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MORALIDAD

Moralidad

Una sombría nube de tormenta parece cernerse sobre la humanidad. La atmósfera está cargada. Perezosa trabaja la capacidad intuitiva de cada individuo, bajo una presión sofocante. Sólo los nervios que actúan en el campo de los sentimientos y de los instintos corporales se hallan en grado sumo de tensión, excitados artificialmente por el error de una falsa educación, de una falsa actitud y del autoengaño.

El hombre actual ya no es un ser normal a este respecto, sino que es portador de un mórbido apetito sexual elevado al décuplo, al cual él trata de erigir, en centenares de formas y variantes, un culto que ha de conducir fatalmente a la corrupción de la humanidad entera.

Contagiando y propagándose como un vapor pestilente, llega a afectar todo esto con el tiempo incluso a quienes aún tratan de aferrarse a un ideal que vagamente presienten oculto en su semiconsciencia. Anhelantes extienden los brazos hacia su ideal, mas no tardan en dejarlos caer, una y otra vez, suspirando desesperanzados, descorazonados al mirar a su alrededor.

En abúlico desmayo ven horrorizados con qué formidable rapidez va turbándose la visión clara de lo moral e inmoral, cómo va perdiéndose la facultad de juicio y cómo van cambiando en este campo los conceptos, hasta tal punto, que aquello que poco antes hubiera causado repugnancia y desprecio se acepta pronto como lo más natural, sin sorprenderse siquiera.

Pero no tardará en colmarse la medida. ¡El despertar que habrá de venir, será terrible!

A veces ya ocurre, en nuestros días, que sobre esas masas flageladas por sus sentidos pasa algo así como un súbito y temeroso encogimiento, enteramente mecánico, inconsciente. La inseguridad hace presa por un instante en más de un corazón; mas no llega a despertar, a intuir claramente lo indigno de su conducta. La consecuencia es un redoblado afán dirigido a sacudir o incluso reprimir todas esas “flaquezas” o “últimos restos” de una mentalidad anticuada.

¡Es preciso progresar a cualquier precio! Pero progresar se puede en dos direcciones: hacia arriba o hacia abajo, según se elija. Ahora bien, en la situación en que se encuentran las cosas, el avance es hacia abajo y a velocidad vertiginosa. El choque de los que así se precipitan los hará pedazos irremediablemente cuando llegue la hora en que hayan de topar con una fuerte resistencia.

En esta atmósfera cargada, el nubarrón va concentrándose, cada vez más oscuro y amenazador. De un momento a otro cabe esperar el resplandor del primer rayo que atraviese y esclarezca las tinieblas. Su llama iluminará con inexorable rigor lo más recóndito, llevando en sí la liberación para aquellos que anhelen Luz y claridad, mas también la perdición para quienes no tengan sed de Luz.

Cuanto más largo sea el tiempo de que disponga la nube para condensar su gravitante negrura, tanto más deslumbrante y aterrador será el rayo que genere. La atmósfera blanda y adormecedora que disimuladamente oculta a la lascivia en medio de su pesadez e inercia se disipará; pues por ley natural, al primer rayo le seguirá una corriente de aire fresco y vigoroso que traerá consigo nueva vida. En la fría claridad de la Luz, todos los engendros de la imaginación depravada quedarán despojados súbitamente de sus hipócritas falacias ante las miradas horrorizadas de la humanidad.

El despertar sacudirá las almas, como el estrépito de un trueno formidable, de suerte que las aguas vivas de la Verdad pura puedan precipitarse y discurrir por el terreno ya preparado. Despuntará el día de la liberación. Liberación del yugo de una inmoralidad de millares de años de existencia que hoy se halla en su máximo florecimiento.

¡Mirad en vuestro derredor! ¡Fijaos en las lecturas, los bailes, el modo de vestir! La época actual, con afán jamás superado, intenta quitar todas las barreras entre los dos sexos para enturbiar con ello sistemáticamente la pureza de la intuición, pervertirla en tal enturbiamiento, revestirla con máscaras engañosas y, si la ocasión se tercia, acabar exterminándola.

Los escrúpulos son ahogados por los hombres con discursos grandilocuentes que, en rigor, no son sino efusiones de una trepidante sensualidad interior para fomentar de nuevo la concupiscencia en las más variadas formas, con pericia o torpemente, de manera solapada o sin embozos.

Hablan del preludio de una humanidad libre e independiente, de un desarrollo de la fortaleza interior, de cultura física, de la belleza del nudismo, del ennoblecimiento del deporte, de una educación que infunda vida a la divisa: “Para el puro todo es puro”, en una palabra: ¡La sublimación del género humano, despojándole de todo “falso pudor” para así poder crear al hombre noble y libre sobre el que se asiente el futuro! ¡Pobre del que se atreva a decir algo en contra! ¡Entre un griterío ensordecedor será lapidado al instante con inculpaciones similares a la afirmación de que sólo los impuros pensamientos pueden hacerle “ver algo de malo en ello”!

¡Furioso torbellino de aguas corrompidas, emanadoras de vapores aletargantes, venenosos, que semejantes al estupor causado por la morfina, van produciendo enajenadoras alucinaciones a las cuales se dejan arrastrar de continuo miles y miles de seres humanos hasta perecer extenuados!

El hermano se erige en educador de la hermana, los hijos en instructores de sus padres. Es como una gran marea que va sumergiendo a todos los hombres, y allí donde aún se encuentran algunos pocos sensatos llenos de repugnancia, solitarios como rocas en el mar, adviértese una furiosa resaca. A éstos se aferran muchos que corren peligro de agotar sus fuerzas en el estruendoso oleaje. Gusta verlos, a estos pequeños grupos, aislados como oasis en el desierto, ofreciendo reposo y solaz al viajero que logró abrirse paso, en ardua lucha, a través del horrendo simún.

