de hacer separación entre este mundo y el más allá, entonces habréis encontrado el recto camino, la meta verdadera se habrá acercado y la ascención os colmará de alegría y satisfacción. Entonces podréis también sentir y comprender mejor los efectos recíprocos que palpitan con calor vital a través del conjunto en su unidad, pues toda actividad es propulsada y mantenida por esta fuerza única. ¡La Luz de la Verdad comenzará a brillar para vosotros!

Pronto conoceréis que en muchos el orígen de su burla radica en su propia comodidad y pereza espiritual, puesto que derribar todo lo que llevan pensado y aprendido hasta ahora, y reedificar una obra nueva, supondría para ellos un esfuerzo. En otros, porque el tener que salirse de su acostumbrado modo de vida les resultaría molesto.

¡Dejadlos en paz, no discutáis! Pero ayudad solícitos con vuestro saber a los que no se conforman con placeres efímeros, a los que desean encontrar en la vida terrenal algo más que la sola satisfacción de llenar sus vientres, asemejándose a los animales. Hacedlos partícipes del conocimiento que ha brotado en vosotros; no enterréis vuestro talento, porque dando se enriquecerá y reforzará vuestro saber, por efecto recíproco.

En el universo es ley eterna que, tratándose de valores imperecederos, solamente dando se puede recibir. Sus profundos efectos se manifiestan a través de toda la Creación como un legado de su Creador. Dar desinteresadamente, ayudar donde sea necesario y tener comprensión para los sufrimientos del prójimo como para sus debilidades, significa recibir; pues es éste el camino sencillo y verdadero que conduce hacia el Altísimo.

El querer seriamente obrar así os proporciona fuerza y ayuda inmediatas. Un solo deseo de hacer el bien, sentido sincera y profundamente, basta ya para que desde ese más allá, invisible aún para vosotros, sea abatida, como por espada de fuego, la muralla que vuestros propios pensamientos erigieran hasta ahora como obstáculo; pues vosotros y ese más allá que teméis, negáis o anheláis sois uno; con él constituís una unidad compacta e indivisible.

Intentadlo, pues vuestros pensamientos son los mensajeros que enviáis y que vuelven de regreso cargados con la pesada carga de todo aquello que habéis pensado, ya sea bueno o malo. ¡Todo se cumple! Recordad que vuestros pensamientos son realidades que toman forma espiritual, realidades que a menudo llegan a constituir formaciones que sobreviven la existencia terrenal de vuestro cuerpo. Recordadlo y muchas cosas se os esclarecerán.

De aquí que sea justo decir: “pues vuestras obras os seguirán”. Las creaciones del pensamiento son obras que os esperarán un día. Ellas forman en vuestro entorno círculos luminosos o sombríos que tendréis que atravesar para penetrar en el mundo del espíritu. Ni protección ni intervención alguna puede serviros de ayuda, pues vosotros sois quienes decidís libremente. Por consiguiente, el primer paso en todo habéis de darlo vosotros mismos. No es difícil, pero depende de cómo sea la volición que se manifieste en vuestros pensamientos. De esta suerte, sois vosotros mismos quienes lleváis en vuestro interior el cielo y el infierno.

Es a vosotros a quienes corresponde decidir, mas las consecuencias de vuestros pensamientos, de vuestras manifestaciones volitivas, habréis de sufrirlas luego incondicionalmente. Sois vosotros, pues, quienes creáis las consecuencias, por eso os exhorto:

“¡Conservad puro el hogar de vuestros pensamientos, así sembraréis paz y seréis felices!”

No olvidéis que cada pensamiento que concebís y emitís va atrayendo en su camino todo lo que le es afín, o se queda adherido a otros pensamientos. De este modo su potencia va aumentando más y más, hasta que al fin alcanza un objetivo: otro cerebro que, tal vez olvidado de sí mismo por un solo segundo, da cabida a esas formas de pensamiento que flotan en el ambiente, permitiéndoles penetrar y actuar en su interior.

