Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

¡DESPERTAD!

¡Despertad!

¡Despertad, hombres, de vuestro pesado sueño! Tomad consciencia del fardo indigno que portáis, un fardo que está abrumando a millones de hombres con tenacidad indescriptible. ¡Desprendeos de él! ¿Merece ser soportada su carga? ¡Ni siquiera un segundo!

¿Qué oculta? Paja huera que al soplo de la Verdad se estremece de espanto. Habéis gastado en vano vuestro tiempo y vuestras fuerzas. Por eso, ¡haced saltar las cadenas que os tienen reprimidos! ¡Liberaos de una vez!

El hombre que permanezca encadenado interiormente será esclavo, por toda la eternidad, aún siendo rey.

Os encadenáis con todo cuanto es objeto de vuestros afanes de aprender. Reflexionad: Aprendiendo os subordináis vosotros mismos a formas ajenas que otros pensaron, os adherís voluntariamente a convicciones extrañas, no hacéis vuestras más que las experiencias que otros hicieron en sí y para sí mismos.

Considerad: ¡Lo que conviene a uno, no conviene a todos! Lo que a uno le es útil, puede perjudicar a otro. Cada cual debe seguir su propio camino hacia la perfección. Los medios para alcanzar esta meta son las facultades que cada uno lleva en sí. ¡Por ellas ha de guiarse, sobre ellas ha de edificar! Si no lo hace permanecerá un extraño para sí mismo, siempre quedará al margende lo aprendido sin lograr jamás que aquello cobre vida en él. Y de este modo queda ya descartado para él todo provecho. Seguirá vegetando, pues le será imposible progresar.

Recordad, los que aspiráis seriamente a la Luz y a la Verdad:

El camino hacia la Luz ha de experimentarlo cada uno en su interior, ha de descubrirlo él mismo si es que desea ir por él con pie seguro. Sólo lo que el hombre ha vivido en su interior, lo que ha sentido intuitivamente en todas sus variaciones, es lo que ha captado íntegramente.

Las penas, y también las alegrías, llaman constantemente a la puerta para animar al hombre, para sacudirle con miras a un despertar espiritual. En tales ocasiones, el hombre se siente liberado por unos segundos de toda futileza cotidiana y, en la ventura como en el dolor, siente, intuitivamente, la conexión con el espíritu que fluye a través de todo lo que vive.

Y en efecto, todo es vida, nada está muerto. Bienaventurado aquél que comprende y retiene esos instantes de contacto para levantar el vuelo hacia las alturas. No debe, pues, asirse a formas rígidas, sino desarrollarse por sí mismo, partiendo de lo que lleva en su interior.

No hagáis caso de los burlones, a quienes la vida del espíritu les es todavía ajena. Como embriagados, como enfermos permanecen inmutables ante la obra inmensa de la Creación que tanto nos ofrece. ¡Como ciegos caminan a tientas por la vida terrena y no ven el esplendor que les rodea!

Están confundidos, duermen. Pues, ¿cómo puede alguien afirmar aún, por ejemplo, que sólo existe lo que él ve; que no existe vida allí donde él no puede percibirla con sus propios ojos; que al morir su cuerpo también él mismo deja de existir, y todo porque, estando ciego, sus ojos no han podido hasta ahora convencerle de lo contrario? ¿Es que no sabe, aún en base a tantas experiencias, cuán estrechamente limitada es la capacidad perceptiva del ojo humano? ¿No sabe todavía que su vista se halla condicionada por la capacidad de su cerebro, dependiente, a su vez, del tiempo y del espacio, y que por esta razón todo lo que está por encima del espacio y del tiempo indefectiblemente ha de escapar a su visión? ¿Es que ninguno de esos burlones se ha dado cuenta hasta ahora del fundamento lógico de tal razonamiento? La vida espiritual – llamémosla también el más allá – no es nada más que algo que sobrepasa completamente la división terrenal del espacio y del tiempo, algo que, por lo mismo, requiere medios de igual naturaleza para poder ser reconocido.

Sin embargo, nuestros ojos ni siquiera logran ver todo lo que puede ser clasificado dentro del espacio y del tiempo. Recordemos la gota de agua, de cuya pureza absoluta puede dar testimonio cualquier ojo humano y en la que, no obstante, observada a través de un microscopio, distinguimos millones de seres vivos que se combaten y destruyen despiadadamente. ¿No existen a veces en el agua, en el aire, bacilos que poseen fuerza suficiente para destruir el cuerpo humano y que, sin embargo, no pueden ser reconocidos a simple vista? En cambio, con ayuda de instrumentos de precisión se tornan visibles.

¿Quién puede atreverse aún a afirmar que no veréis nada nuevo, desconocido por el momento, en cuanto os sirváis de instrumentos de mayor aumento? Perfeccionadlos miles, millones de veces: la observación no tendrá límites, siempre iréis descubriendo nuevos mundos que antes no podíais ver, ni aún presentir y que, no obstante, existían.

También en todo lo que las ciencias han logrado recopilar se llega a las mismas conclusiones mediante una reflexión lógica. Ésta ofrece una perspectiva sobre un continuo progreso y desarrollo, mas nunca sobre un fin.

¿Qué es, pues, el más allá? Este concepto confunde a muchos. El más allá es simplemente todo aquello que no puede ser reconocido con la ayuda de medios terrenales. Por medios terrenales se entiende tanto los ojos, el cerebro y todas las demás partes del cuerpo, como también los instrumentos que ayudan a los miembros y órganos a realizar sus funciones con mayor precisión y agudeza ampliando su campo de acción.

Cabría decir, pues: el más allá es lo que se encuentra “más allá” de la capacidad visual de nuestros ojos corporales. Mas lo cierto es que entre este mundo y el más allá no existe separación alguna. Ni tampoco abismo alguno. Todo es una unidad continua, como la obra entera de la Creación. Una es la fuerza que fluye por este y el otro mundo, todo vive y actúa animado por ese flujo vivificador único, quedando todo indisolublemente ligado. Esto hace comprensible el siguiente razonamiento:

Si una de las partes se enferma, los efectos han de sentirse forzosamente en la parte restante, como ocurre en el cuerpo humano. Elementos afectados de esta parte restante confluyen hacia las ya enfermas, en virtud de la atracción de las afinidades, agravando así la enfermedad. Si ésta resulta incurable, entonces la necesidad de extirpar radicalmente la parte enferma se impone como algo ineludible, si no queremos que el todo continúe sufriendo.