Lo que hoy se predica en favor del progreso, bajo el manto de tantos atractivos, no es más que un disimulado fomento de una gran desvergüenza, un emponzoñamiento de todo noble sentir intuitivo del hombre: la epidemia más terrible que jamás haya azotado a la humanidad. Y, cosa extraña: parece que muchos sólo estaban aguardando a que alguien les proporcionase un pretexto plausible para envilecer. ¡Un sinnúmero de ellos hasta lo reciben con los brazos abiertos!

Mas aquel que conozca las Leyes espirituales que rigen el Universo se apartará con repugnancia de los propósitos actuales. Tomemos como ejemplo una de las diversiones “más inocentes”: los baños mixtos.

“¡Para el puro, todo es puro!” Suena esto tan agradable al oído, que, al abrigo de tan eufónicas palabras, bien puede uno permitirse no pocas cosas. Analicemos, sin embargo, por un instante, los más simples procesos que se desarrollan en el plano de la materialidad etérea en uno de tales baños. Supongamos que se encuentren allí treinta personas de ambos sexos y que ventinueve de ellas sean realmente puras sin restricción alguna, suposición esta, desde un principio exagerada, ya que lo contrario sería más exacto y, con todo, aún sería un caso raro. No obstante, supongámoslo.

Esa persona, la trigésima, estimulada por lo que vé, concibe pensamientos impuros, aunque su comportamiento exterior tal vez sea absolutamente correcto. Estos pensamientos toman cuerpo inmediatamente en la materialidad etérea, convirtiéndose en formas vivas que, dirigiéndose hacia el objeto de su contemplación, acaban quedando prendidas en él. El resultado siempre será un mancillamiento, sin importar para nada que no se hayan producido palabras o actos.

La persona mancillada arrastrará consigo esta ponzoña capaz, a su vez, de atraer análogas formas de pensamiento errantes en su medio. De este modo irá creándose un ambiente cada vez más denso en torno suyo que podrá acabar turbándola y envenenándola, al igual que una planta parasitaria a menudo hace perecer al árbol más robusto.

Tales son los fenómenos que se producen en la materialidad etérea en esos baños mixtos, en esos juegos de sociedad, en esos bailes y en tantas y tantas otras cosas llamadas “inocentes”.

Hay que considerar, además, que esos baños y diversiones son frecuentados precisamente por quienes buscan de hecho algo con que excitar de manera especial sus pensamientos y sus sentidos mediante el espectáculo que allí se les ofrece. Fácilmente se comprenderá cuánta inmundicia se criará en semejante ambiente, sin que exteriormente sea posible advertir lo más mínimo en la materialidad densa.

No menos comprensible es que esta nube de formas de pensamientos sensuales, en constante y creciente condensación, vaya provocando poco a poco fatales efectos en numerosas personas que, de por sí, no buscan este género de cosas. En ellas van surgiendo pensamientos similares, débiles al principio, luego con fuerza y vivacidad crecientes, alimentados sin cesar por no pocas variedades de esos llamados “progresos” de su medio ambiente. Así termina deslizándose una persona tras otra en la espesa y fangosa corriente donde la noción de la pureza verdadera y de la moralidad va haciéndose cada vez más confusa, hasta hundirlo todo en el abismo de la oscuridad absoluta.

Lo que hay que hacer, en primer lugar, es eliminar las provocaciones y ocasiones que originan esos abusos tan fecundos. No son otra cosa que focos de corrupción donde la plaga pestilente de los seres depravados puede propagar sus pensamientos que, en prolífero desarrollo y devastadora dispersión sobre la humanidad entera, van creando sin cesar nuevos focos virulentos hasta convertirse en un inmenso campo de repugnantes alimañas, de las que se desprende un vapor venenoso que asfixia también lo bueno que aun existe.

¡Libraos de este delirio que, como un narcótico, parece haceros más resistentes cuando en realidad sus efectos son sólo adormecedores y perniciosos!

Es natural, y doloroso a su vez, que sea precisamente el sexo femenino quien en primer lugar esté de nuevo rebasando todas las medidas y que en sus atuendos haya descendido, sin el menor escrúpulo, hasta el nivel de la prostitución.

Esto prueba, no obstante, la exactitud de las explicaciones relativas a los fenómenos que se producen en la materialidad etérea. Justamente la mujer, dotada por la naturaleza de una facultad mucho mayor para sentir intuitivamente, absorbe más pronto y más profundamente, sin tener conciencia de ello, ese veneno del emponzoñado mundo etéreo de las formas de pensamiento. El estar más expuesta a tales peligros es la razón de que sea ella la primera en dejarse arrastrar y en sobrepasar todo límite con una rapidez incomprensible y sorprendente.

No sin razón se dice: “¡Cuando una mujer se pervierte, es peor que un hombre!” Esto cabe aplicarlo igualmente a todos los dominios: en la crueldad, en el odio, en el amor. ¡El comportamiento de la mujer siempre será el producto del mundo de la materialidad etérea que la circunde! Claro que también hay excepciones. Mas no por eso puede quedar excluida de su responsabilidad, pues ella posee la facultad de observar las impresiones que la acosan y de orientar sus actos y sus deseos según su albedrío si es que … verdaderamente quiere hacerlo. Que la mayoría de ellas, por desgracia, no obre de este modo, es una falta del sexo femenino, falta que proviene de una absoluta ignorancia en estas cosas.

Lo grave para la época actual es, sin embargo, que la mujer, en realidad, tiene en sus manos el futuro del pueblo. Y digo que lo tiene, porque la influencia de su estado anímico sobre la descendencia es mucho más decisiva que la del hombre. ¡Qué decadencia sobrevendrá en un futuro! ¡Nada podrá evitarla! Con armas, con dinero o con nuevos descubrimientos será imposible detenerla. Ni tampoco con la bondad o siguiendo una política magistralmente orientada. Para eso se precisan otros medios más tajantes.

Sin embargo, esta inmensa culpa no es exclusiva de la mujer. Ella siempre será el reflejo fiel de aquel mundo de las formas de pensamiento que pesa sobre su pueblo. No debe olvidarse este hecho. ¡Respetad y honrad a la mujer en cuanto mujer, y ella se moldeará conforme a vuestra actitud, será lo que vosotros veáis en ella! De esta manera elevaréis a vuestro pueblo entero.