Pensad ahora en la enorme responsabilidad que recae sobre vosotros en caso de que ese pensamiento se ponga en acción por intermedio de una persona cualquiera, a la cual haya podido influenciar. Esa responsabilidad es activada por el solo hecho de que cada pensamiento particular mantiene una unión constante con vosotros mismos, como a través de un hilo imposible de romper, para así retornar hacia vosotros con la fuerza adquirida en el camino y oprimiros nuevamente o colmaros de dicha, según el género de lo que hayáis concebido.

Resulta, pues, que, hallándoos en el mundo de los pensamientos, dais cabida a formas mentales similares a vuestro modo de pensar. Es por eso por lo que no debéis malgastar las fuerzas del pensar, sino concentrarlas para la defensa y para lograr una mayor agudeza en el pensamiento, de manera que éste, semejante a una lanza, sea impulsado para actuar sobre todas las cosas. ¡Forjád así a partir de vuestros pensamientos la Lanza Sagrada que lucha por el bien, que cura heridas y hace que progrese la Creación entera!

¡Poned, pues, vuestro pensar al servicio de la actividad y del progreso! Para ello tendréis que sacudir ciertos pilares que sostienen concepciones harto ancestrales. A menudo trátase tan sólo de un concepto que, mal comprendido impide al hombre encontrar el verdadero camino. El único recurso es volver al punto de partida. Un viso de Luz basta para que se venga abajo todo el edificio erigido afanosamente por él durante decenas de años, y tras un aturdimiento más o menos duradero, vuelve el hombre a reanudar la obra. Tiene que hacerlo, pues la inactividad no existe en el Universo. Sírvanos de ejemplo el concepto del tiempo:

¡El tiempo pasa! ¡Los tiempos cambian! Así se escucha por doquier, y, sin querer, surge en nuestro espíritu una imagen: vemos desfilar los tiempos en incesante transformación.

Esta imagen se convierte en costumbre, llegando a constituir para muchos una base firme sobre la que siguen edificando, un fundamento que guía todas sus investigaciones y reflexiones. Mas no tardan en tropezar con obstáculos contradictorios. Aún con la mejor voluntad no hay modo de que todo concuerde. Perdidos, por fin, van dejando lagunas imposibles de llenar por más que sigan cavilando.

Esto hace que muchas personas piensen que, en tal caso, cuando el pensar lógico no ofrece fundamento alguno, es preciso recurrir a la fe como sustitutivo. ¡Pero esto es una equivocación! ¡El hombre no debe creer en cosas que no puede concebir! Tiene que intentar comprenderlas, pues, de lo contrario, abre ampliamente la puerta a los errores, y con los errores disminuye siempre el valor de la Verdad.

¡Creer sin comprender no es más que indolencia, pereza mental! No es éste el modo de elevar el espíritu, sino el de oprimirlo. Por lo tanto, alzad la mirada; pues debemos examinar e investigar. No en vano sentimos la necesidad de hacerlo.

¡El tiempo! ¿Es cierto que transcurre? Si aceptamos tal principio, ¿por qué topamos con obstáculos tan pronto intentamos profundizar en nuestras reflexiones? La razón es bien sencilla: porque el pensamiento fundamental es erróneo, pues el tiempo es inmóvil. Nosotros somos los que corremos a su encuentro. ¡Nos movemos impetuosamente en pos del tiempo que es eterno y en él buscamos la Verdad!

El tiempo es inmóvil. Siempre es el mismo: hoy, mañana y en un millar de años. Sólo las formas cambian. Nos sumergimos en el tiempo para beber del seno de sus memorias, para enriquecer nuestro saber con sus compilaciones. Pues nada se ha perdido en él, todo lo ha conservado. Jamás ha sufrido alteración alguna porque es eterno.

También tú, ¡oh hombre!, eres siempre el mismo, ya seas joven o anciano. ¡El que eres serás siempre! ¿No lo has advertido ya tú mismo? ¿No notas claramente una diferencia entre la forma física y tu “yo”; entre el cuerpo, sujeto a transformaciones, y tú, el espíritu, que es eterno?