Es por esto por lo que debéis corregir vuestro criterio. ¡No existe este y el otro mundo, sino una sola existencia conjunta! El concepto de la separación es pura invención del ser humano, que, incapaz de verlo todo, presume ser el punto central y capital del mundo visible a sus ojos. Pero su campo de acción es más amplio. Con la idea errónea de esta separación, no hace más que limitarse violentamente, impedir su desarrollo y dar cabida a una desenfrenada fantasía provocadora de imágenes monstruosas.

¿Cómo ha de sorprendernos, pues, que, como consecuencia, muchos muestren una sonrisa incrédula y otros una veneración mórbida que se convierte en esclavitud o degenera en fanatismo? ¿Quién puede asombrarse aún ante el sobrecogimiento, la angustia y el terror que va creciendo en algunos?

¡Fuera con todo! ¿A qué viene sufrir esa tortura? ¡Derribad la barrera que el error humano se ha obstinado en levantar y que, de hecho, jamás ha existido! La postura errónea mantenida hasta ahora sólo os ha proporcionado fundamentos falsos, sobre los cuales, con incesante pero vano empeño, tratáis de edificar la verdadera fe, es decir, la íntima convicción. Topáis con puntos, con peñascos que os hacen vacilar fatalmente, que os obligan a demoler de nuevo toda la obra para que, desalentados, o movidos tal vez por la cólera, terminéis abandonándolo todo.

Vosotros sois los únicos perjudicados, pues tal proceder no representa para vosotros ningún progreso, sino un estancamiento o un retroceso. El camino que de todos modos tendréis que recorrer un día se torna, pues, más largo.

Por el contrario, si al fin llegáis a comprender la Creación como una unidad, tal cual es, y dejáis de hacer separación entre este mundo y el más allá, entonces habréis encontrado el recto camino, la meta verdadera se habrá acercado y la ascención os colmará de alegría y satisfacción. Entonces podréis también sentir y comprender mejor los efectos recíprocos que palpitan con calor vital a través del conjunto en su unidad, pues toda actividad es propulsada y mantenida por esta fuerza única. ¡La Luz de la Verdad comenzará a brillar para vosotros!

Pronto conoceréis que en muchos el orígen de su burla radica en su propia comodidad y pereza espiritual, puesto que derribar todo lo que llevan pensado y aprendido hasta ahora, y reedificar una obra nueva, supondría para ellos un esfuerzo. En otros, porque el tener que salirse de su acostumbrado modo de vida les resultaría molesto.

¡Dejadlos en paz, no discutáis! Pero ayudad solícitos con vuestro saber a los que no se conforman con placeres efímeros, a los que desean encontrar en la vida terrenal algo más que la sola satisfacción de llenar sus vientres, asemejándose a los animales. Hacedlos partícipes del conocimiento que ha brotado en vosotros; no enterréis vuestro talento, porque dando se enriquecerá y reforzará vuestro saber, por efecto recíproco.

En el universo es ley eterna que, tratándose de valores imperecederos, solamente dando se puede recibir. Sus profundos efectos se manifiestan a través de toda la Creación como un legado de su Creador. Dar desinteresadamente, ayudar donde sea necesario y tener comprensión para los sufrimientos del prójimo como para sus debilidades, significa recibir; pues es éste el camino sencillo y verdadero que conduce hacia el Altísimo.

El querer seriamente obrar así os proporciona fuerza y ayuda inmediatas. Un solo deseo de hacer el bien, sentido sincera y profundamente, basta ya para que desde ese más allá, invisible aún para vosotros, sea abatida, como por espada de fuego, la muralla que vuestros propios pensamientos erigieran hasta ahora como obstáculo; pues vosotros y ese más allá que teméis, negáis o anheláis sois uno; con él constituís una unidad compacta e indivisible.

Intentadlo, pues vuestros pensamientos son los mensajeros que enviáis y que vuelven de regreso cargados con la pesada carga de todo aquello que habéis pensado, ya sea bueno o malo. ¡Todo se cumple! Recordad que vuestros pensamientos son realidades que toman forma espiritual, realidades que a menudo llegan a constituir formaciones que sobreviven la existencia terrenal de vuestro cuerpo. Recordadlo y muchas cosas se os esclarecerán.

De aquí que sea justo decir: “pues vuestras obras os seguirán”. Las creaciones del pensamiento son obras que os esperarán un día. Ellas forman en vuestro entorno círculos luminosos o sombríos que tendréis que atravesar para penetrar en el mundo del espíritu. Ni protección ni intervención alguna puede serviros de ayuda, pues vosotros sois quienes decidís libremente. Por consiguiente, el primer paso en todo habéis de darlo vosotros mismos. No es difícil, pero depende de cómo sea la volición que se manifieste en vuestros pensamientos. De esta suerte, sois vosotros mismos quienes lleváis en vuestro interior el cielo y el infierno.

Es a vosotros a quienes corresponde decidir, mas las consecuencias de vuestros pensamientos, de vuestras manifestaciones volitivas, habréis de sufrirlas luego incondicionalmente. Sois vosotros, pues, quienes creáis las consecuencias, por eso os exhorto:

“¡Conservad puro el hogar de vuestros pensamientos, así sembraréis paz y seréis felices!”

No olvidéis que cada pensamiento que concebís y emitís va atrayendo en su camino todo lo que le es afín, o se queda adherido a otros pensamientos. De este modo su potencia va aumentando más y más, hasta que al fin alcanza un objetivo: otro cerebro que, tal vez olvidado de sí mismo por un solo segundo, da cabida a esas formas de pensamiento que flotan en el ambiente, permitiéndoles penetrar y actuar en su interior.

Pensad ahora en la enorme responsabilidad que recae sobre vosotros en caso de que ese pensamiento se ponga en acción por intermedio de una persona cualquiera, a la cual haya podido influenciar. Esa responsabilidad es activada por el solo hecho de que cada pensamiento particular mantiene una unión constante con vosotros mismos, como a través de un hilo imposible de romper, para así retornar hacia vosotros con la fuerza adquirida en el camino y oprimiros nuevamente o colmaros de dicha, según el género de lo que hayáis concebido.