Ahora bien, entre las mujeres mismas tiene que producirse previamente, una gran transformación. Tal y como son actualmente, su curación sólo es posible operando radicalmente, recurriendo a una intervención violenta e implacable que, con cortante escalpelo, seccione toda lacra para arrojarla al fuego. De lo contrario, acabará destruyendo todos los miembros sanos.

Imposible de detener, la época actual se aproxima más y más con creciente rapidez a esa operación necesaria para la humanidad entera, hasta que ella misma acabe provocándola. Será dolorosa, terrible, pero al fin vendrá la curación. Entonces habrá llegado el momento de hablar de moralidad. Hoy día las palabras se ahogarían en el fragor de la tempestad.

Mas pasada la hora en que esta Babel de perdición haya de desmoronarse en su propia corrupción, ¡observad a la mujer! Su forma de ser y de obrar os mostrará siempre como sois, pues, siendo más sensible su facultad intuitiva, cobran vida en ella las intenciones de las formas de pensamiento.

Esta circunstancia nos da la certeza de que revistiendo de pureza su pensamiento y su sensibilidad intuitiva, la feminidad será la primera en elevarse presurosa hacia el ideal de una auténtica nobleza humana. ¡Será entonces cuando la moralidad habrá hecho su entrada triunfal con todo el esplendor de su pureza!

     Abd-ru-shin

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EL ANTICRISTO

El Anticristo

¡Hombres! Cuando llegue la hora en que por Voluntad divina haya de realizarse la depuración y la separación sobre la Tierra, atended a los signos celestiales que os fueron anunciados y que serán, en parte, sobrenaturales.

No os dejéis turbar entonces por los hombres – y tampoco por las iglesias – que mucho tiempo atrás entregáronse ya al Anticristo. Es triste que ni siquiera las iglesias hayan sabido, hasta ahora, dónde tenían que buscar a este Anticristo que desde hace ya tanto tiempo viene actuando en medio de los hombres. ¡Un poco de vigilancia, y por fuerza lo hubieran reconocido! ¿Quién puede obrar de manera aún más contraria a Cristo que aquellos que combatieron al propio Cristo y acabaron por darle muerte? ¿Quién podía mostrarse más enconada y declaradamente enemigo de Cristo?

Fueron los representantes y portadores de la religión terrena quienes no se conformaron con la auténticaenseñanza de Dios transmitida y personificada por el Hijo de Dios, pues ésta no compaginaba con lo que ellos habían instituido. En efecto, mal podía encajar el Mensaje de Dios en la estructura de los dignatarios eclesiásticos, encaminada, como estaba, hacia la influencia, el poder y la expansión terrenal.

Con ello demostraron claramente que eran siervos del intelecto humano orientado únicamente hacia el saber y el poder terrenos, hostil a todo lo que no entra dentro de la comprensión terrenal. Puesto que Dios, al igual que todo lo espiritual, permanece ajeno al saber intelectual terrenal, resulta ser precisamente el intelecto aquel que constituye el único y verdadero obstáculo. Por su naturaleza, es contrario a todo lo divino y todo lo espiritual. Y, por ende, como es lógico, también lo son a su vez todos aquellos que consideran su intelecto como lo más alto y sublime queriendo edificar sólamente sobre las bases de aquél.

Los dignatarios de la religión temían en ese entonces perder su influencia sobre el pueblo debido a las enseñanzas del Hijo de Dios. Ésa fue, como hoy todo el mundo sabe, la razón esencial de las calumnias que procuraron extender contra Cristo, hasta lograr por fin la ejecución del Hijo de Dios. ¡Clavaron en la cruz, como blasfemo, a quien el mismo Dios, del cual pretendían ser Sus siervos, había enviado a traer claridad a la humanidad!

¡Tan poco sabían, en verdad, de este Dios y de Su Voluntad aquellos que decían servirle y que así querían hacérselo creer a la gente, cuando para glorificarlo, para defenderlo aquí en la Tierra … dieron muerte al que era Su Enviado, al Hijo de Dios!

Consecuencia funesta resultó para ellos el ser esclavos de su intelecto terrenal, que sólo pugnaba por mantener su influencia. Se convirtieron en verdugos al servicio del Anticristo, a quien ya en secreto habían erigido un trono en sí mismos. Pues en él encontraban satisfacción a debilidades humanas tales como la presunción, el orgullo y la vanidad.

¡Quien espere pruebas más evidentes, nada podrá socorrerle; pues algo más contrario a Cristo, al Hijo de Dios y a Su Palabra ya no existe! El término anticristo no significa otra cosa que “combatiente contra Cristo”, contra la redención del ser humano a través del Mensaje de Dios. ¡El intelecto terrenal los impulsó! ¡Y es precisamente el intelecto quien, cual planta venenosa de Lucifer, se ha transformado en su instrumento, el más peligroso para la humanidad!

¡He aquí por qué el desproporcionado y desmesurado desarrollo del intelecto humano llegó a constituir desde antaño el pecado original del hombre! ¡Lucifer mismo, el Anticristo en persona, es quien se halla oculto tras él! ¡Él es quien ha podido erguir la cabeza gracias a los hombres! ¡Él, el único enemigo verdadero de Dios! Su lucha implacable contra la Misión del Hijo de Dios es lo que le ha valido el nombre de Anticristo. Nadie sino él hubiese poseído la fuerza y el poder para llegar a ser el Anticristo.

Y Lucifer, en su lucha contra la Voluntad de Dios, no se sirve solamente de un solo hombre aquí en la Tierra, sinó de casi toda la humanidad, conduciéndola así a la perdición por efecto de la Ira divina. Quien no sea capaz de comprender esto, a saber, la evidencia de que sólo el propio Lucifer podía ser el Anticristo que osa enfrentarse a Dios, aquel jamás podrá llegar a comprender nada de lo que acontece fuera de la materialidad densa, es decir, de lo puramente terrenal.