¡Buscáis la Verdad! ¿Qué es la Verdad? Lo que hoy aún sentís como tal, mañana lo tendréis por un error y más tarde hallaréis en los errores algunos granos de verdad. Pues también las revelaciones cambian de forma. De esta suerte seguís en incansable búsqueda, mas en el curso de los continuos cambios vais alcanzando madurez.

La Verdad, empero, es siempre la misma, nunca cambia porque es eterna. Y, por serlo, jamás podrá ser comprendida en toda su pureza y realidad por los sentidos terrenos que no conocen más que el cambio de las formas.

Por lo tanto, ¡hacéos espirituales! Despojáos de todo pensamiento terrenal y poseeréis la Verdad, os hallaréis en la Verdad, os bañaréis en ella bajo el incesante resplandor de su Luz purísima, pues ella os rodeará completamente. Os mantendréis a flote en ella, en cuanto seáis espirituales.

Entonces ya no necesitaréis aprender ciencias en largas lucubraciones, ya no tendréis por qué temer errores, sino que a cualquier pregunta encontraréis al instante respuesta en la Verdad misma; es más, ya no tendréis pregunta alguna, porque sin necesidad de pensar lo sabréis todo, lo abarcaréis todo, porque vuestro espíritu vivirá en la Luz pura, en la Verdad.

Por consiguiente, ¡hacéos libres en espíritu! ¡Romped las ligaduras que os retienen! Y, si surgen obstáculos, acercáos a ellos con sereno júbilo, pues para vosotros significan el camino hacia la libertad y la fuerza. Consideradlos como un obsequio que os traerá ventajas, y los venceréis con facilidad.

Estos obstáculos, o bien son colocados en vuestro camino para instruiros y ayudaros a evolucionar – multiplicando así los medios de que disponéis para la ascensión – o son efectos retroactivos de una deuda que os es dado saldar, pudiendo de esta manera liberaros de ella. En ambos casos os harán adelantar en vuestro camino. Por lo tanto, ¡afrontadlos, pues, sin vacilar! ¡Es por vuestro bien!

Es de necios hablar de reveses del destino o de pruebas a que somos sometidos. Cualquier luchar, cualquier sufrir es progresar. Así es como se brinda ocasión al ser humano para borrar las sombras de deudas pasadas, pues a nadie se le puede perdonar ni un solo céntimo, ya que también en ésto, el ciclo de las Leyes eternas que rigen el Universo es inmutable. La Voluntad creadora del Padre se revela en ellas y de tal modo nos perdona y elimina toda oscuridad.

Todo está dispuesto con tal claridad y sabiduría, que el más mínimo desvío tornaría al mundo en ruinas.

Y aquél que tenga que reparar muchos errores del pasado, ¿no se desalentará irremediablemente, no se horrorizará al pensar en todas las culpas que tiene que redimir?

Si su Voluntad es sincera, que comience alegre y confiado, que no se preocupe. Pues también puede crearse una compensación por la contracorriente de una fuerza emanada de aquella buena voluntad, que al igual que otras formas de pensamiento cobra vida en el dominio espiritual y se convierte en arma potentísima, capaz de eliminar toda carga, toda opresión de las tinieblas y de liberar el “yo” conduciéndolo a la Luz.

¡Fuerza de voluntad! Poder por tantos ni siquiera sospechado, que atrayendo como imán infalible las fuerzas semejantes va acrecentándose, al igual que un alud, y que, unido luego a otras fuerzas espiritualmente afines, vuelve retroactivamente al punto de partida, es decir, retorna a su origen, o, mejor dicho, se reintegra a su progenitor para elevarle a las alturas, hacia la Luz, o hundirle aún más en el fango y la inmundicia, según la naturaleza de su voluntad inicial.