Resulta, pues, que, hallándoos en el mundo de los pensamientos, dais cabida a formas mentales similares a vuestro modo de pensar. Es por eso por lo que no debéis malgastar las fuerzas del pensar, sino concentrarlas para la defensa y para lograr una mayor agudeza en el pensamiento, de manera que éste, semejante a una lanza, sea impulsado para actuar sobre todas las cosas. ¡Forjád así a partir de vuestros pensamientos la Lanza Sagrada que lucha por el bien, que cura heridas y hace que progrese la Creación entera!

¡Poned, pues, vuestro pensar al servicio de la actividad y del progreso! Para ello tendréis que sacudir ciertos pilares que sostienen concepciones harto ancestrales. A menudo trátase tan sólo de un concepto que, mal comprendido impide al hombre encontrar el verdadero camino. El único recurso es volver al punto de partida. Un viso de Luz basta para que se venga abajo todo el edificio erigido afanosamente por él durante decenas de años, y tras un aturdimiento más o menos duradero, vuelve el hombre a reanudar la obra. Tiene que hacerlo, pues la inactividad no existe en el Universo. Sírvanos de ejemplo el concepto del tiempo:

¡El tiempo pasa! ¡Los tiempos cambian! Así se escucha por doquier, y, sin querer, surge en nuestro espíritu una imagen: vemos desfilar los tiempos en incesante transformación.

Esta imagen se convierte en costumbre, llegando a constituir para muchos una base firme sobre la que siguen edificando, un fundamento que guía todas sus investigaciones y reflexiones. Mas no tardan en tropezar con obstáculos contradictorios. Aún con la mejor voluntad no hay modo de que todo concuerde. Perdidos, por fin, van dejando lagunas imposibles de llenar por más que sigan cavilando.

Esto hace que muchas personas piensen que, en tal caso, cuando el pensar lógico no ofrece fundamento alguno, es preciso recurrir a la fe como sustitutivo. ¡Pero esto es una equivocación! ¡El hombre no debe creer en cosas que no puede concebir! Tiene que intentar comprenderlas, pues, de lo contrario, abre ampliamente la puerta a los errores, y con los errores disminuye siempre el valor de la Verdad.

¡Creer sin comprender no es más que indolencia, pereza mental! No es éste el modo de elevar el espíritu, sino el de oprimirlo. Por lo tanto, alzad la mirada; pues debemos examinar e investigar. No en vano sentimos la necesidad de hacerlo.

¡El tiempo! ¿Es cierto que transcurre? Si aceptamos tal principio, ¿por qué topamos con obstáculos tan pronto intentamos profundizar en nuestras reflexiones? La razón es bien sencilla: porque el pensamiento fundamental es erróneo, pues el tiempo es inmóvil. Nosotros somos los que corremos a su encuentro. ¡Nos movemos impetuosamente en pos del tiempo que es eterno y en él buscamos la Verdad!

El tiempo es inmóvil. Siempre es el mismo: hoy, mañana y en un millar de años. Sólo las formas cambian. Nos sumergimos en el tiempo para beber del seno de sus memorias, para enriquecer nuestro saber con sus compilaciones. Pues nada se ha perdido en él, todo lo ha conservado. Jamás ha sufrido alteración alguna porque es eterno.

También tú, ¡oh hombre!, eres siempre el mismo, ya seas joven o anciano. ¡El que eres serás siempre! ¿No lo has advertido ya tú mismo? ¿No notas claramente una diferencia entre la forma física y tu “yo”; entre el cuerpo, sujeto a transformaciones, y tú, el espíritu, que es eterno?

¡Buscáis la Verdad! ¿Qué es la Verdad? Lo que hoy aún sentís como tal, mañana lo tendréis por un error y más tarde hallaréis en los errores algunos granos de verdad. Pues también las revelaciones cambian de forma. De esta suerte seguís en incansable búsqueda, mas en el curso de los continuos cambios vais alcanzando madurez.

La Verdad, empero, es siempre la misma, nunca cambia porque es eterna. Y, por serlo, jamás podrá ser comprendida en toda su pureza y realidad por los sentidos terrenos que no conocen más que el cambio de las formas.

Por lo tanto, ¡hacéos espirituales! Despojáos de todo pensamiento terrenal y poseeréis la Verdad, os hallaréis en la Verdad, os bañaréis en ella bajo el incesante resplandor de su Luz purísima, pues ella os rodeará completamente. Os mantendréis a flote en ella, en cuanto seáis espirituales.

Entonces ya no necesitaréis aprender ciencias en largas lucubraciones, ya no tendréis por qué temer errores, sino que a cualquier pregunta encontraréis al instante respuesta en la Verdad misma; es más, ya no tendréis pregunta alguna, porque sin necesidad de pensar lo sabréis todo, lo abarcaréis todo, porque vuestro espíritu vivirá en la Luz pura, en la Verdad.

Por consiguiente, ¡hacéos libres en espíritu! ¡Romped las ligaduras que os retienen! Y, si surgen obstáculos, acercáos a ellos con sereno júbilo, pues para vosotros significan el camino hacia la libertad y la fuerza. Consideradlos como un obsequio que os traerá ventajas, y los venceréis con facilidad.

Estos obstáculos, o bien son colocados en vuestro camino para instruiros y ayudaros a evolucionar – multiplicando así los medios de que disponéis para la ascensión – o son efectos retroactivos de una deuda que os es dado saldar, pudiendo de esta manera liberaros de ella. En ambos casos os harán adelantar en vuestro camino. Por lo tanto, ¡afrontadlos, pues, sin vacilar! ¡Es por vuestro bien!

Es de necios hablar de reveses del destino o de pruebas a que somos sometidos. Cualquier luchar, cualquier sufrir es progresar. Así es como se brinda ocasión al ser humano para borrar las sombras de deudas pasadas, pues a nadie se le puede perdonar ni un solo céntimo, ya que también en ésto, el ciclo de las Leyes eternas que rigen el Universo es inmutable. La Voluntad creadora del Padre se revela en ellas y de tal modo nos perdona y elimina toda oscuridad.

Todo está dispuesto con tal claridad y sabiduría, que el más mínimo desvío tornaría al mundo en ruinas.

Y aquél que tenga que reparar muchos errores del pasado, ¿no se desalentará irremediablemente, no se horrorizará al pensar en todas las culpas que tiene que redimir?