¡Y lo mismo que ocurrió entonces sigue ocurriendo hoy día! La situación incluso se ha agravado. También hoy querrán luchar enconadamente numerosos representantes de religiones para conservar en los templos y en las iglesias las prácticas terrenas de origen intelectual que vienen realizando hasta ahora.

Precisamente este intelecto humano que ahoga toda noble intuición es el más taimado de los gérmenes que Lucifer pudo cultivar y diseminar entre los hombres. ¡Todos los esclavos del intelecto son en realidad siervos de Lucifer, cómplices de la catástrofe inmensa que por su causa ha de sobrevenir a la humanidad!

Como nadie se detuvo a buscar al Anticristo en el intelecto, su difusión devastadora fue aun más fácil. Lucifer triunfó; pues de ese modo excluyó a la humanidad de la comprehensión de todo aquello que se halla fuera de la materialidad densa: ¡De la verdadera vida! ¡Del lugar a partir del cual comienza a establecerse el contacto con lo espiritual, que conduce a la proximidad de Dios!

¡Puso pie, aquí en la Tierra, como soberano de ella y de la mayor parte de la humanidad!

No era, pues, de extrañar que lograse llegar hasta los altares y muchos representantes terrenales de religiones – también de iglesias cristianas – sucumbieran irremediablemente victimas de él. También ellos esperan al Anticristo antes del Juicio anunciado. La gran revelación de la Biblia siguió incomprendida en ese dominio como en tantos otros, hasta nuestros días.

¡El Apocalipsis declara que el Anticristo levantará la cabeza antes del Juicio! ¡Mas no dice que será entonces cuando venga! Si está escrito expresamente que levantará la cabeza, es evidente que ya ha de estar presente, y no que sea entonces cuando haya de venir. Que alcanzará la cumbre de su poderíopoco antes del Juicio, ¡así ha de interpretarse esta revelación!

¡Vosotros, los que aún no estéis sordos ni ciegos espiritualmente, escuchad esta llamada de advertencia! ¡Tomáos la molestia de reflexionar seriamente por vosotros mismos! ¡Si persistís en vuestra cómoda postura, daos por perdidos!

Removiendo la cubierta protectora de la guarida de una serpiente venenosa, ésta, al verse descubierta de repente, intentará sin duda saltar contra la mano desconsiderada para morderla.

Lo mismo sucede aquí. El Anticristo, al verse descubierto y desenmascarado, replicará presuroso por boca de sus servidores, levantará el grito y lo intentará todo para mantenerse en el trono que la humanidad le ofreció solícita. Todo esto, sin embargo, solamente puede hacerlo por intermedio de aquellos que le veneran en su fuero interno.

¡Poned, pues, suma atención en vuestro derredor cuando la lucha comience! Precisamente en su vocerío reconoceréis, con tanta mayor certeza, a todo partidario suyo. Pues ellos volverán a la oposición, como hicieron ya en otro tiempo, por miedo a la Verdad pura.

El Anticristo intentará de nuevo mantener desesperadamente su influencia sobre la Tierra. ¡Atended a su falta de objetividad en la defensa y en el ataque; pues su acción volverá a ser difamadora, sembradora de sospechas, ya que sus secuaces no son capaces de proceder de otro modo! Enfrentarse a la Verdad, y rebatirla, es imposible.

Así los siervos de Lucifer combatirán también al Enviado de Dios, de igual modo que antes combatieron al Hijo de Dios.

Allí donde se verifique tal intento, estad alerta, pues hombres de esa calaña no pretenden sino proteger a Lucifer para mantener su dominio sobre la Tierra. Allí se encontrará un núcleo de las tinieblas, aun cuando esos hombres lleven lúcidas vestiduras terrenales, aun cuando sean siervos de una iglesia.

No olvidéis lo sucedido en el tiempo en que el Hijo de Dios vivió en la Tierra; pensad que hoy el mismoAnticristo, secundado por un número muchísimo mayor de partidarios, intenta conservar su dominio sobre la Tierra, escapar al aniquilamiento y seguir oscureciendo la verdadera Voluntad de Dios.

¡Fijaos, pues, atentamente en todos los signos que han sido anunciados! Se trata de la última decisión para cada uno: ¡Salvación o perdición! ¡Porque esta vez es Voluntad de Dios que se pierda lo que nuevamente ose alzarse contra Él!

¡Cualquier negligencia al respecto será vuestro propio juicio! – Los signos divinos no aparecerán sobre una iglesia; no será un dignatario eclesiástico quien porte las credenciales de Enviado de Dios. Sino sólamente Aquél que, inseparablemente unido a los Signos los lleve en sí mismo, con vivo esplendor, como en aquel entonces el Hijo de Dios durante su estancia en la Tierra. ¡Son la Cruz de la Verdad, viviente y luminosa en Él, y la Paloma sobre Él! Visibles para todos los que hayan recibido la gracia de contemplar lo espiritual para dar testimonio de ello a todos los hombres de la Tierra; pues entre todos los pueblos habrá quienes esta vez se les conceda “ver” como última Gracia de Dios. – – –

Jamás podrán simularse estos signos sublimes de la Santa Verdad. Ni el propio Lucifer, que no puede más que huir ante ellos, es capaz de tal; menos aún lo puede hacer un hombre. Por consiguiente, quien busca oponerse a esta legitimación divina, no hace sinó dirigirse en contra de Dios, como su enemigo. Con ello muestra que no es servidor de Dios y que nunca lo ha sido, sea cual sea lo que haya pretendido ser hasta entonces en la Tierra.

¡Cuidáos de que vosotros no forméis parte de ellos!

     A

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EL CLAMOR POR EL REMEDIADOR

El clamor por el remediador

Observemos más de cerca a todos aquellos hombres que hoy día buscan con especialísimo ardor un guía espiritual, a aquellos que, interiormente encumbrados, esperan su venida. En su opinión, poseen ya preparación espiritual sólida y suficiente para reconocerle y oír su palabra.