Quien conoce esta Ley constante de la acción recíproca que, con precisión absoluta, rige en toda la Creación realizando y desarrollando sus funciones con invariable certeza, debe saber aplicarla, tiene que amarla, que temerla. Para él, el mundo invisible que le circunda cobra vida poco a poco, pues va dándose cuenta de sus efectos con una claridad que no permite duda alguna.

A poco que fije su atención, sentirá intuitivamente las ondas potentísimas de la actividad incesante que desde el Universo inmenso actúan sobre él. Finalmente se dará cuenta de que él mismo es capaz de canalizar hacia un solo punto de enfoque potentes flujos, cual una lente que capta los rayos solares, los concentra en un punto preciso y genera allí una energía de efectos abrasadores que puede fluir quemando y destruyendo, pero también curando, vivificando, beneficiando, y que es capaz asimismo de encender un fuego de vivas llamaradas.

Vosotros sois tales lentes, capaces de concentrar mediante vuestra voluntad esas corrientes invisibles de fuerza que llegan hasta vosotros, dirigiéndolas con una mayor potencia hacia fines buenos o malos, para el bien de la humanidad o para su perdición. Con ella podéis y debéis encender un fuego vivo en las almas, un fuego de entusiasmo por lo bueno, por lo noble, por lo perfecto.

Para ello, sólo se requiere la fuerza de voluntad que, en cierto modo, es la que hace del hombre el rey de la Creación, el artífice de su propio destino. Su propia volición le aporta la perdición o la salvación, crea su recompensa o su castigo con certeza inexorable.

Mas no temáis ahora que este saber os aleje del Creador, que debilite en vosotros la fe que habéis tenido hasta hoy día. ¡Al contrario! El conocimiento de estas Leyes eternas que podéis aprovechar, hace que la obra entera de la Creación os parezca aún más sublime; su grandeza obliga a postrarse devotamente a aquél que profundiza en su búsqueda.

Ya no volverá jamás el hombre a querer el mal. Con alegría se apoyará en el mejor estribo que para él existe: el Amor. El amor a la maravillosa Creación, el amor al prójimo para guiarle y hacerle partícipe también del esplendor de esta dicha, de esta consciencia de la Fuerza.

     Abd-ru-shin

https://mensaje-del-grial.org/despertad-105/

Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

MORALIDAD

Moralidad

Una sombría nube de tormenta parece cernerse sobre la humanidad. La atmósfera está cargada. Perezosa trabaja la capacidad intuitiva de cada individuo, bajo una presión sofocante. Sólo los nervios que actúan en el campo de los sentimientos y de los instintos corporales se hallan en grado sumo de tensión, excitados artificialmente por el error de una falsa educación, de una falsa actitud y del autoengaño.

El hombre actual ya no es un ser normal a este respecto, sino que es portador de un mórbido apetito sexual elevado al décuplo, al cual él trata de erigir, en centenares de formas y variantes, un culto que ha de conducir fatalmente a la corrupción de la humanidad entera.

Contagiando y propagándose como un vapor pestilente, llega a afectar todo esto con el tiempo incluso a quienes aún tratan de aferrarse a un ideal que vagamente presienten oculto en su semiconsciencia. Anhelantes extienden los brazos hacia su ideal, mas no tardan en dejarlos caer, una y otra vez, suspirando desesperanzados, descorazonados al mirar a su alrededor.

En abúlico desmayo ven horrorizados con qué formidable rapidez va turbándose la visión clara de lo moral e inmoral, cómo va perdiéndose la facultad de juicio y cómo van cambiando en este campo los conceptos, hasta tal punto, que aquello que poco antes hubiera causado repugnancia y desprecio se acepta pronto como lo más natural, sin sorprenderse siquiera.

Pero no tardará en colmarse la medida. ¡El despertar que habrá de venir, será terrible!

