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LA GRAN BATALLA CONTRA LUCIFER (3)

LA GRAN BATALLA CONTRA LUCIFER (3)
El camino del Hijo del Hombre hacia Lucifer y la lucha contra él.
Recibido por inspiración especial
[…]

Parecía haber llegado una tranquilidad en aquel horrible mundo.
La oscuridad y la estrechez continuaron,
pero nada más se podía oír más allá del suave caminar
del matrimonio luminoso sobre la vereda de piedra del abismo.

Entonces ella de repente se ensanchó, los escalones conducían hacia abajo,
a un lugar que se encontraba en una oscuridad aún mayor.

María retuvo el paso. Era como si ella tuviera que luchar con una terrible decisión.
Entonces, ella también pisó el primer peldaño.
Iban rápidamente hacia abajo, fondo, cada vez más profundo,
pero cuanto más profundo la pareja iba, tanto más se prolongaban los escalones.

Pavor se elevaba desde abajo.
En los corredores laterales había gritos como en las jaulas de monos salvajes.
Esta era ahora la región que poseía la suficiente tenacidad para mantenerse.
Como una azotea caía de lo alto. El calor era tan grande que llegaba a sofocar.
Los fantasmas blanco-grisáceo colgaban en los acantilados.
En medio del río que se hacía cada vez más ancho había una isla con altos árboles.
En cada una de ellas colgaban personas ahorcadas.
Como trapos ellos oscilaban en un viento caliente.
Había el horrible olor de descomposición.

Cuando el Señor pasó, cayeron de los árboles a la corriente.
Pero inmediatamente otras se encontraban allí colgadas.
Ellas se aglomeraban allí desesperadas, apenas aguardando la oportunidad para matarse.

De un abismo cercano de allí se podía oír tiros.
Los destellos rojos brillaban y el olor de pólvora.
Los rostros llenos de ansia para asesinar miraban a través del humo y se escondían.
Era como si todos ellos fueran acometidos por un miedo desesperado.
Y cada vez se volvía más caliente. De las paredes salía vapor.
El olor de pólvora y de sangre aumentaba hasta lo insoportable.
Brazos feos y desnudos salían de las grietas rocosas acercándose a María.

Los rostros horrendos llegaban muy cerca y desaparecían de nuevo;
ellos se volvían cada vez más semejantes al ser humano y, con ello,
cada vez más feos, malvados y maléficos.

Un cierto rasgo era predominante, el cual denunciaba la especie de las tinieblas y de su carga.
De forma funesta cada ser aislado se enfurecía.
Un miedo se apoderó de ellos ante ellos mismos
y tanto más fuerte se convirtió en el odio cuando percibieron la Luz.

De las profundidades de un pantano se elevaban tipos armados,
los cuales se encontraban amenazadamente de pie
como un ejército del otro lado de un lago sombrío.

Las flechas volaban por el aire,
pero resbalaban de vuelta como defendidas por escudos invisibles.

Las tinieblas tragó a los gritos el ejército de Lucifer, ya no podía ser visto.
Calmo y siempre adelante caminaba la pareja luminosa
bajo el envoltorio pesado y protector.

Era como si una antorcha luminosa peregrinase en medio de un infinito negrito.
Sin límites, eterno y desesperado.Y la oscuridad era tan amenazadora,
tan funesta, atrayendo cada vez más la misma especie para ir al encuentro de la Luz.

Ella amenazaba con todos sus horrores.
Terrible era el sentimiento de soledad, de la profundidad, del horror, del pecado.
Afortunadamente había aullidos bajo el suelo. Se abrió un agujero en la roca.
Una ardiente rojía subía por las paredes, de una correa viscosa y lamenta.
Con largos brazos invirtió contra María, que había quedado algo atrás.
En el instante en que el Hijo del Hombre golpeaba un monstruo,
resonaba un grito lleno de dolor:

El manto de María se había abierto y la Luz se impulsaba contra caras desfiguradas,
un gran monstruo la atacó.

Rápidamente el Hijo del Hombre vino en su ayuda, pero de lo alto vino una Luz.
Amplio como un manto blanco se extendía una nube luminosa.
Los rostros blancos y luminosos la miraban.Parecía a María como si algo la soportara.
Rápidamente ella llegó a llanos más elevados, ligeros y libres.

“¡Basta!” Habló una sagrada voz sobre ella.

María se encontraba acostada sobre un césped verde, suave y lleno de flores.
Entonces María no supo nada más.
El Hijo del Hombre, sin embargo, caminó solitario aún más dentro de las profundidades.
Burbujas, cada vez más tinieblas venían de abajo hacia arriba.
El ambiente en el que el Hijo del Hombre se encontraba se amplió
a una meseta rocosa amplia y negra, que relujo como bronce.

Este era liso, untado de sangre y viscosidad de los monstruos y seres horrendos que,
en la desesperación, despedazaban siempre de nuevo sus cráneos en la roca,
buscando salida de los tormentos que siempre de nuevo los aguardaban
en las regiones profundas.

Parte del Capítulo Los testimonios de los acontecimientos de la Luz
( Zeugen des Lichtgeschehens )

Publicó el primer volumen de la obra Estela de épocas pasadas
( Verwehte Zeit erwacht – Banda 1-1935 ).

(Continuará )

https://svdcomplementos.blogspot.com/2018/01/a-grande-batalha-iii.html

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