Mirando detenidamente, notamos una pluralidad de divergencias. La Misión de Cristo, por ejemplo, ha producido en grán número de hombres un efecto singular. Se han formado una falsa imagen de ella. La causa, como de costumbre, fue la equívoca apreciación de sí mismos, la presunción.

En lugar del respeto de antaño y del mantenimiento de un abismo natural y una bien definida delimitación con respecto a su Dios, ha surgido, de una parte, una mendicidad plañidera que sólo quiere recibir de continuo y no hacer nada bajo ningún concepto. Muy gustosos han admitido el “ora”, pero que al mismo tiempo se diga también “y labora”, es decir, “labora en tí mismo”, de eso no quieren saber nada.

De otra parte, a su vez, se creen lo suficientemente autónomos e independientes para poder hacerlo todo por sí mismos, e incluso, con un poco de esfuerzo, lograr alcanzar la divinidad.

Existen asimismo muchos hombres que no hacen otra cosa que exigir y esperar que Dios corra tras ellos: ¡El hecho mismo de haber enviado ya una vez a su Hijo, señala cuán grande llega a ser Su interés de que la humanidad se acerque a Él, más aún, la necesidad que probablemente tiene de ella!

Adondequiera que se mire no se encuentra más que arrogancia, ni un atisbo de humildad. Falta la justa apreciación del propio valer. –

En primer lugar, será preciso que el hombre descienda de su encumbramiento artificial a fin de que pueda convertirse, real y verdaderamente, en hombre y, como tal, pueda iniciar su ascensión.

Actualmente se halla al pie de la montaña, henchido de orgullo espiritual, sentado en un árbol en lugar de mantenerse firme y seguro con ambos pies en el suelo. Es por ello que jamás podrá ascender a la montaña, a menos que antes baje o caiga del árbol.

Pero, entre tanto, probablemente hayan llegado ya a la cumbre aquellos que, serenos y sensatos, pasaron recorriendo su camino al pie del árbol desde donde él los contemplaba altanero.

Los acontecimientos, sin embargo, vendrán en su ayuda; pues el árbol ha de venirse abajo en un futuro muy próximo. Tal vez el hombre reflexione más cuerdamente cuando caiga a tierra bruscamente desde su tambaleante encumbramiento. El momento crítico habrá llegado entonces para él, ni una sola hora le quedará que perder.

Piensan ahora muchos que esta desidia podrá continuar como ha venido ocurriendo desde hace miles de años. Sentados a sus anchas en sus poltronas, aguardan la venida de un guía poderoso.

Más, ¡qué idea tienen de ese guía! En verdad que inspiran compasión. En primer lugar esperan de él o, mejor dicho, exigen de él que prepare a cada uno de ellos el camino de ascención hacia la Luz. ¡Él es quien ha de esforzarse en tender para los adeptos de cada religión puentes que conduzcan al camino de la Verdad! Él ha de hacerlo todo tan sencillo y comprensible, que cualquiera pueda entenderlo con facilidad. Sus palabras han de ser elegidas de tal suerte que su precisión convenza de igual modo a grandes y chicos de toda condición.

En cuanto el hombre tenga que esforzarse personalmente y pensar por sí mismo, aquél ya no será más el verdadero guía. Pues, si fue llamado a mostrar con su palabra el buen camino, se sobreentiende que también ha de preocuparse por los hombres. Su misión es convencerlos, despertarlos, ¡también Cristo ofrendó su vida!

Quienes así piensan actualmente, y son muchos, no necesitan ya esforzarse; pues, a semejanza de las vírgenes necias, van al encuentro de un “demasiado tarde”.

El guía, por cierto, no los despertará, sino que dejará que sigan durmiendo confiados hasta que se cierre la puerta y no puedan ya encontrar acceso a la Luz, por no haber sabido liberarse a tiempo del dominio de la materia, para cuyo logro la palabra del guía les mostraba el camino.

Pues el hombre no es tan valioso como se imagina. ¡Dios no lo necesita, él en cambio necesita de su Dios!

Ya que la humanidad en su pretendido progreso ya no sabe hoy día lo que realmente quiere, tendrá que enterarse al fin de lo que debe.

Este género de hombres pasará de largo buscando y criticando con aire de superioridad, como tantos otros que lo hicieron antaño ante Aquél para cuya venida ya todo estaba preparado por las revelaciones.

¿Cómo puede uno imaginarse así a un guía espiritual? ¡Él no hará concesión alguna a la humanidad, ni aún la más mínima, y exigirá allí donde se espera que dé!

Pero el hombre capaz de pensar con seriedad reconocerá bien pronto que precisamente en la exigencia rigurosa e implacable de una reflexión detenida reside la mejor ayuda para la salvación de la humanidad, tan enmarañada ya en su pereza espiritual. Por el hecho mismo de que un guía exija de antemano actividad espiritual para la comprensión de sus palabras, voluntad sincera y esfuerzo personal, estará desde un principio en situación de separar fácilmente el trigo de la paja. Hay en ello una actividad autónoma como la que existe en las Leyes divinas. En este punto también el hombre recibirá exactamente lo que haya deseado en realidad. –

También existe, empero, otra categoría de hombres: ¡los que se creen particularmente despiertos!

La imagen que éstos se han forjado de un guía es, por descontado, muy distinta, como puede leerse en ciertas exposiciones. Su idea, sin embargo, no es menos grotesca; pues esperan de él que sea … ¡un acróbata espiritual!

En todo caso millares de personas creen que la clarividencia, la superdotación auditiva y sensitiva, constituirían un progreso, cuando en realidad no es así. Una facultad de tal índole aprendida, desarrollada o incluso innata nunca podrá remontarse por encima del aprisionamiento terrenal, siendo ejercida sólo dentro de límites inferiores que jamás podrán reclamar derecho alguno a las alturas y, por consiguiente, su valor es harto exiguo.

¿Se pretende acaso contribuir así a la ascención de la humanidad, mostrándole o enseñándole a ver y oír las cosas de la materialidad etérea que se encuentran a su mismo nivel?