A veces ya ocurre, en nuestros días, que sobre esas masas flageladas por sus sentidos pasa algo así como un súbito y temeroso encogimiento, enteramente mecánico, inconsciente. La inseguridad hace presa por un instante en más de un corazón; mas no llega a despertar, a intuir claramente lo indigno de su conducta. La consecuencia es un redoblado afán dirigido a sacudir o incluso reprimir todas esas “flaquezas” o “últimos restos” de una mentalidad anticuada.

¡Es preciso progresar a cualquier precio! Pero progresar se puede en dos direcciones: hacia arriba o hacia abajo, según se elija. Ahora bien, en la situación en que se encuentran las cosas, el avance es hacia abajo y a velocidad vertiginosa. El choque de los que así se precipitan los hará pedazos irremediablemente cuando llegue la hora en que hayan de topar con una fuerte resistencia.

En esta atmósfera cargada, el nubarrón va concentrándose, cada vez más oscuro y amenazador. De un momento a otro cabe esperar el resplandor del primer rayo que atraviese y esclarezca las tinieblas. Su llama iluminará con inexorable rigor lo más recóndito, llevando en sí la liberación para aquellos que anhelen Luz y claridad, mas también la perdición para quienes no tengan sed de Luz.

Cuanto más largo sea el tiempo de que disponga la nube para condensar su gravitante negrura, tanto más deslumbrante y aterrador será el rayo que genere. La atmósfera blanda y adormecedora que disimuladamente oculta a la lascivia en medio de su pesadez e inercia se disipará; pues por ley natural, al primer rayo le seguirá una corriente de aire fresco y vigoroso que traerá consigo nueva vida. En la fría claridad de la Luz, todos los engendros de la imaginación depravada quedarán despojados súbitamente de sus hipócritas falacias ante las miradas horrorizadas de la humanidad.

El despertar sacudirá las almas, como el estrépito de un trueno formidable, de suerte que las aguas vivas de la Verdad pura puedan precipitarse y discurrir por el terreno ya preparado. Despuntará el día de la liberación. Liberación del yugo de una inmoralidad de millares de años de existencia que hoy se halla en su máximo florecimiento.

¡Mirad en vuestro derredor! ¡Fijaos en las lecturas, los bailes, el modo de vestir! La época actual, con afán jamás superado, intenta quitar todas las barreras entre los dos sexos para enturbiar con ello sistemáticamente la pureza de la intuición, pervertirla en tal enturbiamiento, revestirla con máscaras engañosas y, si la ocasión se tercia, acabar exterminándola.

Los escrúpulos son ahogados por los hombres con discursos grandilocuentes que, en rigor, no son sino efusiones de una trepidante sensualidad interior para fomentar de nuevo la concupiscencia en las más variadas formas, con pericia o torpemente, de manera solapada o sin embozos.

Hablan del preludio de una humanidad libre e independiente, de un desarrollo de la fortaleza interior, de cultura física, de la belleza del nudismo, del ennoblecimiento del deporte, de una educación que infunda vida a la divisa: “Para el puro todo es puro”, en una palabra: ¡La sublimación del género humano, despojándole de todo “falso pudor” para así poder crear al hombre noble y libre sobre el que se asiente el futuro! ¡Pobre del que se atreva a decir algo en contra! ¡Entre un griterío ensordecedor será lapidado al instante con inculpaciones similares a la afirmación de que sólo los impuros pensamientos pueden hacerle “ver algo de malo en ello”!

¡Furioso torbellino de aguas corrompidas, emanadoras de vapores aletargantes, venenosos, que semejantes al estupor causado por la morfina, van produciendo enajenadoras alucinaciones a las cuales se dejan arrastrar de continuo miles y miles de seres humanos hasta perecer extenuados!

El hermano se erige en educador de la hermana, los hijos en instructores de sus padres. Es como una gran marea que va sumergiendo a todos los hombres, y allí donde aún se encuentran algunos pocos sensatos llenos de repugnancia, solitarios como rocas en el mar, adviértese una furiosa resaca. A éstos se aferran muchos que corren peligro de agotar sus fuerzas en el estruendoso oleaje. Gusta verlos, a estos pequeños grupos, aislados como oasis en el desierto, ofreciendo reposo y solaz al viajero que logró abrirse paso, en ardua lucha, a través del horrendo simún.