Si su Voluntad es sincera, que comience alegre y confiado, que no se preocupe. Pues también puede crearse una compensación por la contracorriente de una fuerza emanada de aquella buena voluntad, que al igual que otras formas de pensamiento cobra vida en el dominio espiritual y se convierte en arma potentísima, capaz de eliminar toda carga, toda opresión de las tinieblas y de liberar el “yo” conduciéndolo a la Luz.

¡Fuerza de voluntad! Poder por tantos ni siquiera sospechado, que atrayendo como imán infalible las fuerzas semejantes va acrecentándose, al igual que un alud, y que, unido luego a otras fuerzas espiritualmente afines, vuelve retroactivamente al punto de partida, es decir, retorna a su origen, o, mejor dicho, se reintegra a su progenitor para elevarle a las alturas, hacia la Luz, o hundirle aún más en el fango y la inmundicia, según la naturaleza de su voluntad inicial.

Quien conoce esta Ley constante de la acción recíproca que, con precisión absoluta, rige en toda la Creación realizando y desarrollando sus funciones con invariable certeza, debe saber aplicarla, tiene que amarla, que temerla. Para él, el mundo invisible que le circunda cobra vida poco a poco, pues va dándose cuenta de sus efectos con una claridad que no permite duda alguna.

A poco que fije su atención, sentirá intuitivamente las ondas potentísimas de la actividad incesante que desde el Universo inmenso actúan sobre él. Finalmente se dará cuenta de que él mismo es capaz de canalizar hacia un solo punto de enfoque potentes flujos, cual una lente que capta los rayos solares, los concentra en un punto preciso y genera allí una energía de efectos abrasadores que puede fluir quemando y destruyendo, pero también curando, vivificando, beneficiando, y que es capaz asimismo de encender un fuego de vivas llamaradas.

Vosotros sois tales lentes, capaces de concentrar mediante vuestra voluntad esas corrientes invisibles de fuerza que llegan hasta vosotros, dirigiéndolas con una mayor potencia hacia fines buenos o malos, para el bien de la humanidad o para su perdición. Con ella podéis y debéis encender un fuego vivo en las almas, un fuego de entusiasmo por lo bueno, por lo noble, por lo perfecto.

Para ello, sólo se requiere la fuerza de voluntad que, en cierto modo, es la que hace del hombre el rey de la Creación, el artífice de su propio destino. Su propia volición le aporta la perdición o la salvación, crea su recompensa o su castigo con certeza inexorable.

Mas no temáis ahora que este saber os aleje del Creador, que debilite en vosotros la fe que habéis tenido hasta hoy día. ¡Al contrario! El conocimiento de estas Leyes eternas que podéis aprovechar, hace que la obra entera de la Creación os parezca aún más sublime; su grandeza obliga a postrarse devotamente a aquél que profundiza en su búsqueda.

Ya no volverá jamás el hombre a querer el mal. Con alegría se apoyará en el mejor estribo que para él existe: el Amor. El amor a la maravillosa Creación, el amor al prójimo para guiarle y hacerle partícipe también del esplendor de esta dicha, de esta consciencia de la Fuerza.

     Abd-ru-shin

https://mensaje-del-grial.org/despertad-105/

Anuncios
Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

EL ANTICRISTO

El Anticristo

¡Hombres! Cuando llegue la hora en que por Voluntad divina haya de realizarse la depuración y la separación sobre la Tierra, atended a los signos celestiales que os fueron anunciados y que serán, en parte, sobrenaturales.

No os dejéis turbar entonces por los hombres – y tampoco por las iglesias – que mucho tiempo atrás entregáronse ya al Anticristo. Es triste que ni siquiera las iglesias hayan sabido, hasta ahora, dónde tenían que buscar a este Anticristo que desde hace ya tanto tiempo viene actuando en medio de los hombres. ¡Un poco de vigilancia, y por fuerza lo hubieran reconocido! ¿Quién puede obrar de manera aún más contraria a Cristo que aquellos que combatieron al propio Cristo y acabaron por darle muerte? ¿Quién podía mostrarse más enconada y declaradamente enemigo de Cristo?

Fueron los representantes y portadores de la religión terrena quienes no se conformaron con la auténticaenseñanza de Dios transmitida y personificada por el Hijo de Dios, pues ésta no compaginaba con lo que ellos habían instituido. En efecto, mal podía encajar el Mensaje de Dios en la estructura de los dignatarios eclesiásticos, encaminada, como estaba, hacia la influencia, el poder y la expansión terrenal.

Con ello demostraron claramente que eran siervos del intelecto humano orientado únicamente hacia el saber y el poder terrenos, hostil a todo lo que no entra dentro de la comprensión terrenal. Puesto que Dios, al igual que todo lo espiritual, permanece ajeno al saber intelectual terrenal, resulta ser precisamente el intelecto aquel que constituye el único y verdadero obstáculo. Por su naturaleza, es contrario a todo lo divino y todo lo espiritual. Y, por ende, como es lógico, también lo son a su vez todos aquellos que consideran su intelecto como lo más alto y sublime queriendo edificar sólamente sobre las bases de aquél.

Los dignatarios de la religión temían en ese entonces perder su influencia sobre el pueblo debido a las enseñanzas del Hijo de Dios. Ésa fue, como hoy todo el mundo sabe, la razón esencial de las calumnias que procuraron extender contra Cristo, hasta lograr por fin la ejecución del Hijo de Dios. ¡Clavaron en la cruz, como blasfemo, a quien el mismo Dios, del cual pretendían ser Sus siervos, había enviado a traer claridad a la humanidad!

¡Tan poco sabían, en verdad, de este Dios y de Su Voluntad aquellos que decían servirle y que así querían hacérselo creer a la gente, cuando para glorificarlo, para defenderlo aquí en la Tierra … dieron muerte al que era Su Enviado, al Hijo de Dios!

Consecuencia funesta resultó para ellos el ser esclavos de su intelecto terrenal, que sólo pugnaba por mantener su influencia. Se convirtieron en verdugos al servicio del Anticristo, a quien ya en secreto habían erigido un trono en sí mismos. Pues en él encontraban satisfacción a debilidades humanas tales como la presunción, el orgullo y la vanidad.

¡Quien espere pruebas más evidentes, nada podrá socorrerle; pues algo más contrario a Cristo, al Hijo de Dios y a Su Palabra ya no existe! El término anticristo no significa otra cosa que “combatiente contra Cristo”, contra la redención del ser humano a través del Mensaje de Dios. ¡El intelecto terrenal los impulsó! ¡Y es precisamente el intelecto quien, cual planta venenosa de Lucifer, se ha transformado en su instrumento, el más peligroso para la humanidad!