Todo esto no tiene que ver lo más mínimo con la verdadera ascensión del espíritu. Incluso para los eventos terrenales su utilidad es nula. Se trata meramente de malabarismos espirituales, y no de otra cosa; interesantes para algunos, mas para la totalidad de la humanidad carentes de todo valor.

Que todos esos individuos deseen también un salvador que se les asemeje y que, en definitiva, sepa más que ellos, es muy fácil de comprender.

Elevado es, empero, el número de aquellos que en tales consideraciones van aún más lejos, hasta lo ridículo. Y que, no obstante, toman el asunto muy en serio.

Consideran éstos también como requisito fundamental para probar la autenticidad del guía, que por ejemplo … ¡no pueda resfriarse! Quien puede resfriarse queda ya descartado; puesto que, eso no corresponde a la idea que ellos tienen de un guía ideal. Un ser poderoso ha de estar en todo caso, y en primer lugar en cuanto a su espíritu, muy por encima de tales futilezas.

Todo esto puede parecer tal vez artificioso y ridículo; sin embargo, se ha tomado sólo de hechos y no significa otra cosa que una atenuada repetición de la exclamación de antaño: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”. ¡Esto se dice ya hoy día, cuando ni siquiera se vislumbra un guía semejante!

¡Pobres hombres ignorantes! El que entrena su cuerpo de manera tan unilateral que momentáneamente puede hacerse insensible utilizando la fuerza de su espíritu, no es de ninguna manera un ser superior extraordinario. Quienes le admiran se asemejan a los niños de siglos pasados que, boquiabiertos y con los ojos brillantes, seguían las contorsiones de los saltimbanquis al tiempo que iba despertándose en ellos el ardiente deseo de poder llegar a imitarlos.

Y muchísimos de los que hoy día se llaman buscadores de Dios o buscadores en el campo del espíritu no han adelantado más en el plano espiritual que los niños de entonces en aquel sector enteramente terrenal.

Sigamos en nuestras reflexiones: los volatineros ambulantes de antaño, a que acabo de referirme, fueron perfeccionándose más y más, llegando a convertirse en acróbatas por circos y teatros de varietés. Sus capacidades han tomado proporciones gigantescas, y actualmente millares de personas, difíciles de contentar, siguen mirando sus exhibiciones con renovado asombro y, no pocas veces, con estremecimiento interior.

Ahora bien: ¿Qué provecho sacan de ello para sí mismos, qué se llevan de esas horas? Aun cuando más de uno de esos acróbatas arriesgue su vida en sus exhibiciones: nada en absoluto; pues, incluso en su máxima perfección, todas estas cosas siempre habrán de permanecer dentro del marco de las varietés y de los circos. Siempre seguirán sirviendo de mera diversión, mas nunca llegarán a constituir un beneficio para la humanidad.

Y, no obstante, ¡semejante acrobatismo en el sector espiritual sirve actualmente de criterio para reconocer al gran guía!

¡Dejad a tales hombres sus payasos del espíritu! ¡Pronto verán adónde conduce tal postura! En el fondo ellos ignoran también aquello que quieren alcanzar. Viven en la ilusión de que sólo es grande aquél cuyo espíritu domina el cuerpo de tal suerte que ya no conoce la enfermedad.

Toda formación de tal género es unilateral, y todo lo unilateral sólo puede traer consigo lo malsano, lo enfermo. ¡Con estas prácticas no se fortalece el espíritu sino que el cuerpo se debilita! La proporción necesaria para la sana armonía entre el cuerpo y el espíritu se disloca, y el final es, que un espíritu tal acaba desprendiéndose mucho más pronto del cuerpo maltratado que ya no puede garantizarle la resonancia vigorosa y sana, necesaria para las experiencias de la vida terrenal. Pero, faltándole al espíritu esa resonancia, éste pasa al más allá sin la suficiente madurez, teniendo que volver a vivir, nuevamente, su existencia terrenal.

No se trata, pues, de otra cosa que de acrobacias espirituales a costa del cuerpo terrenal que, en realidad, debiera ayudar al espíritu. El cuerpo forma parte de un periodo de evolución del espíritu. Mas si se debilita y reprime, de poco puede servirle al espíritu, pues sus irradiaciones son entonces demasiado débiles para transmitirle la fuerza integral que le es necesaria en la materialidad.

Cuando una persona desea reprimir una enfermedad, ha de provocar espiritualmente sobre su cuerpo una presión extática. De modo semejante, en pequeña escala, el miedo al dentista es capaz de eliminar el dolor.

Un cuerpo puede soportar sin peligro, una o quizás varias veces, tales estados de alta excitación, pero no puede hacerlo de continuo sin sufrir serios daños.

Y si un guía lo hace o lo aconseja, no es digno de serlo; pues con ello contraviene las leyes naturales de la Creación. El hombre terrenal debe conservar su cuerpo como un bien que le ha sido confiado y tratar de establecer una sana armonía entre el espíritu y el cuerpo. Si esa armonía se perturba por una supresión unilateral, ello no supone progreso ni ascención alguna, sino un obstáculo decisivo en el cumplimiento de su misión en la Tierra y, en suma, en la materialidad. La fuerza integral del espíritu, a razón de su efecto en la materialidad, se pierde, porque para ello el hombre necesita, en todo caso, la fuerza de un cuerpo físico no subyugado, sino en armonía con el espíritu.

¡Aquél a quién se le dé, basándose en tales procederes, el título de maestro es menos que un alumno ignorante de las tareas del espíritu humano y sus necesidades evolutivas; es un elemento nocivo para el espíritu!

Quienes así actúan pronto reconocerán dolorosamente su insensatez.

Mas todo guía falso tendrá que pasar por amargas experiencias. Su ascención en el más allá no podrá iniciarse sino cuando hasta el último de todos los que detuvo – o incluso extravió – con sus futilezas espirituales haya llegado al verdadero conocimiento. Mientras sus libros y sus escritos continúen surtiendo sus efectos aquí en la Tierra, permanecerá retenido aún cuando entretanto haya reconocido allá su error.