Lo que hoy se predica en favor del progreso, bajo el manto de tantos atractivos, no es más que un disimulado fomento de una gran desvergüenza, un emponzoñamiento de todo noble sentir intuitivo del hombre: la epidemia más terrible que jamás haya azotado a la humanidad. Y, cosa extraña: parece que muchos sólo estaban aguardando a que alguien les proporcionase un pretexto plausible para envilecer. ¡Un sinnúmero de ellos hasta lo reciben con los brazos abiertos!

Mas aquel que conozca las Leyes espirituales que rigen el Universo se apartará con repugnancia de los propósitos actuales. Tomemos como ejemplo una de las diversiones “más inocentes”: los baños mixtos.

“¡Para el puro, todo es puro!” Suena esto tan agradable al oído, que, al abrigo de tan eufónicas palabras, bien puede uno permitirse no pocas cosas. Analicemos, sin embargo, por un instante, los más simples procesos que se desarrollan en el plano de la materialidad etérea en uno de tales baños. Supongamos que se encuentren allí treinta personas de ambos sexos y que ventinueve de ellas sean realmente puras sin restricción alguna, suposición esta, desde un principio exagerada, ya que lo contrario sería más exacto y, con todo, aún sería un caso raro. No obstante, supongámoslo.

Esa persona, la trigésima, estimulada por lo que vé, concibe pensamientos impuros, aunque su comportamiento exterior tal vez sea absolutamente correcto. Estos pensamientos toman cuerpo inmediatamente en la materialidad etérea, convirtiéndose en formas vivas que, dirigiéndose hacia el objeto de su contemplación, acaban quedando prendidas en él. El resultado siempre será un mancillamiento, sin importar para nada que no se hayan producido palabras o actos.

La persona mancillada arrastrará consigo esta ponzoña capaz, a su vez, de atraer análogas formas de pensamiento errantes en su medio. De este modo irá creándose un ambiente cada vez más denso en torno suyo que podrá acabar turbándola y envenenándola, al igual que una planta parasitaria a menudo hace perecer al árbol más robusto.

Tales son los fenómenos que se producen en la materialidad etérea en esos baños mixtos, en esos juegos de sociedad, en esos bailes y en tantas y tantas otras cosas llamadas “inocentes”.

Hay que considerar, además, que esos baños y diversiones son frecuentados precisamente por quienes buscan de hecho algo con que excitar de manera especial sus pensamientos y sus sentidos mediante el espectáculo que allí se les ofrece. Fácilmente se comprenderá cuánta inmundicia se criará en semejante ambiente, sin que exteriormente sea posible advertir lo más mínimo en la materialidad densa.

No menos comprensible es que esta nube de formas de pensamientos sensuales, en constante y creciente condensación, vaya provocando poco a poco fatales efectos en numerosas personas que, de por sí, no buscan este género de cosas. En ellas van surgiendo pensamientos similares, débiles al principio, luego con fuerza y vivacidad crecientes, alimentados sin cesar por no pocas variedades de esos llamados “progresos” de su medio ambiente. Así termina deslizándose una persona tras otra en la espesa y fangosa corriente donde la noción de la pureza verdadera y de la moralidad va haciéndose cada vez más confusa, hasta hundirlo todo en el abismo de la oscuridad absoluta.

Lo que hay que hacer, en primer lugar, es eliminar las provocaciones y ocasiones que originan esos abusos tan fecundos. No son otra cosa que focos de corrupción donde la plaga pestilente de los seres depravados puede propagar sus pensamientos que, en prolífero desarrollo y devastadora dispersión sobre la humanidad entera, van creando sin cesar nuevos focos virulentos hasta convertirse en un inmenso campo de repugnantes alimañas, de las que se desprende un vapor venenoso que asfixia también lo bueno que aun existe.