¡He aquí por qué el desproporcionado y desmesurado desarrollo del intelecto humano llegó a constituir desde antaño el pecado original del hombre! ¡Lucifer mismo, el Anticristo en persona, es quien se halla oculto tras él! ¡Él es quien ha podido erguir la cabeza gracias a los hombres! ¡Él, el único enemigo verdadero de Dios! Su lucha implacable contra la Misión del Hijo de Dios es lo que le ha valido el nombre de Anticristo. Nadie sino él hubiese poseído la fuerza y el poder para llegar a ser el Anticristo.

Y Lucifer, en su lucha contra la Voluntad de Dios, no se sirve solamente de un solo hombre aquí en la Tierra, sinó de casi toda la humanidad, conduciéndola así a la perdición por efecto de la Ira divina. Quien no sea capaz de comprender esto, a saber, la evidencia de que sólo el propio Lucifer podía ser el Anticristo que osa enfrentarse a Dios, aquel jamás podrá llegar a comprender nada de lo que acontece fuera de la materialidad densa, es decir, de lo puramente terrenal.

¡Y lo mismo que ocurrió entonces sigue ocurriendo hoy día! La situación incluso se ha agravado. También hoy querrán luchar enconadamente numerosos representantes de religiones para conservar en los templos y en las iglesias las prácticas terrenas de origen intelectual que vienen realizando hasta ahora.

Precisamente este intelecto humano que ahoga toda noble intuición es el más taimado de los gérmenes que Lucifer pudo cultivar y diseminar entre los hombres. ¡Todos los esclavos del intelecto son en realidad siervos de Lucifer, cómplices de la catástrofe inmensa que por su causa ha de sobrevenir a la humanidad!

Como nadie se detuvo a buscar al Anticristo en el intelecto, su difusión devastadora fue aun más fácil. Lucifer triunfó; pues de ese modo excluyó a la humanidad de la comprehensión de todo aquello que se halla fuera de la materialidad densa: ¡De la verdadera vida! ¡Del lugar a partir del cual comienza a establecerse el contacto con lo espiritual, que conduce a la proximidad de Dios!

¡Puso pie, aquí en la Tierra, como soberano de ella y de la mayor parte de la humanidad!

No era, pues, de extrañar que lograse llegar hasta los altares y muchos representantes terrenales de religiones – también de iglesias cristianas – sucumbieran irremediablemente victimas de él. También ellos esperan al Anticristo antes del Juicio anunciado. La gran revelación de la Biblia siguió incomprendida en ese dominio como en tantos otros, hasta nuestros días.

¡El Apocalipsis declara que el Anticristo levantará la cabeza antes del Juicio! ¡Mas no dice que será entonces cuando venga! Si está escrito expresamente que levantará la cabeza, es evidente que ya ha de estar presente, y no que sea entonces cuando haya de venir. Que alcanzará la cumbre de su poderíopoco antes del Juicio, ¡así ha de interpretarse esta revelación!

¡Vosotros, los que aún no estéis sordos ni ciegos espiritualmente, escuchad esta llamada de advertencia! ¡Tomáos la molestia de reflexionar seriamente por vosotros mismos! ¡Si persistís en vuestra cómoda postura, daos por perdidos!

Removiendo la cubierta protectora de la guarida de una serpiente venenosa, ésta, al verse descubierta de repente, intentará sin duda saltar contra la mano desconsiderada para morderla.

Lo mismo sucede aquí. El Anticristo, al verse descubierto y desenmascarado, replicará presuroso por boca de sus servidores, levantará el grito y lo intentará todo para mantenerse en el trono que la humanidad le ofreció solícita. Todo esto, sin embargo, solamente puede hacerlo por intermedio de aquellos que le veneran en su fuero interno.

¡Poned, pues, suma atención en vuestro derredor cuando la lucha comience! Precisamente en su vocerío reconoceréis, con tanta mayor certeza, a todo partidario suyo. Pues ellos volverán a la oposición, como hicieron ya en otro tiempo, por miedo a la Verdad pura.

El Anticristo intentará de nuevo mantener desesperadamente su influencia sobre la Tierra. ¡Atended a su falta de objetividad en la defensa y en el ataque; pues su acción volverá a ser difamadora, sembradora de sospechas, ya que sus secuaces no son capaces de proceder de otro modo! Enfrentarse a la Verdad, y rebatirla, es imposible.

Así los siervos de Lucifer combatirán también al Enviado de Dios, de igual modo que antes combatieron al Hijo de Dios.

Allí donde se verifique tal intento, estad alerta, pues hombres de esa calaña no pretenden sino proteger a Lucifer para mantener su dominio sobre la Tierra. Allí se encontrará un núcleo de las tinieblas, aun cuando esos hombres lleven lúcidas vestiduras terrenales, aun cuando sean siervos de una iglesia.

No olvidéis lo sucedido en el tiempo en que el Hijo de Dios vivió en la Tierra; pensad que hoy el mismoAnticristo, secundado por un número muchísimo mayor de partidarios, intenta conservar su dominio sobre la Tierra, escapar al aniquilamiento y seguir oscureciendo la verdadera Voluntad de Dios.

¡Fijaos, pues, atentamente en todos los signos que han sido anunciados! Se trata de la última decisión para cada uno: ¡Salvación o perdición! ¡Porque esta vez es Voluntad de Dios que se pierda lo que nuevamente ose alzarse contra Él!

¡Cualquier negligencia al respecto será vuestro propio juicio! – Los signos divinos no aparecerán sobre una iglesia; no será un dignatario eclesiástico quien porte las credenciales de Enviado de Dios. Sino sólamente Aquél que, inseparablemente unido a los Signos los lleve en sí mismo, con vivo esplendor, como en aquel entonces el Hijo de Dios durante su estancia en la Tierra. ¡Son la Cruz de la Verdad, viviente y luminosa en Él, y la Paloma sobre Él! Visibles para todos los que hayan recibido la gracia de contemplar lo espiritual para dar testimonio de ello a todos los hombres de la Tierra; pues entre todos los pueblos habrá quienes esta vez se les conceda “ver” como última Gracia de Dios. – – –

Jamás podrán simularse estos signos sublimes de la Santa Verdad. Ni el propio Lucifer, que no puede más que huir ante ellos, es capaz de tal; menos aún lo puede hacer un hombre. Por consiguiente, quien busca oponerse a esta legitimación divina, no hace sinó dirigirse en contra de Dios, como su enemigo. Con ello muestra que no es servidor de Dios y que nunca lo ha sido, sea cual sea lo que haya pretendido ser hasta entonces en la Tierra.