Quien aconseja una formación ocultista da piedras a los hombres en lugar de pan, y muestra a su vez, que ni siquiera tiene la menor idea de lo que realmente ocurre en el más allá y menos aún de todo el mecanismo universal.

    Abd-ru-shin

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Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

¿Qué buscáis?

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¿Qué buscáis?

¿Qué buscáis? Decid, ¿qué significa este instar impetuoso? Como un bramido recorre el mundo, y un aluvión de libros inunda todos los pueblos. Los sabios escudriñan los escritos del pasado, investigan, cavilan hasta el agotamiento espiritual. Surgen profetas para prevenir, prometer … y de todas partes súbitamente, como en un acceso de fiebre, se quiere propagar una nueva luz.

Así, en la hora actual, se desata una tormenta sobre el alma conmovida de la humanidad, mas no refrescándola y confortándola, sino consumiéndola, abrasándola, absorbiéndole las últimas fuerzas que aún le quedan, desgarrada como está, en medio de las tinieblas de los tiempos que corremos.

También aquí y allá adviértese un murmullo, un rumor de creciente expectación por un algo venidero. Cada nervio está en tensión, crispado por un anhelo inconsciente. El mundo bulle en confusión, y todo lo cubre una especie de aturdimiento en lúgubre gestación. Funesto augurio. ¿Qué ha de engendrar por fuerza? La confusión, el desaliento, la perdición, si es que no se rasga con vigor el estrato tenebroso que envuelve espiritualmente nuestro globo, absorbiendo y asfixiando, con la suavidad tenaz del fango inmundo, todo albor de pensamiento libre y lúcido antes de que adquiera fuerza y consistencia. En el silencio lúgubre de un cenagal, aquel estrato tenebroso oprime, disgrega y aniquila en flor toda volición del bien, antes de que pueda convertirse en acto.

Pero el clamor de los que buscan la Luz – ese clamor que posee fuerza para romper el fango – se desvía y enmudece en una bóveda impenetrable, erigida con ahínco precisamente por quienes creen ayudar. ¡Ofrecen piedras en vez de pan!

Considerad el sinnumero de libros publicados:

Con ellos el espíritu humano no hace sino fatigarse, y no vivificarse. ¡Qué mejor prueba de la esterilidad de todo cuanto ofrecen! Pues lo que fatiga al espíritu nunca puede ser bueno.

El pan espiritual refresca inmediatamente, la Verdad conforta y la Luz vivifica.

Todo hombre sencillo debe desesperar al ver los muros que levantan las pretendidas ciencias espirituales en torno al más allá. ¿Quién de esas almas sencillas puede comprender sus frases eruditas, sus extrañas formas de expresión? ¿Acaso el más allá está reservado solamente para los adeptos de las ciencias espirituales?

¡Y es de Dios de quién se habla! ¿Será preciso crear una universidad, en la que se puedan adquirir primeramente las facultades requeridas para comprender el concepto de la Divinidad? ¿Adónde conduce este afán arraigado mayormente en la ambición?

Titubeantes, como embriagados, los lectores y oyentes van de un lado a otro inseguros, cautivos en sí mismos, estrechos de miras por el hecho de haber sido desviados de la senda de la sencillez.

¡Escuchad, vosotros, los desalentados! Alzad la vista, los que buscáis sinceramente: La senda que conduce hacia el Altísimo está abierta para todos los hombres. ¡La erudición no es la puerta de acceso!

Cristo Jesús, ese gran ejemplo en la senda verdadera hacia la Luz, ¿eligió Él a sus discípulos entre los fariseos eruditos, entre los escribas? No, los buscó en la humildad y en la sencillez, porque ellos no tenían que luchar contra ese grave error de creer que el camino hacia la Luz es difícil y por fuerza arduo de aprender.

Esta idea es el mayor enemigo del hombre: ¡Es una mentira!

Así pues, apartaos de toda pedantería científica allí donde se trata de lo más sagrado en el hombre, de aquello que exige una comprensión total. Apartaos, ya que la ciencia, como engendro del cerebro humano, es y no podrá dejar de ser otra cosa que una obra fragmentaria.

¡Reflexionad! ¿Cómo una ciencia penosamente adquirida puede conducir a la Divinidad? ¿Qué es el saber en definitiva? Saber es lo que el cerebro puede comprender. Mas cuán limitada es la capacidad comprensiva del cerebro, siempre estrechamente ligada al espacio y al tiempo. La eternidad misma y el sentido de lo infinito ya no es capaz de concebirlos un cerebro humano. Precisamente dos conceptos que se hallan inseparablemente unidos a la Divinidad.

El cerebro enmudece ante esa Fuerza incomprensible que fluye por todo lo existente, y de la cual él mismo saca su actividad. Es la Fuerza que todos sentimos intuitivamente cada día, cada hora, cada instante, como algo natural, reconocido desde siempre por la ciencia misma como existente y que, no obstante, procura el hombre en vano aprehender y concebir con ayuda del cerebro, esto es, con el saber intelectual.

La actividad del cerebro, piedra angular e instrumento de la ciencia, se muestra deficiente y su limitación se proyecta naturalmente en todas las obras que ésta edifica, es decir, en la totalidad de las ciencias mismas. Por consiguiente, la ciencia es apta para un estudio deductivo con miras a una mejor comprensión, clasificación y ordenación de todo aquello que recibe, ya listo, de la fuerza creadora que le precede. Mas ha de fallar indefectiblemente, si pretende arrogarse calidad de mando o crítica, si, como hasta ahora, sigue aferrada en tal medida al intelecto, es decir, a la capacidad comprensiva del cerebro.

Por esta razón, la erudición y la humanidad que por ella se rige, quedan siempre suspensas en detalles, cuando lo cierto es que todo hombre lleva en sí, como un don, el grande e intangible “todo”, siendo plenamente capaz de alcanzar, sin agotador estudio, lo más noble y lo más elevado.