¡Libraos de este delirio que, como un narcótico, parece haceros más resistentes cuando en realidad sus efectos son sólo adormecedores y perniciosos!

Es natural, y doloroso a su vez, que sea precisamente el sexo femenino quien en primer lugar esté de nuevo rebasando todas las medidas y que en sus atuendos haya descendido, sin el menor escrúpulo, hasta el nivel de la prostitución.

Esto prueba, no obstante, la exactitud de las explicaciones relativas a los fenómenos que se producen en la materialidad etérea. Justamente la mujer, dotada por la naturaleza de una facultad mucho mayor para sentir intuitivamente, absorbe más pronto y más profundamente, sin tener conciencia de ello, ese veneno del emponzoñado mundo etéreo de las formas de pensamiento. El estar más expuesta a tales peligros es la razón de que sea ella la primera en dejarse arrastrar y en sobrepasar todo límite con una rapidez incomprensible y sorprendente.

No sin razón se dice: “¡Cuando una mujer se pervierte, es peor que un hombre!” Esto cabe aplicarlo igualmente a todos los dominios: en la crueldad, en el odio, en el amor. ¡El comportamiento de la mujer siempre será el producto del mundo de la materialidad etérea que la circunde! Claro que también hay excepciones. Mas no por eso puede quedar excluida de su responsabilidad, pues ella posee la facultad de observar las impresiones que la acosan y de orientar sus actos y sus deseos según su albedrío si es que … verdaderamente quiere hacerlo. Que la mayoría de ellas, por desgracia, no obre de este modo, es una falta del sexo femenino, falta que proviene de una absoluta ignorancia en estas cosas.

Lo grave para la época actual es, sin embargo, que la mujer, en realidad, tiene en sus manos el futuro del pueblo. Y digo que lo tiene, porque la influencia de su estado anímico sobre la descendencia es mucho más decisiva que la del hombre. ¡Qué decadencia sobrevendrá en un futuro! ¡Nada podrá evitarla! Con armas, con dinero o con nuevos descubrimientos será imposible detenerla. Ni tampoco con la bondad o siguiendo una política magistralmente orientada. Para eso se precisan otros medios más tajantes.

Sin embargo, esta inmensa culpa no es exclusiva de la mujer. Ella siempre será el reflejo fiel de aquel mundo de las formas de pensamiento que pesa sobre su pueblo. No debe olvidarse este hecho. ¡Respetad y honrad a la mujer en cuanto mujer, y ella se moldeará conforme a vuestra actitud, será lo que vosotros veáis en ella! De esta manera elevaréis a vuestro pueblo entero.

Ahora bien, entre las mujeres mismas tiene que producirse previamente, una gran transformación. Tal y como son actualmente, su curación sólo es posible operando radicalmente, recurriendo a una intervención violenta e implacable que, con cortante escalpelo, seccione toda lacra para arrojarla al fuego. De lo contrario, acabará destruyendo todos los miembros sanos.

Imposible de detener, la época actual se aproxima más y más con creciente rapidez a esa operación necesaria para la humanidad entera, hasta que ella misma acabe provocándola. Será dolorosa, terrible, pero al fin vendrá la curación. Entonces habrá llegado el momento de hablar de moralidad. Hoy día las palabras se ahogarían en el fragor de la tempestad.

Mas pasada la hora en que esta Babel de perdición haya de desmoronarse en su propia corrupción, ¡observad a la mujer! Su forma de ser y de obrar os mostrará siempre como sois, pues, siendo más sensible su facultad intuitiva, cobran vida en ella las intenciones de las formas de pensamiento.

Esta circunstancia nos da la certeza de que revistiendo de pureza su pensamiento y su sensibilidad intuitiva, la feminidad será la primera en elevarse presurosa hacia el ideal de una auténtica nobleza humana. ¡Será entonces cuando la moralidad habrá hecho su entrada triunfal con todo el esplendor de su pureza!

     Abd-ru-shin

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