¡Cuidáos de que vosotros no forméis parte de ellos!

     A

https://mensaje-del-grial.org/el-anticristo/

Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

EL CLAMOR POR EL REMEDIADOR

El clamor por el remediador

Observemos más de cerca a todos aquellos hombres que hoy día buscan con especialísimo ardor un guía espiritual, a aquellos que, interiormente encumbrados, esperan su venida. En su opinión, poseen ya preparación espiritual sólida y suficiente para reconocerle y oír su palabra.

Mirando detenidamente, notamos una pluralidad de divergencias. La Misión de Cristo, por ejemplo, ha producido en grán número de hombres un efecto singular. Se han formado una falsa imagen de ella. La causa, como de costumbre, fue la equívoca apreciación de sí mismos, la presunción.

En lugar del respeto de antaño y del mantenimiento de un abismo natural y una bien definida delimitación con respecto a su Dios, ha surgido, de una parte, una mendicidad plañidera que sólo quiere recibir de continuo y no hacer nada bajo ningún concepto. Muy gustosos han admitido el “ora”, pero que al mismo tiempo se diga también “y labora”, es decir, “labora en tí mismo”, de eso no quieren saber nada.

De otra parte, a su vez, se creen lo suficientemente autónomos e independientes para poder hacerlo todo por sí mismos, e incluso, con un poco de esfuerzo, lograr alcanzar la divinidad.

Existen asimismo muchos hombres que no hacen otra cosa que exigir y esperar que Dios corra tras ellos: ¡El hecho mismo de haber enviado ya una vez a su Hijo, señala cuán grande llega a ser Su interés de que la humanidad se acerque a Él, más aún, la necesidad que probablemente tiene de ella!

Adondequiera que se mire no se encuentra más que arrogancia, ni un atisbo de humildad. Falta la justa apreciación del propio valer. –

En primer lugar, será preciso que el hombre descienda de su encumbramiento artificial a fin de que pueda convertirse, real y verdaderamente, en hombre y, como tal, pueda iniciar su ascensión.

Actualmente se halla al pie de la montaña, henchido de orgullo espiritual, sentado en un árbol en lugar de mantenerse firme y seguro con ambos pies en el suelo. Es por ello que jamás podrá ascender a la montaña, a menos que antes baje o caiga del árbol.

Pero, entre tanto, probablemente hayan llegado ya a la cumbre aquellos que, serenos y sensatos, pasaron recorriendo su camino al pie del árbol desde donde él los contemplaba altanero.

Los acontecimientos, sin embargo, vendrán en su ayuda; pues el árbol ha de venirse abajo en un futuro muy próximo. Tal vez el hombre reflexione más cuerdamente cuando caiga a tierra bruscamente desde su tambaleante encumbramiento. El momento crítico habrá llegado entonces para él, ni una sola hora le quedará que perder.

Piensan ahora muchos que esta desidia podrá continuar como ha venido ocurriendo desde hace miles de años. Sentados a sus anchas en sus poltronas, aguardan la venida de un guía poderoso.

Más, ¡qué idea tienen de ese guía! En verdad que inspiran compasión. En primer lugar esperan de él o, mejor dicho, exigen de él que prepare a cada uno de ellos el camino de ascención hacia la Luz. ¡Él es quien ha de esforzarse en tender para los adeptos de cada religión puentes que conduzcan al camino de la Verdad! Él ha de hacerlo todo tan sencillo y comprensible, que cualquiera pueda entenderlo con facilidad. Sus palabras han de ser elegidas de tal suerte que su precisión convenza de igual modo a grandes y chicos de toda condición.

En cuanto el hombre tenga que esforzarse personalmente y pensar por sí mismo, aquél ya no será más el verdadero guía. Pues, si fue llamado a mostrar con su palabra el buen camino, se sobreentiende que también ha de preocuparse por los hombres. Su misión es convencerlos, despertarlos, ¡también Cristo ofrendó su vida!

Quienes así piensan actualmente, y son muchos, no necesitan ya esforzarse; pues, a semejanza de las vírgenes necias, van al encuentro de un “demasiado tarde”.

El guía, por cierto, no los despertará, sino que dejará que sigan durmiendo confiados hasta que se cierre la puerta y no puedan ya encontrar acceso a la Luz, por no haber sabido liberarse a tiempo del dominio de la materia, para cuyo logro la palabra del guía les mostraba el camino.

Pues el hombre no es tan valioso como se imagina. ¡Dios no lo necesita, él en cambio necesita de su Dios!

Ya que la humanidad en su pretendido progreso ya no sabe hoy día lo que realmente quiere, tendrá que enterarse al fin de lo que debe.

Este género de hombres pasará de largo buscando y criticando con aire de superioridad, como tantos otros que lo hicieron antaño ante Aquél para cuya venida ya todo estaba preparado por las revelaciones.

¿Cómo puede uno imaginarse así a un guía espiritual? ¡Él no hará concesión alguna a la humanidad, ni aún la más mínima, y exigirá allí donde se espera que dé!

Pero el hombre capaz de pensar con seriedad reconocerá bien pronto que precisamente en la exigencia rigurosa e implacable de una reflexión detenida reside la mejor ayuda para la salvación de la humanidad, tan enmarañada ya en su pereza espiritual. Por el hecho mismo de que un guía exija de antemano actividad espiritual para la comprensión de sus palabras, voluntad sincera y esfuerzo personal, estará desde un principio en situación de separar fácilmente el trigo de la paja. Hay en ello una actividad autónoma como la que existe en las Leyes divinas. En este punto también el hombre recibirá exactamente lo que haya deseado en realidad. –

También existe, empero, otra categoría de hombres: ¡los que se creen particularmente despiertos!

La imagen que éstos se han forjado de un guía es, por descontado, muy distinta, como puede leerse en ciertas exposiciones. Su idea, sin embargo, no es menos grotesca; pues esperan de él que sea … ¡un acróbata espiritual!