Por eso, ¡acabad con la inútil tortura de esta esclavitud espiritual! No en vano el gran Maestro nos dirige las palabras: “¡Sed como los niños!”.

Quién lleva en sí la firme voluntad de hacer el bien y se esfuerza en investir de pureza sus pensamientos, ya ha encontrado la senda que conduce hacia el Altísimo. Todo lo demás le será otorgado por añadidura. Para ello no es menester ni libros, ni esfuerzo espiritual, ni ascetismo, ni aislamiento. Será sano de cuerpo y alma, libre de la presión de mórbidas cavilaciones; pues todo exceso perjudica. Hombres habéis de ser, y no plantas de invernadero que por un desarrollo unilateral sucumben al primer soplo del viento.

¡Despertad! ¡Mirad a vuestro derredor! ¡Escuchad en vuestro interior! Sólo ésto puede abriros el camino.

No prestéis oído a las controversias de las iglesias. Cristo Jesús, el gran Portador de la Verdad, la encarnación del Amor divino, no preguntó por la confesión. ¿Qué son hoy día las confesiones, si bien se mira? Una atadura del libre espíritu humano, una esclavitud de la chispa divina que mora en vuestro interior, dogmas que tratan de comprimir la Obra del Creador y Su gran Amor en moldes forjados por la mente humana, lo cual significa rebajar lo Divino, desvalorizarlo sistemáticamente.

Tal género repugna a todo buscador sincero, ya que así jamás podrá experimentar la gran realidad, haciéndose así cada vez más vano su anhelo de Verdad, hasta acabar desesperado de sí mismo y del mundo.

¡Despertad, pues! Destruid en vosotros las murallas dogmáticas, arrancaos la venda para que la Luz pura del Altísimo pueda penetrar en vosotros sin alteración. Con regocijo volará entonces vuestro espíritu a las alturas y con júbilo experimentará todo el gran Amor del Padre, que no conoce límites de inteligencia terrena. Sabréis, al fin, que sois una parte de ese Amor, lo abarcaréis sin dificultad en su totalidad, os uniréis a él y así, iréis recibiendo nueva fuerza cada día, cada hora, como un don que os hará evidente la ascensión liberadora del caos.

    Abd-ru-shin

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Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

LA VENDA CAE Y LA FE SE TORNA CONVICCIÓN

EXORDIO
La venda cae y la fe se torna convicción. ¡Sólo en la convicción reside la liberación y la redención!

Mis palabras van dirigidas solamente a quienes buscan con seriedad. Ellos deben estar dotados de capacidad y voluntad para estudiar con objetividad esta objetiva obra. Los fanáticos religiosos y los entusiastas inconstantes que desistan de ello, pues sólo perjudican a la Verdad. Los malintencionados y los que prejuzgan habrán de encontrar por sí mismos su juicio en las palabras.

El Mensaje alcanzará solamente a quienes todavía conserven en sí una chispa de Verdad y el ardiente deseo de ser realmente hombres. A todos ellos servirá de faro y báculo. Sin rodeos los sacará del caos de la actual confusión.

La Palabra que viene a continuación no pretende aportar una nueva religión, sino ser para todos los oyentes y lectores sinceros la antorcha con que encontrar el camino recto que los conduzca a las anheladas Alturas.

Sólo quien se mueve por sí mismo puede avanzar espiritualmente. El necio que se vale para ello de recursos ajenos en forma de concepciones hechas, recorre su senda no de otra suerte que el que se apoya en muletas en tanto que sus propios miembros sanos permanecen inactivos.

Mas en cuanto recurre a todas las facultades que, dormitando en él esperan su llamada y resueltamente las emplea para la ascensión, aprovecha según la Voluntad de su Creador el “talento” que le fue confiado. Así podrá superar fácilmente cuantos obstáculos se crucen en su camino con ánimo de descarriarle.

¡Despertad, pues! Sólo en la convicción reside la fe auténtica, y la convicción sólo se logra mediante un estudio y un examen implacables. ¡Erguíos como seres vivientes en la maravillosa Creación de vuestro Dios!

Abd-ru-shin

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EL TIEMPO ES INMÓVIL

El tiempo! ¿Es cierto que transcurre?
Si aceptamos tal principio, ¿por qué topamos con obstáculos tan pronto intentamos profundizar en nuestras reflexiones?
La razón es bien sencilla:

“porque el pensamiento fundamental es erróneo… pues el tiempo es inmóvil.”
Nosotros somos los que corremos a su encuentro.

¡Nos movemos impetuosamente en pos del tiempo que es eterno y en él buscamos la Verdad!

El tiempo es inmóvil. Siempre es el mismo: hoy, mañana y en un millar de años.
Sólo las formas cambian. Nos sumergimos en el tiempo para beber del seno de sus memorias, para enriquecer nuestro saber con sus compilaciones.
Pues nada se ha perdido en él, todo lo ha conservado.

Jamás ha sufrido alteración alguna porque es Eterno.

También tú, ¡oh hombre!, eres siempre el mismo, ya seas joven o anciano.
¡El que eres serás siempre! ¿No lo has advertido ya tú mismo?
¿No notas claramente una diferencia entre la forma física y tu “yo”; entre el cuerpo, sujeto a transformaciones, y tú, el espíritu, que es Eterno?

Abd-ru-shin

Mensaje del Grial

De la conferencia “Despertad” del tomo I.
De la Obra Eterna “En la Luz de la Verdad”

Publicaciones Hispanas del Grial

Para la absorción apropiada del Mensaje de Grial, es esencial leer las disertaciones en la secuencia dada.De otra forma…habrán lagunas que imposibilitarán un entendimiento completo.
“La Obra “En la Luz de la Verdad”… es una fuente de Conocimiento Puro…para todos aquellos quienes sinceramente buscan por La Verdad.”
Abd-ru-shin nunca tuvo la intención de fundar una nueva religión, secta o comunidad religiosa.

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Mensaje del Grial de Abdrushin