En todo caso millares de personas creen que la clarividencia, la superdotación auditiva y sensitiva, constituirían un progreso, cuando en realidad no es así. Una facultad de tal índole aprendida, desarrollada o incluso innata nunca podrá remontarse por encima del aprisionamiento terrenal, siendo ejercida sólo dentro de límites inferiores que jamás podrán reclamar derecho alguno a las alturas y, por consiguiente, su valor es harto exiguo.

¿Se pretende acaso contribuir así a la ascención de la humanidad, mostrándole o enseñándole a ver y oír las cosas de la materialidad etérea que se encuentran a su mismo nivel?

Todo esto no tiene que ver lo más mínimo con la verdadera ascensión del espíritu. Incluso para los eventos terrenales su utilidad es nula. Se trata meramente de malabarismos espirituales, y no de otra cosa; interesantes para algunos, mas para la totalidad de la humanidad carentes de todo valor.

Que todos esos individuos deseen también un salvador que se les asemeje y que, en definitiva, sepa más que ellos, es muy fácil de comprender.

Elevado es, empero, el número de aquellos que en tales consideraciones van aún más lejos, hasta lo ridículo. Y que, no obstante, toman el asunto muy en serio.

Consideran éstos también como requisito fundamental para probar la autenticidad del guía, que por ejemplo … ¡no pueda resfriarse! Quien puede resfriarse queda ya descartado; puesto que, eso no corresponde a la idea que ellos tienen de un guía ideal. Un ser poderoso ha de estar en todo caso, y en primer lugar en cuanto a su espíritu, muy por encima de tales futilezas.

Todo esto puede parecer tal vez artificioso y ridículo; sin embargo, se ha tomado sólo de hechos y no significa otra cosa que una atenuada repetición de la exclamación de antaño: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”. ¡Esto se dice ya hoy día, cuando ni siquiera se vislumbra un guía semejante!

¡Pobres hombres ignorantes! El que entrena su cuerpo de manera tan unilateral que momentáneamente puede hacerse insensible utilizando la fuerza de su espíritu, no es de ninguna manera un ser superior extraordinario. Quienes le admiran se asemejan a los niños de siglos pasados que, boquiabiertos y con los ojos brillantes, seguían las contorsiones de los saltimbanquis al tiempo que iba despertándose en ellos el ardiente deseo de poder llegar a imitarlos.

Y muchísimos de los que hoy día se llaman buscadores de Dios o buscadores en el campo del espíritu no han adelantado más en el plano espiritual que los niños de entonces en aquel sector enteramente terrenal.

Sigamos en nuestras reflexiones: los volatineros ambulantes de antaño, a que acabo de referirme, fueron perfeccionándose más y más, llegando a convertirse en acróbatas por circos y teatros de varietés. Sus capacidades han tomado proporciones gigantescas, y actualmente millares de personas, difíciles de contentar, siguen mirando sus exhibiciones con renovado asombro y, no pocas veces, con estremecimiento interior.

Ahora bien: ¿Qué provecho sacan de ello para sí mismos, qué se llevan de esas horas? Aun cuando más de uno de esos acróbatas arriesgue su vida en sus exhibiciones: nada en absoluto; pues, incluso en su máxima perfección, todas estas cosas siempre habrán de permanecer dentro del marco de las varietés y de los circos. Siempre seguirán sirviendo de mera diversión, mas nunca llegarán a constituir un beneficio para la humanidad.

Y, no obstante, ¡semejante acrobatismo en el sector espiritual sirve actualmente de criterio para reconocer al gran guía!

¡Dejad a tales hombres sus payasos del espíritu! ¡Pronto verán adónde conduce tal postura! En el fondo ellos ignoran también aquello que quieren alcanzar. Viven en la ilusión de que sólo es grande aquél cuyo espíritu domina el cuerpo de tal suerte que ya no conoce la enfermedad.

Toda formación de tal género es unilateral, y todo lo unilateral sólo puede traer consigo lo malsano, lo enfermo. ¡Con estas prácticas no se fortalece el espíritu sino que el cuerpo se debilita! La proporción necesaria para la sana armonía entre el cuerpo y el espíritu se disloca, y el final es, que un espíritu tal acaba desprendiéndose mucho más pronto del cuerpo maltratado que ya no puede garantizarle la resonancia vigorosa y sana, necesaria para las experiencias de la vida terrenal. Pero, faltándole al espíritu esa resonancia, éste pasa al más allá sin la suficiente madurez, teniendo que volver a vivir, nuevamente, su existencia terrenal.

No se trata, pues, de otra cosa que de acrobacias espirituales a costa del cuerpo terrenal que, en realidad, debiera ayudar al espíritu. El cuerpo forma parte de un periodo de evolución del espíritu. Mas si se debilita y reprime, de poco puede servirle al espíritu, pues sus irradiaciones son entonces demasiado débiles para transmitirle la fuerza integral que le es necesaria en la materialidad.

Cuando una persona desea reprimir una enfermedad, ha de provocar espiritualmente sobre su cuerpo una presión extática. De modo semejante, en pequeña escala, el miedo al dentista es capaz de eliminar el dolor.

Un cuerpo puede soportar sin peligro, una o quizás varias veces, tales estados de alta excitación, pero no puede hacerlo de continuo sin sufrir serios daños.

Y si un guía lo hace o lo aconseja, no es digno de serlo; pues con ello contraviene las leyes naturales de la Creación. El hombre terrenal debe conservar su cuerpo como un bien que le ha sido confiado y tratar de establecer una sana armonía entre el espíritu y el cuerpo. Si esa armonía se perturba por una supresión unilateral, ello no supone progreso ni ascención alguna, sino un obstáculo decisivo en el cumplimiento de su misión en la Tierra y, en suma, en la materialidad. La fuerza integral del espíritu, a razón de su efecto en la materialidad, se pierde, porque para ello el hombre necesita, en todo caso, la fuerza de un cuerpo físico no subyugado, sino en armonía con el espíritu.

¡Aquél a quién se le dé, basándose en tales procederes, el título de maestro es menos que un alumno ignorante de las tareas del espíritu humano y sus necesidades evolutivas; es un elemento nocivo para el espíritu!

Quienes así actúan pronto reconocerán dolorosamente su insensatez.

Mas todo guía falso tendrá que pasar por amargas experiencias. Su ascención en el más allá no podrá iniciarse sino cuando hasta el último de todos los que detuvo – o incluso extravió – con sus futilezas espirituales haya llegado al verdadero conocimiento. Mientras sus libros y sus escritos continúen surtiendo sus efectos aquí en la Tierra, permanecerá retenido aún cuando entretanto haya reconocido allá su error.

Quien aconseja una formación ocultista da piedras a los hombres en lugar de pan, y muestra a su vez, que ni siquiera tiene la menor idea de lo que realmente ocurre en el más allá y menos aún de todo el mecanismo universal.

    Abd-ru-shin

https://mensaje-del-grial.org/el-clamor-por-el-remediador-102/

Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces)

LA VENDA CAE Y LA FE SE TORNA CONVICCIÓN

EXORDIO
La venda cae y la fe se torna convicción. ¡Sólo en la convicción reside la liberación y la redención!

Mis palabras van dirigidas solamente a quienes buscan con seriedad. Ellos deben estar dotados de capacidad y voluntad para estudiar con objetividad esta objetiva obra. Los fanáticos religiosos y los entusiastas inconstantes que desistan de ello, pues sólo perjudican a la Verdad. Los malintencionados y los que prejuzgan habrán de encontrar por sí mismos su juicio en las palabras.

El Mensaje alcanzará solamente a quienes todavía conserven en sí una chispa de Verdad y el ardiente deseo de ser realmente hombres. A todos ellos servirá de faro y báculo. Sin rodeos los sacará del caos de la actual confusión.

La Palabra que viene a continuación no pretende aportar una nueva religión, sino ser para todos los oyentes y lectores sinceros la antorcha con que encontrar el camino recto que los conduzca a las anheladas Alturas.

Sólo quien se mueve por sí mismo puede avanzar espiritualmente. El necio que se vale para ello de recursos ajenos en forma de concepciones hechas, recorre su senda no de otra suerte que el que se apoya en muletas en tanto que sus propios miembros sanos permanecen inactivos.

Mas en cuanto recurre a todas las facultades que, dormitando en él esperan su llamada y resueltamente las emplea para la ascensión, aprovecha según la Voluntad de su Creador el “talento” que le fue confiado. Así podrá superar fácilmente cuantos obstáculos se crucen en su camino con ánimo de descarriarle.

¡Despertad, pues! Sólo en la convicción reside la fe auténtica, y la convicción sólo se logra mediante un estudio y un examen implacables. ¡Erguíos como seres vivientes en la maravillosa Creación de vuestro Dios!

Abd-ru-shin

https://mensaje-del-grial.org/exordio-100/

Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces), Sin categoría

LA TUMBA EN LAS MONTAÑAS

FB_IMG_1546298753724

 

LA TUMBA EN LAS MONTAÑAS

La lectura del pequeño folleto me había hecho reflexionar. Me sorprendió singularmente la forma en que este hombre explicó los problemas de la vida.Por cierto, ¿los explicó? Sí, hasta cierto punto.Pero lo que acababa de leer superaba lo que generalmente se entiende por “explicación”.

Un amigo me había traído el pequeño folleto. Siempre me había interesado todo lo relacionado con el sentido de la vida.Pero nada me ha conmovido tanto como las palabras de este hombre, llamado Abdrushin.

Esta voz grave, que dio origen a una melodía en mi alma, me parecía que ya la había escuchado antes, en el pasado lejano, y sentí el inmenso amor que emanaba de estas “Hojas del Grial”, un amor que despierta el bien en el hombre, a pesar de la severidad contenida en las palabras de Abdrushin.

Sentí claramente que eran “pulsadas”, y no compuestas y buscadas a la manera de los hombres.Se levantan como una roca inquebrantable.

Y un día, estaba frente a Abdrushin. Las calumnias, que los periódicos lanzaron contra él, no me habían impedido ir al Tirol, donde el autor del Mensaje del Grial vivía en las montañas.

No podía ver nada fanático en su persona, y mis oídos no escucharon palabras untuosas ni oscuridad mística. La comprensión y el amor de todo lo que vive en la creación estaba irradiando literalmente de él.

Habló del significado de la vida, la formación y evolución del espíritu humano. Ante mis ojos, las grandes secuencias de “vida” se desplegaron.

Todo debe su presencia al origen supremo de toda existencia, a DIOS. Solo el hombre se mantiene apartado de las leyes de la naturaleza, no quiere encajar en todo, perdió su camino…para ir a la aventura.

Solo la vida de acuerdo con las leyes inmutables de Dios, las leyes explicadas en el Mensaje del Grial y de acuerdo con las palabras de Cristo, le devolverán la armonía y la felicidad nuevamente.

En este día, aprendí mucho y vislumbré perspectivas infinitas. Regresé, conmovido. Se me ha revelado una Verdad que quiere llegar a los hombres en gran angustia.

* * *
Han pasado años desde mi inolvidable visita al Tirol. Mientras tanto, la guerra se extendió por toda la Tierra, extendiendo la destrucción y la desgracia.

La voz de Abdrushin desde la verdad sonaba en vano. Sólo unos pocos hombres lo escucharon.
Desconocido, desconocido, Abdrushin dejó esta Tierra.

* * *
Una vez más subí a la montaña, pensativo y triste. Mis pensamientos no pudieron calmarse.

¿Podrían los hombres ser tan malos como para rechazar la ayuda
que los devuelve con solicitud en el camino de la Verdad?

No, esto no es posible! Sólo se han ido. Su parte inferior no es gangrenosa, solo parece oscurecida por el amor a lo terrenal, lo pasajero …lo humano es vano.El espíritu que resiste…siempre queda

Las manos amorosas habían construido una pirámide para recibir los restos mortales de el Maestro. Allá arriba, en la montaña, su silueta silenciosa y severa domina el valle.

Con una mano conmovedora acaricié amorosamente la piedra fría.

Mientras las flores estén floreciendo, mientras suenen las aguas
y las montañas se eleven hasta el infinito…
habrá hombres para escuchar la voz de Abdrushin
y seguir el camino de la libertad espiritual.

Publicado en noviembre de 1951 por Alfred Grégoire en “Comunicación”

http://message-du-graal.blogspot.com

Abd-ru-shin, En la Luz de la Verdad, Mensaje del Grial, Mensaje del Grial (enlaces), Sin categoría

LA VOZ DE ABDRUSHIN

FB_IMG_1546297688820

Mientras las flores estén floreciendo, mientras suenen las aguas y las montañas se eleven hasta el infinito… habrá hombres para escuchar la voz de Abdrushin y seguir el camino de la libertad espiritual.

Alfred Grégoire